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VOCACIÓN Y MINISTERIO SACERDOTAL

(1941 – 1959)

 

CURSILLOS DE CRISTIANDAD

Mucho se ha hablado y escrito de los Cursillos de Cristiandad. Nombres como los de Mons. Hervás, D. Pedro Rebassa, D. Juan Capó, Eduardo Bonnin, etc. aparecen con profusión en casi todos los escritos. El de Manuel Aparici se silencia, cuando todos los citados, además de otros muchos, tienen reconocido que el antecedente próximo de los Cursillos de Cristiandad, aparecidos en 1949, son los Cursillos de Adelantados de Peregrinos creados por Manuel Aparici en 1940.

Este apartado –junto con el número especial de BORDÓN de octubre de 2002 ya citado: «Manuel Aparici y los Cursillos de Cris-tiandad»– trata de ser una modesta aportación personal de recono-cimiento a quien nos antecedió y tanto hizo por impulsar en toda la Península los Cursillos de Cristiandad, Manuel Aparici, «Capitán de Peregrinos». Llegaron a la Península en 1954 procedentes de Mallorca [117].

En la etapa 1954-1958 acaba imponiéndose la línea cursillista [118]. Los Cursillos de Cristiandad pasan a primer plano y mucho se discute sobre ellos. Esta etapa significó una convulsión en toda la Juventud de Acción Católica y, lógicamente, también en su estructura.

Una gran parte de dirigentes y Consiliarios creyeron haber encontrado en ellos el estilo y el espíritu que renovaría la Juventud de la Acción Católica. El Cursillo de Cristiandad se convierte así en el eje de toda actividad apostólica, llenando el quehacer de la Juventud de Acción Católica durante cuatro largos años. Constituye esta etapa una de las más discutidas de la Juventud de Acción Católica Española.

En la etapa cursillista no debe hablarse de un planteamiento de Acción Católica general o especializada. Paradójicamente, el Cursillo –sobre todo en los primeros tiempos–ignora e incluso desprestigia a la Acción Católica. El caso de jóvenes y hombres de valía “que están dispuestos a trabajar en Cursillos, pero no en la Acción Católica” se da con relativa frecuencia. La mentalidad de muchos dirigentes de la Juventud de Acción Católica Española, aunque no lo expresen tan claramente, es que el anterior planteamiento de la Acción Católica ha fracasado y que lo único importante es dar Cursillos.

Es en esta etapa cuando se produce la crisis de muchos Centros Generales de la Juventud, a excepción de los que entran en la línea cursillista. Pasados los primeros impulsos, la Juventud de Acción Católica empieza a descubrir lo que algunos Consiliarios y dirigentes habían previsto. Que el Cursillo de Cristiandad no podía constituir el centro permanente del Movimiento juvenil.

Con el fin de vivirlos y conocerlos para estudiar después este método y poderlo ofrecer a toda la juventud como fruto de la peregrinación a Santiago, una Comisión del Consejo Superior participó en un Cursillo que impartieron dirigentes del Consejo Diocesano de Mallorca. Era el primero que organizaba el Consejo Superior. En éste, no intervino directamente Manuel Aparici; él escuchaba y revisaba con el equipo del Consejo Superior todos sus aspectos.

Sin embargo, uno y otro valoran su extraordinaria eficacia. Así juzgaron, no obstante, con el asesoramiento de la Jerarquía, introducir modificaciones. De estos cursillos nacieron los “Cursillos de Militantes de Cristiandad”, que dirigidos por Manuel Aparici se extendieron a toda la Península.

«Fue Director de muchos de estos Cursillos, pues para él fueron el instrumento básico de la Acción Católica. Se dedicó intensamente a ellos, incluso durante su última enfermedad, mientras se lo permitieron sus fuerzas y en contra de las recomendaciones de los médicos … Recorrió toda España dando Cursillos» [119] «en los que frecuentemente se implicaba, convencido de que eran el gran hallazgo apostólico» [120].

