El 11 de diciembre de 2002 se cumplieron cien años del nacimiento del Siervo de Dios Manuel Aparici. Desde entonces se ha venido celebrando el Año de su Centenario, que se va a clausurar, D.m., a finales de noviembre de 2003, con la celebración de un Congreso Nacional sobre su vida, su obra y su espiritualidad. Se abrió con la Santa Misa en la Parroquia donde había sido bautizado.

 

Durante todo el año 2003 se intensificó la labor de difusión de la vida y la obra de Aparici, no sólo con los contenidos de nuestros números mensuales de BORDÓN y su suplemento "Capitán de Peregrinos", sino con la publicación de nuevos números especiales de nuestro boletín, de carácter monográfico.

 

Es de destacar la aportación de la Acción Católica General de Madrid a esta campaña entre sus miembros. Concretamente, el 15 de Marzo, en la celebración de su Día del Militante, la Rama adulta presentó la figura de Manuel Aparici, con una excelente intervención de Luis Albi. Y el Sr. Cardenal, D. Antonio María Rouco, en su homilía, recordó al Siervo de Dios Manuel Aparici, a quien propuso como modelo de apóstoles seglares, digno de ser imitado.

 

A partir del mes de junio, todos nuestros números de BORDÓN, tanto en sus editoriales como en el resto de su contenido, dedicaron especial atención a explicar el sentido y el alcance del Congreso Nacional y a informar sobre el desarrollo del mismo. Con él clausuramos el Centenario del Nacimiento del Capitán de Peregrinos. Damos gracias al Señor por su ayuda para llevarlo a cabo, y manifestamos también nuestra gratitud a cuantos, de un modo u otro, han contribuido a su realización. Que todo sea para  gloria de Dios y bien de la Iglesia.

        

MISA EN EL CENTENARIO

Ese día en la Parroquia de San Ildefonso, de Madrid, dentro de cuya demarcación nació y en cuya pila fue bautizado, se celebró, con este motivo y como estaba anunciado, la Santa Misa, en sufragio por el eterno descanso de su alma, y también en acción de gracias a Dios por la vida de su Siervo y para pedir su pronta beatificación, si es esta la voluntad del Señor.

Antes de la hora del comienzo –las  siete y media de la tarde– la iglesia, bellamente iluminada, estaba llena de fieles. Entre ellos, antiguos y actuales dirigentes y militantes de la Acción Católica, miembros y amigos de Peregrinos de la Iglesia, amigos y colaboradores de Manuel Aparici, y testigos en su Causa de Canonización. En los primeros bancos, junto a las personas que iban a actuar como lectores, dirigentes nacionales y diocesanos de la Acción Católica, del Apostolado Seglar  y de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia. Figuraban entre ellos: Beatriz Pascual, Secretaria General de la Federación de Movimientos de Acción Católica Española; Irene Szumlakoski, Presidenta diocesana de la Acción Católica General de Madrid; Rafael Serrano, Secretario General de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar, Carlos Peinó y Tomás Mora, Presidente y Secretario General, respectivamente, de Peregrinos de la Iglesia.

Comienza la celebración

La monición de entrada la leyó Adela Bosom, del Consejo Diocesano de la Acción Católica General de Madrid, y en ella se presentaron algunos datos biográficos del Siervo de Dios, se indicaron los fines de la Santa Misa que se iba a celebrar y se anunciaron las lecturas de la misma, que fueron las que se leyeron en la Celebración de la Palabra que se tuvo, como final del acto de apertura del Proceso diocesano el 13 de julio de 1994.

Entran los sacerdotes concelebrantes. Ornamentos blancos. Presidió la celebración el Rvdo. Sr. D. José Francisco Guijarro, Postulador de la Causa. Concelebraron con él los Rvdos. Sres. D. José Manuel de Lapuerta, Consiliario de Peregrinos de la Iglesia, parte actora de la Causa; D. José María Calderón, Consiliario Diocesano de la Acción Católica General de Madrid; D. Vicente Páez,  Párroco de San Ildefonso, y su Vicario parroquial D. Pablo; D. Demetrio Pérez Ocaña y D. Tomás Luengo, ambos condiscípulos del Siervo de Dios en el Seminario de Madrid y el primero de ellos testigo en la Causa (otros varios condiscípulos se adhirieron al acto aunque no pudieron asistir por causa de enfermedad); D. Juan  Montaner, también testigo en la Causa de Canonización, y D. Felipe García y D. Ignacio de Orduña, miembros de Peregrinos de la Iglesia, donde encontraron su vocación sacerdotal. Actúa de diácono el recién ordenado como tal, D. Miguel Lozano Martínez, nieto de Manuel Martínez Pereiro, quien fue íntimo colaborador y amigo de Manuel Aparici en la Acción Católica, testigo en su Causa de Canonización y primer Presidente de Peregrinos de la Iglesia.

Tras el acto penitencial, el coro parroquial de San Ildefonso inició el canto de los Kyries de la Misa de Angelis, secundado por el pueblo. Para ello, se habían repartido previamente hojitas para poder seguir los cantos.

Después, el celebrante que presidía recitó la oración colecta. Es la del ritual de las misas de difuntos. En ella se pide a Dios por su siervo Manuel, sacerdote.

Las lecturas

El Secretario General de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar, Rafael Serrano, hizo la primera lectura. Estaba tomada del apóstol San Pablo (2 Cor. 3, 1-6). En ella se nos dice: Nuestra carta sois vosotros mismos, escrita en nuestros corazones..., sois carta de Cristo, expedida por nosotros mismos, escritas no con tinta, sino con el Espíritu de Dios. Nos sentimos interpelados por el Señor, urgiéndonos a la fidelidad en nuestro testimonio.

El salmo responsorial lo leyó Tomás Mora, Secretario General de Peregrinos de la Iglesia. Era el salmo 109. En él se proclama el sacerdocio eterno de Cristo, del que participó el Siervo de Dios: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.

El Evangelio, que lo proclamó el Diácono, estaba tomado de San Mateo (Mt. 5, 13-16). En él escuchamos la voz del Maestro que nos urge a la santidad, a una santidad difusiva y evangelizadora: Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo... Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

La homilía

El Rvdo. José Francisco Guijarro, tras referirse al sentido de toda celebración de la Eucaristía, y concretamente de la que se está celebrando, así como al significado y valor del proceso informativo realizado y de la elaboración de la Positio super Virtutibus,  ya todo puesto a disposición de la Santa Sede, entró en una profunda meditación sobre el ideal peregrinante de Manuel Aparici, de hondo contenido teológico y bella expresión literaria, que nos complacemos en reproducir:

«El conocido ideal peregrinante, “caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos” no podría tener ningún valor si no fuera a la luz del misterio de Cristo peregrino, que subyace, aunque no aflora, en lo que ha llegado a nosotros del pensamiento de Manolo, y que lo hemos necesitado para entroncar su figura en el misterio de la Iglesia Santa, en el misterio de la Santidad de la Iglesia.

