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APÓSTOL

CON VOCACIÓN DE CRUCIFICADO

 

ENFERMEDAD

«A principios del año 1956 comienza a hacerse realidad viva y sufriente, al caer gravísimamente enfermo» [19]. Tras siete años de Presidente y nueve de Consiliario le llega la etapa de dolor, de dolores tremendos: un infarto de miocardio y algunos más de todo tipo que le dejaron casi imposibilitado y que le postraron en cama prácticamente desde el primer momento hasta el mismo instante de su muerte. «Ni para asistir al entierro de su madre pudo levantarse de la cama» [20]. Cuando le llegó, la «aceptó como un servicio a los demás … y una dimensión redentora» [21]. «Parecía … que Dios consideraba cumplida su actividad apostólica»[22].

«Había periodos larguísimos en los que podía levantase para celebrar la Eucaristía, y otros muy largos en que tenía que permanecer en cama, con las consecuencias consiguientes de llagas en el cuerpo, hinchazón en el vientre, hidropesía y fuertes dolores» [23].

Aunque era plenamente consciente de la gravedad de su enfermedad, a la que quería quitar importancia, nunca mostró signos de inquietud, impaciencia o disgusto y mucho menos de desesperación. Nunca perdió la paz y siempre estaba sonriente. Encontró en ella el estado de purificación del alma hacia la contemplación. «Podía deducirse su alta espiritualidad y plena aceptación de la voluntad de Dios en todo momento» [24]. «Su comportamiento fue admirable y edificante, siempre heroico y ejemplar sin la menor queja» [25] «aceptando el sufrimiento ... con espíritu evangélico de asimilación a los sufrimientos de Cristo» [26], con una gran confianza en Dios. Su comportamiento fue siempre sobrenatural en cada una de las diferentes situaciones que se le presentaban.

Casi nadie se dio cuenta de que estaba enfermo, ni siquiera sus más estrechos colaboradores. Sólo se percataron cuando los médicos le ordenaron permanecer en casa [27]. Sí se percató, en cambio, su dirigido José Díaz Rincón quien afirma que la última enfermedad de D. Manuel empezó a manifestarse un año antes de darle el infarto; él le veía agotarse mucho: el corazón comenzó a resentirse, tomaba medicamentos, se fatigaba y con mucha frecuencia le embargaba la emotividad.

Pero un día todos supieron de su enfermedad porque era de dominio público.

«En su enfermedad, según Manuel Gómez del Río (Cf.) [28], se pueden descubrir dos etapas: la primera, cuando los médicos le diagnostican que tiene un proceso cardiaco importante y que tiene que hacer reposo absoluto y cuidarse; pero en esta etapa él reacciona diciendo que su enfermedad era lo que el Señor le había mandado, que no puede descansar, que ha ofrecido su vida por los jóvenes, y siguió trabajando, haciendo su vida normal con la misma intensidad de siempre como si no estuviese enfermo: dando cursillos, viajando, durmiendo poco y rezando mucho, hasta que –segunda fase–, no puede salir ya de casa por prescripción facultativa … Entonces recibe gente, hace dirección espiritual, sigue con sus conversaciones de alta espiritualidad, escribe, reza, etc. ... Es en esta última etapa cuando sufrió más ... ».

La evolución de su enfermedad la describe así su primo Javier Cf. y al describirla confirma cuanto dice Manuel Gómez del Río en su declaración:

«Al principio de los años 50, se le presentó una afección cardiaca, que de forma insidiosa fue progresando en él mientras continuaba dedicándose plenamente a su labor de apostolado. El progreso de la misma le obligó a tener que ir disminuyendo su actividad, y terminó obligándole, poco a poco, a recluirse en casa y prácticamente, al menos siete años, en cama».

Cuando llevaba siete meses enfermo, enero de 1957, él mismo explica a Alejandro Fernández Pombo en la entrevista que le hace en su casa la causa de su enfermedad:

«En gran parte al esfuerzo superior a mis fuerzas no sólo físico, sino emocional. Del 15 de abril al 15 de mayo di cuatro cursillos y tuve unas convivencias con sacerdotes. Y así, cualesquiera de los meses anteriores. Si cuando Presidente me hice 120.000 kilómetros, como Consiliario andará muy cerca. He vivido muy deprisa y ahora me toca vivir despacio ... Como Consiliario el trabajo es más agotador por la tremenda responsabilidad» [29].

Sus sobrinos Rafael y Josefina y varios testigos corroboran cuanto él dice. Sin embargo, aportan datos de interés en relación con su enfermedad.