«Sus “rollos” … eran de gran altura, aunque asequibles, y a todos impactaban … Era de notar la forma en que sabía “poner a la gente en oración” sin despegar los pies del suelo, dejando traslucir su profunda unión interior con Dios y su liderazgo de jóvenes. Ya en el viaje de ida (en tren) entraba en la gente con diálogos directos, dejando a más de uno un tanto confuso (por ejemplo, iba preguntando si la gente tenía novia; algún “místico” contestaba que no, y cuando alguien decía que sí, D. Manuel contestaba: “¡Menos mal! Un hombre completo …”)» [121]. «Y después de los Cursillos su contacto –personal o por carta– con muchos de los cursillistas, que salían transformados de ellos. ¡Cómo le admiraban y le daban las gracias por el mucho bien que les había hecho!» [122].

«Aquellos “rollos” de Sacramentos que tantas veces le oí y siempre me parecían nuevos, porque descubría nuevos matices … Cuando explicaba el “Orden Sacerdotal” y “La Eucaristía” terminaba emocionado, llorando ... Palpábamos que le estallaba el corazón, porque las palabras le salían del alma, porque su convicción era profunda …; yo no puedo recordar aquellas expresiones del amor de Dios sin emocionarme constantemente» [123].

«Recuerdo con emoción inolvidable –dice en su testimonio el Rvdo. Jesús Rojo Cano– que el día que daba la conferencia sobre los Sacramentos … al hablar de la Eucaristía nos refirió que él sabía de casos de personas que se habían acercado a comulgar con paladares de goma para conservar la Hostia Santa sin humedecerse y después llevarla a antros sacrílegos para que la profanaran. D. Manuel durante unos momentos lloraba y lloraba derramando lágrimas abundantemente, lleno de dolor por el sacrilegio y amor a Jesús Sacramentado. Se quedó grabada profundamente en mi alma la fe y y devoción tiernísima de D. Manuel a Jesús Eucaristía. Se traslucía a ojos vista un alma santa».

«Pero no se limitaba nunca a dar sólo el Cursillo como director espiritual [124]. Lo preparaba y se preparaba antes con el equipo de jóvenes dirigentes [125], lo revisaba después profundamente, y durante todo el Cursillo estaba atento a todo su desarrollo y circunstancias humanas y sobrenaturales, rezaba y se sacrifica más que todos ellos juntos. Y así hasta que cayó enfermo. Nadie se podía explicar cómo tenía capacidad para todo eso y para amar y atender a cada uno.

»En todos los lugares, aparte del Cursillo, celebraba reuniones sobre todo con los jóvenes y sacerdotes; en otras partes, dirigía algún retiro espiritual, celebraciones litúrgicas, emisiones de radio, entrevistas, etc.» [126]. Era, temperamentalmente, muy fogoso, muy emocional. Era el que marcaba el paso. «Estaba siempre “al quite”.  Nos conocía a todos ... » [127].

«Más de una noche no se acostaba; la aprovechaba para estar hasta la madrugada alta con los dirigentes diocesanos y después hacer oración» [128]. Recuerdan que las noches en Cursillos las pasaba casi sin dormir, orando en la Capilla. Y otro tanto sucedía en los Ejercicios que dirigía: «En las horas de descanso, o por la noche, se le encontraba en la capilla, en el sitio que no pensaba ser visto o en las horas tardías, estaba postrado rezando» [129]. La oración era intensa. Todo en su vida se apreciaba como fruto de la oración.

En ocasiones, el sueño le vencía.

«En un viaje suyo a Zaragoza tuve la alegría de acompañarle unas horas, entre reunión y reunión –afirma J. Ramón García Lisbona–. Una vez quedé en recogerle en el Pilar a una hora fijada. Al llegar, le encontré en un banco, frente a la Santa Capilla, con el breviario en la mano, y dormido. Al despertar, y viéndome un tanto extrañado, me dijo que «a ningún amo le disgusta que su perro se duerma en sus pies … ».

¡Cuál no sería su cansancio! ¡Qué humildad la suya!

«Ante el esfuerzo que realizaba y temiendo por su salud, en uno de los Cursillos sus acompañantes prometieron cuidarle y esta promesa la llevaron al resto de los jóvenes del Consejo Superior. Lo que resultaba de esto era que el que de verdad cuidaba a cada uno de ellos era siempre él» [130].

«A partir del verano de 1955 el Consejo Superior alquiló en el pueblo de Guadarrama una casa de verano que se utilizaba para actividades apostólicas constantemente, en invierno y en verano. Se hizo principalmente pensando en su salud, que ya estaba muy quebrada (el frío le perjudicaba mucho por la mala circulación de la sangre) y para obligarle a no salir de viaje, sabiendo que él no dejaría de trabajar.