»Cristo peregrina hacia el Padre en el misterio de la Encarnación y en el misterio de la Pascua, y así es fundamento de toda espiritualidad peregrinante. De ahí que tengamos que contemplar qué significa “Caminar por Cristo al Padre”. El Verbo eterno de Dios, que “estaba en Dios y era Dios”, como nos recuerda el prólogo de San Juan, para comenzar su peregrinación, sin abandonar su forma de Dios (lo dice San Pablo en la carta a los Filipenses), “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo”, para lo cual “se hizo carne” –sigue diciendo San Juan–, “nacido de mujer” (San Pablo a los Gálatas), en las entrañas purísimas de la Virgen María. No podemos aspirar a tanto nosotros para ocupar el punto de partida de nuestra peregrinación: tendremos que conformarnos “con la ayuda de María”, de su mano, o, mejor, en sus brazos, sobre su corazón, como una madre lleva a sus hijos, lo más cerca que a nosotros nos es posible de asemejarnos a Cristo Peregrino.

»Pero podríamos equivocar el camino de nuestra peregrinación hacia el Padre si no diéramos cada paso “a impulsos del Espíritu Santo”, que es “vínculo de la Trinidad, sello de la confesión” de nuestra fe, como dirá San Epifanio, o, como explicará magistralmente San Agustín, es aquel por el que “los otros dos –el Padre y el Hijo– se unen el uno al otro, por el que el Hijo es amado por el Padre y por el que el Hijo ama al Padre”. Es el amor del Hijo al Padre, que es el Espíritu Santo, el que mueve al Hijo, si pudiéramos hablar así, a peregrinar de vuelta al Padre; es por obra del Espíritu Santo por lo que el Verbo ocupa el punto de partida de su peregrinación en su Encarnación; es por obra del Espíritu Santo el que, en la oración de Getsemaní, le hace clamar al Hijo, en el amor de la obediencia al Padre, “no se haga mi voluntad, sino la tuya”, y, cuando se está cumpliendo esta voluntad que el Hijo, por ser del Padre, a quien ama, hace suya, y Cristo peregrina con lo pies clavados a la Cruz, es el mismo amor, que es el Espíritu, el que le hace gritar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Y es ese mismo amor, que es el Espíritu, el que, para superar el abandono que siente, que experimenta, le hace seguir peregrinando, aun con los pies clavados, hasta decirle al Padre “en tus manos entrego mi espíritu”, cumpliendo así su vuelta al Padre, alcanzando la meta de su peregrinación, y con la Madre al pie del Madero de la Cruz, al que aún están clavados los pies de Cristo peregrino.

»Pero Cristo no peregrina solo: en la unidad que crea entre nosotros el mismo Espíritu Santo, Cristo muerto, “el primogénito de los muertos”, es primogénito porque el Padre, en su amor, que es el Espíritu, le da una muchedumbre de hermanos. Y si Cristo se encamina a la resurrección llevando consigo a los hermanos que le ha dado en su primogenitura el amor del Padre, ¿cómo vamos a pretender nosotros peregrinar por Cristo, si no es “llevando consigo a los hermanos”?

»“Venid a mí –dice el Señor en el Evangelio– todos los que estáis cansados y yo os aliviaré”. Nuestro cansancio y nuestro agobio nos sirve tantas veces de excusa y de pretexto para aplazar, por lo menos, hasta otro momento el alcanzar ese punto de máxima tensión de la peregrinación que Cristo nos hace presente al gritar la experiencia de su abandono por el Padre. Nos parece demasiado, y por eso tratamos de edulcorar la misma expresión del Evangelio, para que no nos comprometa a tanto. “Yo os aliviaré: cargad con mi yugo”.

»Cuando hemos podido llegar a vislumbrar lo que subyace y no aflora en este ideal peregrinante que el Siervo de Dios nos propone, sentimos el deber, por fidelidad a la Iglesia, de ponerlo al servicio de la misma Iglesia, de exponerlo, de darlo a conocer. Ninguna de las figuras que Dios ha suscitado en su Iglesia puede quedarse en patrimonio de unos cuantos, los que lo hemos leído, los que lo hemos estudiado. Y el pedir a la Iglesia, por el ministerio de la Jerarquía Suprema, el reconocimiento público de lo que nosotros, unos cuantos, hemos alcanzado a atisbar como privados, es en lo que consiste el proceso que estamos promoviendo».

Y terminó su homilía diciendo: «Que nuestra oración peregrina por Cristo al Padre, a impulso del Espíritu Santo, y desde el regazo amoroso de la Virgen, nuestra Madre, obtenga, cuando Dios lo quiera, que llegue a ser un bien de todos nuestros hermanos, un bien de la Iglesia Universal, lo que, sinceramente, creemos que no debe ser patrimonio de unos pocos. Que así sea».

Oración de los fieles

Beatriz Pascual, Secretaria General de la Federación de Movimientos de Acción Católica Española, fue lectora en la Oración de los fieles. Recordando en este día, centenario de su nacimiento, al Siervo de Dios Manuel Aparici, se elevaron al Señor las siguientes preces:

Fieles al Vicario de Cristo, como lo fuera el Siervo de Dios, pidamos por el Papa, Juan Pablo II, para que el Espíritu Santo le dé la luz y la fuerza necesarias, hasta el final de su ministerio apostólico, para seguir guiando a la Iglesia, “mar adentro”, en este alborear del tercer milenio.

Conscientes de la validez que tiene, para actuar en la Iglesia, la antigua máxima, tan repetida por Aparici, “Nada sin el Obispo”, pidamos por nuestro Cardenal Arzobispo, Antonio María, y por todos los Obispos de España, para que el Señor los ilumine y ayude a desempeñar con acierto su delicada labor pastoral, y conceda también abundantes frutos al Sínodo diocesano de Madrid, al que nos ha convocado nuestro Pastor.

Pidamos por la Acción Católica, tan querida por los Pontífices y a la que se entregó en su vida apostólica el Siervo de Dios, y por todos los movimientos y asociaciones de Apostolado Seglar, para que, fieles al Concilio Vaticano II, sus militantes sean santa levadura que haga fermentar en criterios y valores cristianos a toda la sociedad, hoy inmersa en un mundo secularizado.

Roguemos por los sacerdotes y por los jóvenes, por quienes el Siervo de Dios se ofreció como víctima, para que, fieles a la llamada de Dios, cada uno en su respectiva y específica vocación, sean siempre luz del mundo y sal de la tierra, y para que florezcan en nuestra patria vocaciones sacerdotales y religiosas, como ocurriera en tiempos de Aparici y siguiendo su ejemplo.

Roguemos al Señor por el eterno descanso del alma de su Siervo Manuel, y de cuantos, ya fallecidos, compartieron con él su ideal peregrinante, caminando en espíritu durante doce años, hasta llegar, en 1948, al sepulcro de Santiago, en Compostela.

Dirijámonos a nuestro Padre Dios, para darle gracias por la vida de su Siervo Manuel, y para pedirle, si Él lo quiere así, su pronta beatificación.

Pidamos para que cese el terrorismo, las víctimas y sus familias sean atendidas, los terroristas y sus inductores se arrepientan, y vuelva a reinar la paz en España y en el mundo.

Roguemos por todos nosotros, aquí reunidos, para que, sintiéndonos miembros vivos de una Iglesia peregrina, hagamos de toda nuestra vida una peregrinación, que es, como decía el Siervo de Dios, “Caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos”.

Continúa la celebración

Siguió la Santa Misa con la liturgia eucarística. Tras el ofertorio y el lavatorio de manos, la oración sobre las ofrendas. Y el prefacio. El coro parroquial entona el Sanctus de la Misa de Angelis, al que se une el pueblo.

Llegó el momento culminante: la Consagración. Jesucristo se hace presente sobre el altar, ofreciéndose al Padre por nosotros. Instantes de profundo recogimiento y adoración. En el fondo del alma, resuena la oración del apóstol Tomás: «¡Señor mío y Dios mío». Continúa la Plegaria eucarística,  que  acaba  con  la  doxología:  «Por Cristo, con Él y en Él ... », a la que el pueblo contesta: «Amén».

Rito de Comunión: rezo del Padre nuestro y oración por la paz, que nos damos fraternalmente. Canto del Agnus Dei, por el coro parroquial y el pueblo. Y Jesús viene a nosotros,  con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Durante la comunión se canta el himno del Congreso Eucarístico de Madrid: Cantemos al Amor de los amores.

Con la oración de acción de gracias y la bendición del Sacerdote que preside la celebración, finalizó la santa Misa.

ANTE LA PILA BAUTISMAL

Seguidamente, ante la pila bautismal, en medio de un emocionado silencio, se dio lectura al acta del bautismo del Siervo de Dios, que tuvo lugar en la propia Parroquia de San Ildefonso el 7 de enero de 1903. Terminada la lectura, todos los presentes renovamos nuestra profesión de Fe rezando el Credo, cantándose a continuación el himno de aquella Juventud de Acción Católica, que tantas veces cantara Manuel Aparici.

LOS RASGOS HUMANOS DE D. MANUEL

Con este título, como estaba anunciado, y en el propio templo parroquial dado el número de asistentes, se pronunció una conferencia sobre el Siervo de Dios. El Presidente de Peregrinos de la Iglesia, Carlos Peinó, presentó al conferenciante, José Díaz Rincón: fue miembro de la Acción Católica durante toda su vida; dirigente nacional de la misma, llegó a ser miembro del Consejo Pontificio de Laicos. Pero, sobre todo, fue íntimo colaborador de Manuel Aparici y dirigido suyo durante muchos años, dando con él muchos Cursillos de Cristiandad por toda España; fue testigo en la Causa de Canonización del Siervo de Dios.

Por todo ello, su intervención fue, más que una conferencia, un sincero, emocionado y vibrante testimonio de la personalidad de D. Manuel, como siempre lo llamó, destacando en  ella tres rasgos característicos, y podríamos decir bipolares:

Contemplación y acción. Fue un hombre de oración contemplativa y, al tiempo, de incansable actividad apostólica. Como Cristo, que velaba orando al Padre y recorría sin descanso las ciudades y aldeas de Palestina.

Ternura y fortaleza. Era de una gran ternura con los demás, como Jesús con los niños, los enfermos, los pecadores, y era fuerte para arrostrar dificultades y trabajos sin cuento.

Amor a la Iglesia y amor al mundo. A la Iglesia, a la que amaba como a una Madre, y a la que respetaba y obedecía fielmente en su Jerarquía, y al mundo, en el que veía el poder, la sabiduría y el amor de Dios, y al que había que llevar la salvación que Cristo vino a traerle.

El público asistente quedó vivamente impresionado por este testimonio.

Seguidamente ofrecemos el texto completo del conferenciante:

«Sea mi primera palabra, de saludo y felicitación, para la ínclita ASOCIACIÓN DE PEREGRINOS DE LA IGLESIA, cuajada en el horno espiritual y apostólico de la recia personalidad de Aparici, cuya finalidad es seguir y hacer fecundar una de las Ideas claves del rico bagaje con el que caminó este siervo de Dios, como seglar y como sacerdote, en su peregrinar por este mundo, incorporado a la Iglesia de Jesucristo: ¡la Idea peregrinante!, tan fuertemente arraigada en la Historia de la Salvación. Así la definía D. Manuel: “Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María, llevando consigo a los hermanos”. Es la más hermosa y expresiva definición de lo que es la vida cristiana. Quiero testimoniar públicamente, a los Peregrinos de la Iglesia, nuestra profunda gratitud por haber recogido la herencia espiritual y apostólica de D. Manuel, por haber promovido el complejo proceso de su canonización y por organizar estos actos en el Centenario de su Nacimiento.

»Otro cordial saludo, lleno de admiración, para la Acción Católica Española, tan dignamente representada en estos actos, en cuyas filas cuajó y desarrolló su vocación cristiana, así como su compromiso creyente, tanto de seglar como de consiliario, D. Manuel Aparici Navarro, por la que alcanzó las más altas cumbres de la santidad. De esta Organización repetía Pablo VI en su pontificado que “es la fórmula de apostolado seglar no superada”. Estoy convencido, que ahora mismo, sigue siendo una gran verdad y realidad.

Saludo a los sacerdotes aquí presentes. Vosotros sois parte preeminente en el Pueblo de Dios, en el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, por esos merecéis nuestra simpatía, admiración y que colaboremos con vosotros que sois la constante presencia del Obispo entre nosotros.

»Culmino estos saludos con toda mi gratitud y cordialidad hacia todos vosotros mis hermanos seglares aquí presentes, que somos la mayoría del Pueblo de Dios y, por tanto, la mayor fuerza apostólica, como nos definían, los Obispos latinoamericanos: “el corazón de la Iglesia en el mundo y el mundo en el corazón de la Iglesia”.

Introducción

»En este once de diciembre del 2002, en el que se cumple el centenario del nacimiento del gran “coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa” –como le llamó el Cardenal Herrera Oria– ¡D. MANUEL APARICI NAVARRO!, hecho que ocurrió al amanecer, como la Resurrección de Cristo, de este día dulce y esperanzador del Adviento, siendo bautizado al culminar el tiempo litúrgico de la Navidad, el siete de enero, en esta misma Parroquia de San Ildefonso, Arzobispo y Patrón de mi Diócesis toledana, y en la misma pila bautismal en la que hemos leído su partida de bautismo, hemos reafirmado nuestras promesas bautismales y hemos cantado alabando y dando gracias a Dios.

»Agradecemos con todo el alma la acogida que esta noble Parroquia nos hace en este histórico día y, sobre todo, por el hecho singular y emotivo del Bautismo, o verdadero nacimiento a la Vida, de este siervo de Dios, tan admirado y querido por todos nosotros, y que ha sido el medio escogido por Dios para derramar tantas gracias en nuestras personas, en España, nuestra Patria, y en la Iglesia Universal.