»Allí dirigió Ejercicios a distintos grupos, convivencias, reuniones diversas, etc. [131]. El último verano antes de caer enfermo dirigió en agosto cinco Cursillos de Cristiandad ¡todo un récord! si se tiene en cuenta que él tenía todo el peso y responsabilidad de la Consiliaría Nacional.

»Por esta época sufría mucho por su situación, por su madre enferma, por su familia donde había algún problema, por la juventud, por su sucesión, que preveía cercana, etc.

»Ya comenzaba a resentirse mucho su inmenso corazón; las piernas hinchadas, labios morados, agotamiento, fatiga. ¡Qué miedo pasaban con él! Sobre todo cuando hablaba, porque solía emocionarse y algunas veces mucho; le embargaba la emoción y lloraba, especialmente cuando hablaba del amor de Dios y contemplaba las respuestas y el pecado del hombre y el suyo» [132].

»Y todo esto «postrado prácticamente ... Estaba horas en oración ... Recibía personalmente a la gente. No le vi ni una vez quejarse, ni perder el humor, la paciencia, exigir algo: comida, trato, dinero; esto le venía ancho siempre y a esas alturas se palpaba que le repugnaba literalmente» [133].

«Durante todo el Curso 1956/1957, continuó la gran dolencia que le aquejaba desde el verano de 1956. Atraviesa días difíciles, pero él ofrece diariamente su enfermedad por la eficacia del apostolado de los Jóvenes de Acción Católica. De dicha dolencia no pudo recuperarse en el Curso siguiente, 1957/1958, y continúa, por tanto, sin poder actuar como Consiliario, pero él sigue ofreciendo por sus queridos jóvenes sus sufrimientos. Debido a ello, y atendiendo a su estado de salud, el Cardenal Primado, de acuerdo con la Dirección Central de la Acción Católica, nombró a D. Manuel Arconada Flores Viceconsiliario Nacional el 22 de junio de 1957 que le ayudaba eficazmente en la Consiliaría Nacional» [134].

«Quemó su vida en los últimos años dando Cursillos de Cristiandad y promoviendo cuadros de dirigentes y militantes de la Juventud de Acción Católica» [135].

[117]  «El 11 de mayo de 1954 comenzó en la Casa Diocesana de Ejercicios de Toledo el primer Cursillo de Cristiandad celebrado en la Península, que correspondía al número 99 de Palma de Mallorca. Fue dirigido por el Consiliario y responsables seglares del Consejo Diocesano de Toledo ... Se daban sólo para jóvenes varones» (Cf. José Díaz Rincón).

[118]  Cuanto sigue está tomado del artículo de Salvador Sánchez Terán: «Evolución histórica de la Juventud de Acción Católica Española» (ECCLESIA de fechas 25 de abril y 2 de mayo de 1964) y del Informe de los Peritos Archivistas.

[119]  Manuel Gómez del Río (Recorrió con Manuel Aparici toda España dando Cursillos).

[120]  Rvdo. Antonio Garrigós Meseguer.

[121]  J. Ramón García Lisbona.

[122]  Informe de los Peritos Archivistas.

[123]  José Díaz Rincón.

[124]  Éstos eran densos y agotadores para cualquier dirigente y mucho más para el director espiritual.

[125]  «No te olvides –le decía por carta de fecha 20 de agosto de 1954 a Antonio Horcajo, profesor con él de muchos Cursillos– de hacer “electricidad” de alta tensión para el Cursillo del 26 al 30».

[126]  Informe de los Peritos Archivistas.

[127]  José Luis López Mosteiro.

[128]  Informe de los Peritos Archivistas.

[129]  Ana María Rivera Ramírez.

[130]  Informe de los Peritos Archivistas.

[131]  «Cursillos de dirigentes, de formación y apostolado, tanda de Ejercicios para el Consejo Diocesano de los Jóvenes de Toledo y otras», según José Díaz Rincón.

[132]  Informe de los Peritos Archivistas.

[133]  José Díaz Rincón.

[134]  Informe de los Peritos Archivistas.

[135]  Salvador Sánchez Terán.

Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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