»Nos reunimos aquí por exigencia espontánea de justa gratitud, de admiración histórica a su egregia figura, y por la certeza que nos infunde nuestra esperanza en su pronta canonización, por ser prototipo de militantes, Consiliarios y gloria y corona de esta Archidiócesis de Madrid.

»Por eso tenemos que proclamar enardecidos, con el Apóstol y con D. Manuel a quien le oímos muchas veces este precioso texto paulino, que siempre lo decía emocionado: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del Cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él nos eligió en la persona de Cristo antes de la creación del mundo, para que fuésemos su pueblo y viviésemos en gracia en su presencia. Llevado de su amor, Él nos destino de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su querido Hijo, se convierta en un himno de alabanza a su gloria” (Ef. 1, 3-12).

»Este párrafo es la síntesis teológica–pastoral más vital del pensar y el obrar de D. Manuel. Como vemos se resaltan las coordenadas o líneas ejes, que sirven de referencia para determinar la posición del punto en el que vivía, existía y se movía este siervo de Dios: El absoluto de Dios, como Idea básica de la Religión; la alabanza, como actitud principal de los creyentes y en concreto de D. Manuel; JESUCRISTO, en estos breves versículos se menciona cinco veces por ser el centro de la vida cristiana ya que “no se nos ha dado otro Nombre ...”; la Iglesia, que es prolongación de Jesucristo en la tierra y su mayor regalo; la Gracia, como el don supremo de Dios al hombre y su fuerza y vida en nosotros; el Amor, mandamiento nuevo del Señor y regla de oro del Cristianismo; su voluntad, norma suprema de todo creyente; hijos de Dios, la realidad más colosal que Dios nos concede haciéndonos partícipes de su naturaleza divina.

»Nuestro Dios trinitario, con todos los santos y bienaventurados del cielo, “destilando leche y miel”, como nos dice la liturgia ante el misterio de Cristo que estos días celebramos, se complacen en esta sencilla y pobre ofrenda nuestra en este día del centenario natalicio de D. Manuel, ejemplo más cuajado del apostolado seglar y sacerdotal del siglo XX en España.

Tema: Tres dobles dimensiones vitales en D. Manuel

»Es admirable y curioso cómo en Jesucristo y en los grandes Santos se dan, en sus ricas personalidades, dimensiones extremas dobles, que parecen opuestas; sin embargo, tienen siempre la misma motivación: el amor; y la misma finalidad: sensibilizar a los demás el infinito amor de Dios. con formas diferentes y complementarias. Por ejemplo, Jesucristo aparece en el templo de Jerusalén, estando próxima la pascua de los judíos. Dice el texto sagrado: «Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados; y haciendo de cuerdas un azote, los arrojó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; derramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas ... ». Se acordaron sus discípulos que está escrito: «El celo de tu casa me consume ... » (Jn 2, 13-18). En otra ocasión se expresa de esta manera: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30). De igual manera aparece Jesús lleno de coraje y autoridad cuando increpa a los fariseos y doctores: «¡Ay de vosotros fariseos, que pagáis el diezmo de la menta ... y descuidáis la justicia y el amor de Dios! ¡Ay de vosotros fariseos, que amáis los primeros puestos y los saludos! ... sois como sepulcros blanqueados ... ¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que echáis pesadas cargas sobre los demás y vosotros ni con uno de vuestros dedos los tocáis! ... » (Lc 11, 40-52). Por contraste tiene esas palabras cargadas de ternura, belleza y expresividad inefables: «¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas y apedreas a quienes te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y tú no lo has querido!» (Lc 13, 34-35).

»San Francisco de Asís le vemos en esa dura escena de su vida cuando renuncia a todo por seguir a Jesucristo, en la plaza de su ciudad, convertida en sala de juicio público, ante sus padres, el Obispo, autoridades y pueblo, en donde llega a desnudarse por completo e increpa con dureza para resaltar la exigencia del Evangelio, su radicalidad y la necesidad de vivir en pobreza. A los pocos días le vemos por los valles y las calles cantando a las criaturas, evangelizando con dulzura y mendigando una limosna con absoluta humildad. Así muchos santos, con dimensiones opuestas: dureza y dulzura, autoridad y obediencia, celo y pasividad, riqueza y pobreza, etc.

»En D. Manuel ocurre igual: contemplativo y activo; ternura y fortaleza; amor a la Iglesia y al mundo; generosidad y pobreza; personalidad y debilidad; brillantez y eclipse ... Me fijaré en las tres primeras que he enunciado por exigencia del tiempo.

1.         Contemplativo y activo

»Sólo enunciar esta doble dimensión, todos los que le hemos conocido, a este excepcional seglar y sacerdote de Jesucristo, traemos a nuestra memoria su figura distinguida, llena de paz, acogedora y alegre, en constante oración contemplativa y acción apostólica imparable. Eran sus principales características. Los quince últimos años de su vida, que tuve la suerte de conocerle y tratarle, siempre le recuerdo así: contemplativo y activo.

a)         Actitud contemplativa

»Desde lo que él llamaba el día de su conversión, fiesta de la Inmaculada de 1927, adoptó esta actitud contemplativa, a pesar de sus caídas, infidelidades, ingratitudes, tibieza ... que él confesaba públicamente con dolor y arrepentimiento. Personalmente pienso que exageraba, como muchos santos cuando se han mirado a sí mismos. D. Manuel siempre tenía una presencia viva y amorosa de Dios «que se complace en nosotros a pesar de nuestras miserias y taras», decía muchas veces. Estaba enamorado de Jesucristo hasta los huesos, y por Él vivía en la presencia del Padre constantemente. Le oí muchas veces decir aquellas palabras bellísimas de San Agustín que hacía suyas: «¡Oh hermosura y belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! El caso que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera andaba buscando y,  como un  engendro  de  fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas ... ». Tenía una admiración y devoción grandes a este Santo, y es curioso que el día de su fiesta murió para encontrarse con él en el cielo.

»Con Jesús en el Sagrario pasaba largos ratos de oración. Desde su conversión se comprometió con cosas importantes y sustanciales para permanecer unido a Dios, como media hora de oración mental, participar en la Misa diariamente, visita al Santísimo, Rosario, examen diario, confesión frecuente, lectura de la Biblia, Vía Crucis, sabatina y desahogo en su diario espiritual y apostólico.

»En su vida de seglar, 39 años, ya que en 1941 ingresó en el Seminario, muy especialmente los siete años de Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica (1934-1941), tenía siempre gusto e interés por la oración y la contemplación de los misterios de Cristo. repetía: «La oración es el oxígeno del alma». «Si creemos en Dios debemos comunicarnos con Él». «La primera y la última condición de la conversión, del desarrollo de la vida espiritual y el medio principal de la santidad es ¡la oración!». «Si los cristianos hubiésemos sido llamados al Reino en calidad de siervos, empleados, funcionarios o soldados, no sería esencial la oración, sería suficiente con cumplir las ordenanzas del Reino, pero Dios nos ha revelado que hemos sido llamados en calidad de hijos suyos y, por tanto, es imprescindible una relación filial de amor con quien sabemos nos ama ¡y de qué manera!». «La familia, la Parroquia, la escuela, el grupo apostólico que no suscitan la oración, no están formando como deben ni capacitan para el apostolado». ¡Cuántas veces nos repetía: «Hay que hablar más a Dios de las almas que a las almas de Dios!». «La oración es la palanca del apóstol».

»Al verle en oración y observar su recogimiento, emoción, paz y la presencia que se palpaba tenía de nuestro Dios trinitario, yo sentía cierta envidia, y le dije en una ocasión: Me gustaría querer a Jesucristo con la pasión y el entusiasmo de usted. D. Manuel me contestó: “Sólo tienes que tratarle, cuanto más trates con Él con más pasión le querrás». Y como siempre hablaba con el Evangelio en su mente, insistía: «¡Aún mayores cosas veréis!». Ver orar a D. Manuel me ocurría exactamente igual que cuando veía orar al Papa Juan Pablo II. En los años que participé en los trabajos del Pontificio Consejo para Laicos, estando en Roma, podíamos participar alguna veces en la Santa Misa que el Papa celebraba en su capilla privada a las seis y media de la mañana. Me levantaba a las cuatro de la mañana y desde la Casa Palotti marchaba andando hasta la Plaza de San Pedro, pues a las seis de la mañana nos dejaban pasar por la puerta «di bronzo». Me producía una impresión indecible y me edificaba tremendamente ver al Santo Padre rezar de rodillas, tan recogido, tanto tiempo y con esa devoción tan suya y singular. Siempre doy gracias a Dios por estos testimonios del papa, de D. Manuel y de D. José Rivera.

»Algo que no olvidaré era cómo D. Manuel nos enseñaba a los jóvenes a rezar. Decía, lo primero es gustar su amor, dejarse amar, hablar de amor con nuestro Dios trinitario, ofreciéndole nuestro cariño por encima de todo. Segundo. Darle gracias por tanto amor, tantos regalos y favores. Tercero. Alabarle de la forma que se nos ocurra, sólo Él es digno de toda alabanza en todo momento  y ocasión. Cuarto. Pedirle perdón por nuestros pecados y los pecados de los demás hermanos. Quinto. Actualizar nuestra confianza absoluta en Él y pedirle lo que queramos con confianza, perseverancia y humildad. Sexto. Escucharle a Él para que nos manifieste su voluntad y lo que nos quiera pedir.

»Hay que afirmar que D. Manuel era un apóstol íntegro de Jesucristo. Todas sus energías, virtudes, oración, sacrificios, dotes, tiempo se cuajaba y desarrollaba en el apostolado. Era una evidencia del concepto paulino sobre el auténtico seguidor de Jesús: «el que tiene fe actúa por la caridad» (Gál 5,6).

»Los que le hemos tratado tenemos que confesar que, siendo mayor que nosotros, con su salud quebrada, cargado siempre de responsabilidades y problemas, en todo momento nos ganaba a todos en generosidad y entrega apostólica. ¡Aquel despacho del Consejo Superior  en  Conde Xiquena 5, con ininterrumpidas visitas, reuniones, cartas. llamadas ... ¡ ¡Aquellos viajes en tren, rezando, planificando, preparando temas, hablando con nosotros! En la época de los Cursillos de Cristiandad es cuando más salí con D. Manuel, el iba de director espiritual, con lo que esto supone en este método, sin embargo él no se limitaba a dirigir espiritualmente el cursillo, sino que aprovechaba para ver a otras personas, dar algún retiro, otras reuniones, incluso la visita o visitas al Obispo diocesano, que jamás dejaba de hacer en cualquier viaje. Decía que lo hacía por imperativo de caridad, de comunión y de eficacia apostólica, pues el Obispo es el Apóstol por excelencia de cuya misión todos nosotros participamos.

»Como botón de muestra pongo estos dos ejemplos: Uno que ocurrió en Talavera de la Reina y otro en Santo Domingo de la Calzada. Era por el año 1955, estaba yo de Presidente Diocesano de los Jóvenes de Acción Católica y lo organizamos, el Cursillo de Cristiandad, en Talavera porque tenían interés en participar jóvenes de Extremadura, de Ávila y de aquella zona de Toledo. D. Manuel iba de director espiritual, cuál sería nuestro asombro que al comenzar el «rollo» preliminar se presentó el Sr. Arcipreste de Talavera, acompañado de otros dos sacerdotes, se llamaba D. Félix, era un señor muy primario y autoritario. Sin mediar más palabras nos dijo que aquel cursillo quedaba suspendido bajo su propia responsabilidad, ya que existían ciertas causas que no procedía revelar. Las causas, según nos enteramos posteriormente, eran que él y otros sacerdotes tenían reservas y dudas sobre este método que comenzaba a utilizarse en la península, que D. Manuel Aparici no era sacerdote diocesano y, por tanto, no tenía «licencias canónicas» y que varios de los jóvenes asistentes, según sus párrocos, habían venido engañados- Todos quedamos sorprendidos y disgustados. D. Manuel seguía imperturbable, con absoluta paz, aceptando la voluntad de Dios y aconsejándonos que debíamos obedecer con alegría. Se limitó D. Manuel a pedir perdón y permiso al Arcipreste para dar una explicación a aquellos jóvenes antes de despedirlos. Le concedió el permiso y comenzó con estas palabras, que para mí han sido norma de vida: «Dios os ama infinitamente y ha pensado en vosotros desde toda la eternidad, sus caminos no son nuestros caminos, dice la Escritura, y la vida cristiana consiste en hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace, aunque, a veces, no lo comprendaamos, pues todo lo que Dios hace en nuestras vidas lo hace o permite por nuestro bien, porque sólo Dios es bueno». Siguió hablando del sacrificio que habían hecho con los ojos cerrados, como Isaac, y a Dios esto le enternecía, asegurándoles que les daría el ciento por uno. Continuó hablándoles de la Vida de Gracia y de la alegría cristiana. Terminamos cenando juntos, porque ya estaba preparada la cena. Aquellos minutos fueron más valiosos que un cursillo. Todos salieron extrañados, pero sin enfados, porque la juventud no suele ser rencorosa, y la verdad es que marchaban encendidos en el amor de Dios, como si se tratase de la clausura de un cursillo. Lo demuestra que todos volvieron después a Cursillos.

»Eran cerca de las doce de la noche de un día otoñal. D. Manuel quedó rezando en la capilla y nos dijo que quería presidir la Hora Santa que estaba prevista en San Prudencio para las doce de la noche, como intendencia por el cursillo que iba a celebrarse. Así lo hizo, fue mucha gente, tuvo una homilía impresionante. Quedó después confesando allí mismo hasta altas horas de la madrugada, descansó o rezó unas tres horas, porque a las siete de la mañana celebró la Misa en el Asilo de San Prudencio y dio una meditación a los residentes, después siguió confesando y recibiendo gente hasta las diez de la mañana que volvió al Seminario Menor en donde estábamos acogidos porque allí debió celebrarse el cursillo.

»No asistí a la Hora Santa porque a la una de la madrugada pude contactar con el Sr. Cardenal Pla y Deniel, Arzobispo de Toledo. Le informé de lo sucedido y no salía de su asombro, sobre todo por lo de las “licencias de D. Manuel que, por lo visto, todos los Consiliarios Nacionales las tenían para todo el territorio español, aparte de la barbaridad de suspender algo que no era de su competencia, ya que estaba organizado por el Consejo Diocesano de los Jóvenes de Acción Católica y era algo de la competencia del Obispo diocesano. Me pidió disculpas el Sr. Cardenal, nos animó a dar el cursillo y me prometió que nada más colgar el teléfono conmigo se ponía en contacto con el Sr. Arcipreste. Cosa que así hizo a las dos de la madrugada, pidiéndole se presentase al lugar que estábamos para desdecirse de lo anterior. Este buen señor no se presentó en el Seminario hasta las diez de la mañana, alegando no molestar. Con él venía su delfín, un coadjutor joven, listo y un poquito descarado, que aún vive. El fue quien nos pidió perdón, nos dijo que podíamos continuar pero que constase que habíamos dado el mayor disgusto al Sr. Arcipreste por llamar a esas horas al Sr. Cardenal.

»Todos encajamos aquel golpe con frialdad y silencio, ya no tenía remedio el cursillo porque todos habían partido y habíamos perdido un día. D. Manuel quedó hablando con el Sr. Arcipreste y el Coadjutor, les dio toda clase de explicaciones, ya que ellos no lo habían hecho y consiguió que convocara a los sacerdotes del Arciprestazgo para tener una reunión a primeras horas de la tarde para explicarles lo que eran los Cursillos de Cristiandad. Lo consiguió y aquello fue otro éxito más y desbrozó mucho el terreno. Una vez más palpamos que Dios escribe derecho con líneas torcidas, como se suele decir. Al anochecer regresamos todos a nuestros domicilios.

»En Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) dimos un cursillo que comenzamos la víspera del Corpus, cuando se celebraba en jueves, para concluir el sábado noche. Los dos sacerdotes que llevaban aquella Parroquia de unos 6.000 habitantes se vieron forzados a salir con urgencia, uno por enfermedad y el otro por la muerte de un pariente cercano, pidiéndole a D. Manuel que hiciese lo que pudiera por atender la Parroquia. Aparte del verdadero palizón que supone para el director dar un cursillo, D. Manuel celebró otras Misas esos días en la Parroquia, atendiendo lo que pudo al confesionario y enfermos. Yo le veía extenuado y le decía que no podía seguir así. Siempre me contestaba que para eso se había hecho sacerdote, para vivir crucificado y en oblación con Jesucristo. Llegó el domingo y ya vino uno de los sacerdotes, pro le pidieron que se quedase ese día para celebrar la fiesta del Corpus que no pudo hacerse en su día, aunque la octava se celebraba igual. Como terminamos el cursillo sobre las cinco de la madrugada del domingo nos quedamos allí D. Manuel y yo, el resto del equipo regresó a sus lugares en donde vivían. Jamás podré olvidar aquella mañana calurosa de Junio. Celebró D. Manuel en una Casa religiosa a las ocho de la mañana, con homilía, meditación y visitas que fueron allí. A las once era la procesión con el Santísimo que presidió él, revestido con todos los ornamentos, capa y paño de hombres portaba una rica custodia muy pesada. En el recorrido tuvo tres paradas en otros tantos altares y habló tres veces durante unos diez minutos cada vez, sobre tres aspectos de la Eucaristía: comida–sacrificio–presencia. Iba roto de dar compasión, pero emocionado y edificante, con un espíritu arrollador. A todos nos dejó edificados y admirados por sus doctrina y talante, que reflejaban su profunda fe y caridad.

»Contemplación y acción son de necesidad vital en la Iglesia. D. Manuel supo fundirlos en su vida seglar y sacerdotal. El Vicario de Cristo nos lo vuelve a insistir en su Carta Apostólica «Novo Millennio Ineunte» resaltando estas claves del Cristianismo en las cuatro partes que divide el documento. Las tres primeras: El encuentro con Cristo; Contemplación de su divino rostro y Caminar con Cristo por la santidad, la oración, la Eucaristía, Penitencia, Vida de Gracia, Palabra de Dios pertenecen a la contemplación y la cuarta parte: Testigos de Cristo, que se explaya en un amplio plan apostólico con siete objetivos, pertenecen a la acción.

2.         Ternura y fortaleza

»Otras dos dimensiones que se dan con mucho relieve en el siervo de Dios son su ternura y fortaleza. Es decir, la caridad cristiana elevada a su más dulce y entrañable expresión, así como la debilidad humana, que es nuestro propio bagaje, convertida en fortaleza por la valentía.

»a)       SU TERNURA, efusión espontánea de su ardoroso corazón, que había sido hecho para amar “hasta el extremo”, como el de Cristo, hasta quedar roto de amor, era una de sus más genuinas características. Cuando le invitábamos a descansar nos repetía la hermosa frase de San Juan de la Cruz: “El que anda entre amores, ni cansa ni se cansa”.

»Recorrer con la mente, ya que no es posible hacerlo aquí por el tiempo, la vida del siervo de Dios, desde que tiene uso de razón, sin que se haya producido su conversión, le vemos como una persona arrolladora, extrovertida, jovial, alegre, simpático y cariñoso con todos. A partir del día famoso de la Inmaculada de 1927, hasta su muerte en la fiesta de San Agustín en 1964, su ardiente amor a Dios y al prójimo va creciendo hasta convertirse en un volcán inextinguible.

»En cualquier momento que le recordemos rezuma esa ternura, en su trato con todos, en las charlas, en el despacho, en la capilla ... prevalecía en él una delicadeza sin límites que cautivaba a cualquier y hacía grata su presencia. Resalto cuatro actividades en las que dejaba a cualquiera petrificado y admirado:

»–  Cuando nos recibía a solas en el confesionario o en su habitación. Cuanto más ibas cargado de problemas, dificultades y disparates más resaltaba en él la ternura, comprensión y acogida. Sólo pueden explicar y dar idea de aquella dulce actitud las escenas evangélicas del Buen Pastor, la del Padre del Hijo pródigo, la de Jesús en el brocal del pozo con la samaritana o clavado en la Cruz triturado, humillado y hecho “el oprobio y el desecho de la plebe” con su pecho rasgado de amor.

»  Cuando dirigía Ejercicios Espirituales, en las homilías, o cuando hablaba. Todo lo enfocaba desde la óptica del Amor de Dios revelado en Cristo. Hasta las meditaciones más duras como el pecado, el infierno o la perseverancia, se entendían mejor y te impulsaban, no al temor, sino a la entrega confiada a Dios.

»–  Cuando hablaba en actos públicos. Se entusiasmaba, emocionaba, enardecía a todos y los ganaba, dejaba al descubierto su corazón lleno de amor y pasión por el Bien. En este tipo de actos que puede parecer prevalecía la emoción sobre la razón, era todo lo contrario, porque demostraba las grandes verdades, decía cosas importantes y se comprometía públicamente.

»–  Era apoteósico cuando daba el «rollo» de Sacramentos, que es el más importante en el Cursillo de Cristiandad. Durante mi vida militante, sobre todo en mi juventud, he dado 127 cursillos de cristiandad, además de otros muchos, la mayoría no los di con Aparici, jamás he visto a nadie hacerlo mejor que D. Manuel, más interesante, emocionante, razonable, convincente ... Era algo que dejaba huella. Muchas veces no podía terminar porque le embargaba la emoción y el llanto, sincero y varonil, caía de rodillas a los pies de los cursillistas encareciendo y mendigando, como lo hace Dios, la respuesta al Amor que no es amado y ofreciendo su vida por ellos, como así ocurrió.

»b.       SU FORTALEZA. Era la propia de los Santos. Ellos reconocen la debilidad humana y se abandonan en Dios, confiando totalmente en su gracia, poniendo de su parte mucha voluntad y valentía, con lo cual surge esa fortaleza inexpugnable. Ahí están millares y millares de santos que, por naturaleza, han sido muy débiles: niños, mujeres, ancianos, incluso varones, que por la gracia se convierten en gigantes y atletas en la vida sobrenatural.

»Todos conocemos el temple heroico de D. Manuel y cómo se recrecía en las dificultades. Ir con él de propaganda, a dar cursillos o a cualquier reunión era llevar asegurado todo de antemano. Tenía verdaderas ansias martiriales, no en vano vivió y lideró la época más heroica del siglo XX en España y fue Presidente Nacional de la Organización seglar eclesial más intrépida que fue capaz de ofrecer 7.000 mártires jóvenes y más de 2.000 vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.

»Subrayo tres aspectos de su fortaleza cristiana:

»–  Identificación total con Jesucristo en la Cruz.

»Este fue el tema que eligió en su trabajo en el Seminario, porque era su opción propia e irrenunciable. El lema de su vida era la quinta palabra de Jesús en la Cruz: ¡SITIO!, que llevaba grabada en su crucifijo, que yo besé muchas veces.

»En el primer número de SIGNO en 1936, en el llamamiento que hace a la juventud para peregrinar a Santiago de Compostela en 1937, que estaba prevista, la cual fue suspendida por la guerra, decía: “Sólo a este precio, desposándose con Cristo en el tálamo bendito de la cruz, podremos aspirar a concentrar en nosotros el apostolado de la Acción Católica, las miradas, los anhelos y las esperanzas de los corazones jóvenes y generosos de uno y otro lado del Atlántico, que no se resignan a ver perecer las almas y a la sociedad en el fango materialista y sensual que ahora y envenena. La promesa del Señor nos los asegura: «Cuando fuere levantado hacia lo alto, todo lo atraeré hacia mí».

»Le oí muchas veces decir: «La cruz es la suprema epifanía del amor de Dios, por eso el mensaje de Cristo debe centrarse en la cruz. San Pablo insistía que los judíos piden milagros y los griegos sabiduría, mientras que nosotros no dejamos de predicar a Jesucristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, Jesucristo crucificado, es el poder y la sabiduría de Dios».

»–  Sentido oblativo de su vida.

»Desde sus veinticinco años que se entregó al Señor en su Iglesia sin reservas, su vida tuvo un sentido profundamente oblativo. Como el profeta Samuel está siempre a la escucha de la voz del Señor, para responderle con prontitud y generosidad en el lugar y en la forma que sea más necesario. Se incorpora a los Luises, después a los Estudiantes Católicos, pasa por la Adoración Nocturna, por las Conferencias de San Vicente y por la Asociación Católica de Propagandistas. Cuando D. Ángel Herrera Oria le pide que se incorpore a la Acción Católica, porque era muy necesario, ya que las circunstancias que se vivían, los problemas que existían y el deseo de los Obispos españoles aconsejaban fortalecer esta Organización eclesial de laicos, así lo hace.

»A partir del día de la Inmaculada de 1927, reafirma su conversión y entrega “en los brazos de María”, como él dice, y desde ese momento su vida adquiere un sentido y talante heroico, aunque él insistía en confesar sus fallos, que es fruto de su humildad y generosidad.

»En 1934 asume la Presidencia Nacional de la Juventud de Acción Católica, organiza la peregrinación a Roma, hace a Dios la ofrenda de su vida como víctima por todos los que no conocen a Cristo y viven en pecado, se inmola cada día hasta llegar a plenitud en su sacerdocio.

»En 1940, en la peregrinación de la Juventud al Pilar de Zaragoza, reafirma con ilusión, entusiasmo y coraje aquella oblación de sus propia persona.

»Ya en 1936, en la cruel guerra civil española, se plantea repetidamente ante el Señor que dispusiera de él como quisiera por si era quien faltase para los diez justos que no existían para aplacar su ira, como nos describe el pasaje de Abraham con Dios (Gén 18, 20-33).

»–  La valentía en sus decisiones.

»Hablaba muchas veces sobre la valentía, que era una virtud típicamente cristiana, pues Jesucristo nos dice que “el Reino de los cielos padece violencia y lo consiguen quienes se la hacen”. Ante las mayores dificultades y problemas siempre le vi proceder con una valentía admirable. Lo demostró:

*  Abrazando la fe y comprometiéndose con ello hasta sus últimas consecuencias.

*  Responsabilizándose en el apostolado seglar en la época peor de la historia de la Iglesia en nuestro país.

*  Asumir la Presidencia Nacional de la Juventud de 1934-41 (II República.guerra civil–postguerra) con lo que esto supuso.

*  Responder a su vocación sacerdotal con casi 40 años y comprometerse con ello hasta el extremo.

*  Afrontar crueles persecuciones, situaciones extremas, problemas gravísimos, cambios y crisis convulsivos.

*  Realizar repetidos actos de presencia en todas las Diócesis españoles, levantar y educar dos generaciones de jóvenes sin medios humanos.

*  Aceptar con una valentía silenciosa, humillada y generosa su larga agonía de ocho años, encerrado en su pobre casa de Madrid, en donde ocurrió su tránsito.

3.         Amor a la Iglesia y al mundo

»El amor es siempre compromiso y exige sacrificio. No puede darse el compromiso si antes no se produce el amor. El Sínodo Universal sobre los Laicos, a los veinte años del Vaticano II, tenía por tema: “La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”, ya que ésta es nuestra doble misión. Desde el Concilio hasta nuestros días, el Magisterio insiste de forma clara y persuasiva que los seglares somos la Iglesia en el corazón del mundo y el mundo en el corazón de la Iglesia. Sin embargo, D. Manuel esta idea la tenía muy clara antes del Concilio, ya que él murió durante su celebración y estaba fuera de combate siete años antes.

a)         Su amor a la Iglesia.

Su compromiso, entrega y obediencia a Jesucristo lo realiza por su Iglesia. Su fuerte vocación a la Acción Católica es por la acentuada eclesialidad de esta singular Organización. De las cuatro notas que el Concilio subraya en la Acción Católica queda patente esta eclesialidad en la primera y cuarta Nota. Las otras dos, que se refieren al servicio al mundo, quedan abrazadas y orientadas por la eclesialidad.

Todos recordamos cuando D. Manuel, transido de fe emocionada y confianza en la Iglesia nos hablaba de ella. Nos la presentaba en los planes de Dios desde toda la eternidad, presentándonos las citas del Antiguo Testamento y sus simbolismos, así como lo que dicen los Profetas, la historia del Pueblo de Israel, en la que está prefigurada la Iglesia, culminando con los pasajes evangélicos que hacen alusión a esta institución divina con los humanos, lo cual supone la realización plena de sus Promesas y Alianza con la Humanidad. Es indescriptible cuando explicaba aquel breve pasaje, profundo y significativo de Jn 19, 32-35, en la hora central de la historia, cuando el reloj marca la muerte del Redentor. Cuando se cumplen las promesas eternas de Dios. Cuando Jesucristo, el Mesías y Redentor, actúa como tal, con plenitud de resonancias universales, nace la Iglesia del Costado abierto de Cristo muerto en la Cruz. Dice el texto sagrado que al llegar los soldados para quebrarle las piernas, como ya lo habían hecho con los otros dos crucificados con él, comprobaron que ya estaba muerto y no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. El agua es símbolo del Bautismo y la sangre es figura de la Eucaristía, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia. Nos explicaba D. Manuel cómo San Juan enardecido declara que “él lo vio y da testimonio y su testimonio es verdadero” para que creamos esta gran verdad, hermosa y emocionante realidad. San Pablo dice: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25).

»Afirmaba D. Manuel: «Tiene que ser una Verdad muy grande, cuando a pesar de veinte siglos, de tantas traiciones, infidelidades, desobediencias, pecados, dentro de la misma Iglesia, y de continuas persecuciones, hostigamientos, odios, calumnias y miserias desde fuera, siga existiendo la misma Iglesia que fundó Jesús y cada día aparezca más bella, hermosa y luminosa». Hoy la componemos más de 1.050 millones de personas que profesamos la fe en la Iglesia Católica. Las palabras de Cristo no pueden fallar:«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

»¡Cuántas veces le oímos aquellas profundas y apasionantes razones para amar y servir a la Iglesia!: «Lo que importa es conocer a la Iglesia en toda su hondura bíblica, belleza sobrenatural y como sacramento de salvación. Debemos amar a la Iglesia por MADRE, por DIVINA y por HUMANA».

»El Magisterio actual, sobre todo el Concilio, resalta esa trilogía

»MISTERIO–COMUNIÓN–MISIÓN. Soy testigo de cómo D. Manuel vivía esto y nos lo explicaba.

b)       Amor al mundo.

»El amor a Dios y al prójimo son inseparables, nos repetía, y es que así lo enseña Jesús (Cf Mt 22, 34-40). Una de las frases más hermosas que le escuché es aquella: «La Caridad es el amor a los demás que brota del amor de Dios». Por eso él jamás separaba este doble amor.

»¿Recordáis oírle predicar a D. Manuel aquel pasaje de Jn 20, 11-18 sobre la aparición del Señor a María Magdalena? ... Ésta no decía nada más que tonterías fuera de la realidad: acusa al hortelano de ladrón de muertos le llama el señor, le dice que se lo entregue así por las buenas y que ella se lo llevará, un cadáver de 1,80 de alto y unos 80 kilos de peso, ella, una pobre mujercita, lo cargaría ... ¡Estaba muy llena de amor por Jesús que tanto bien le había hecho! Así le ocurrió a D. Manuel con relación al mundo ¡le amaba mucho porque era el mundo creado y redimido por Cristo! Hay que estar loco de amor, ser valiente y tener bravura para que en plena juventud, con una buena profesión y su situación óptima, con lo revueltas que estaban las cosas en España en el año 1934, asuma la Presidencia Nacional de la Juventud de Acción Católica. El dijo ¡Sí! por amor puro. Alguna vez le pregunté ingenuamente: ¿Cómo fue usted capaz de afrontar aquello? Me contestaba: «¡El amor lo puede todo y yo lo puedo todo en Aquel que me conforta! a una gallina, que es el animal más cobarde, se la pone amor (pollitos) y se vuelve en el animal más bravo, hasta el punto que para defender ese amor, si la acosas, se tira a los ojos».

»Nos decía: «La Acción Católica es maestra de formación y os tengo que explicar el lenguaje bíblico sobre el mundo, para que no sólo tengamos una idea negativa del mismo». En la Biblia se nos habla de este triple concepto del mundo: cosmos–creación; mundo–humano y mundo–enemigo.

a)       Mundo cosmos o creación.

»Creado, sostenido y ordenado por Dios, manifestación de su amor, de su poder, de su belleza, grandeza y sabiduría. Nuestro mundo es como un grano de arena en ese Cosmos, siempre misterioso y deslumbrante como Dios mismo en donde ha puesto a su criatura superior ¡el ser humano!

b)       Mundo humano–pecador.

»Es en ese mundo tan amado por Dios que envió a su propio Hijo para redimirlo y que el Evangelio afirma: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16)

c)       Mundo–enemigo.

»Decía D. Manuel: «Es en esa parte de la Humanidad que rechaza la fe, vive en pecado y concibe la vida presente con criterios contrarios a la Ley de Dios».

De este mundo es del que dice Jesús que el diablo es su príncipe y el enemigo del alma.

»Por tanto, a este triple mundo los cristianos debemos amarlo con todas nuestras fuerzas y que los laicos, por nuestra «índole secular» tenemos una misión prioritaria «tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales». D. Manuel nos animaba con las palabras de Cristo: «No temáis, Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo, Yo he vencido al mundo». Y en su oración sacerdotal: «No te pido, Padre, que los saques del mundo, sino que los preserves del mal».

Epílogo

»Cuando murió D. Manuel no pude estar en su entierro, ya que me fue ocultada la noticia por no suspender una importante convivencia que estaba dirigiendo en el Santuario de Guadalupe (Cáceres). Había estado con D. Manuel unos días antes y le vi más santo que nunca. Al concluir me lo comunicaron y ofrecimos la Santa Misa de clausura por su alma. Al final di un pequeño testimonio sobre su vida de apostolado y santidad, concluyendo con este medio verso que improvisé y que se lo digo muchas veces:

D. Manuel Aparici Navarro

 

prototipo de seglar y consagrado,

 

infúndenos tu coraje, tu celo y ardor

 

para entregarnos a Cristo en su Iglesia,

 

y evangelizar más y mejor.

 

 

  

 

"Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

                                 

             

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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