«De la actividad sacerdotal de mi tío –dice su sobrino Rafael Cf.– recuerdo que hacía un enorme esfuerzo de viaje para atender a todos los Centros de Acción Católica en España, que le impedían descansar lo suficiente, y mi familia atribuye a ese esfuerzo continuado el origen de su grave enfermedad ... Él debía de estar preocupado por su salud porque un poquitín antes de manifestarse ésta –y por referencias de su médico, Dr. Gómez Cuéllar– había pasado un profundo chequeo médico respecto al corazón. Sin embargo continuó desarrollando plenamente su actividad apostólica ... ».

«Andaba de viaje, dormía en los trenes, lo normal, no paraba un momento», afirma su sobrina Josefina y esto lo confirma Juan Candela con estas palabras: «Ibamos a dar charlas a pueblos lejanos en trenes de madera viajando toda la noche».

Todos los que estaban cerca de él –asegura Felipe González Sánchez– tenían el convencimiento de que su enfermedad se debió al tremendo esfuerzo físico y emocional que hizo recorriendo toda España dando Cursillos y formando cuadros de Jóvenes de Acción Católica. En los Cursillos –como ya ha quedado dicho–, pasaba prácticamente toda la noche en oración –yo lo he comprobado personalmente en varios de ellos–. Este esfuerzo continuado a un ritmo de aproximadamente dos Cursillos al mes, que duraban tres días y medio más viajes, afectó decisivamente a su salud. Hizo realidad lo que él decía de palabra: «Hay que entregar la vida por llevar almas de joven a Cristo».

«Disponía de una habitación en la casa amplia de su madre que primero fue su despacho y luego trasladaron allí una cama donde pasó todo el periodo de su enfermedad. Esta habitación tenía lo imprescindible para, en la primera época desarrollar su actividad, y en la segunda para atender su enfermedad y recibir a las visitas … y de una habitación pequeñita que era la capilla». «Su habitación seguía siendo considerada por todos como el centro de irradiación del espíritu de la Juventud de Acción

Católica ... » [30].

Desde su lecho de enfermo ofrecía diariamente sus sufrimientos por sus queridos jóvenes y la eficacia de su apostolado, por las tareas del Consejo Superior y por los sacerdotes y seminaristas y  seguía de cerca con mucho interés la marcha de la Juventud. Quería que se le hablase de ella. Con sus lecturas y sus visitas, estaba al tanto del caminar de mundo español.

«Dios le había dado la vocación sacerdotal para que los años no pudieran separarle de la juventud» [31].

Sus largas temporadas en la cama sin levantase, le pasaron una fuerte factura.

A su primo Javier, médico, «le llamó la atención y le dejó muy impresionado ... la úlcera por decúbito en la región glútea, sin haber observado él la más mínima queja, cosa que le dejó extraordinariamente admirado y edificado, cuando tuvo que curársela, por lo terrible que era, tanto por su extensión como por su profundidad. Tenía veinte centímetros en uno y otro sentido, y en consecuencia había una casi destrucción de los músculos glúteos, que llegaba prácticamente hasta el hueso sacro». Ésta se vio complicada con una fístula que le hacía sufrir de modo especial.

Por su parte, José María Máiz Bermejo Cf., médico cirujano que le operó, confirma el testimonio del anterior.

«Una de las veces que fui a verlo –dice– un familiar me sugirió que le viese unas heridas que tenía en la región sacro–coxigea que le molestaban. Acepté la petición y lo exploré viendo una gran herida ... que suelen ser muy molestas, y le puse un tratamiento local y, sobre todo, ver durante el día la forma de cambio de postura para no estar siempre de cúbito supino. Fue mejorando, pero muy lentamente, pues duró mucho tiempo».

Además de este hecho sanitario nos da a conocer otro relacionado con la fístula.

«Otro hecho sanitario –añade– fue que durante estos años que estuvo en casa, y gran parte en cama, también tuve que verlo por tener unas hemorroides que le molestaban al hacer sus deposiciones y sangraban de vez en cuando. Se le hizo un tratamiento médico durante unos días, y no notó mejoría. Entonces se planteó el problema si debía operarse o seguir con los tratamientos. Después de una consulta con el médico internista y del enfermo, se aceptó la intervención quirúrgica. Se le hizo un estudio clínico completo y un tratamiento pre–operatorio.

»Se realizó en un Sanatorio Quirúrgico, ingresándolo el mismo día de la operación. Se hizo con anestesia general, que toleró muy bien. La intervención quirúrgica consistió en la extirpación de todos los nódulos hemorroidales, liberación de una fisura. También se revisó la herida sacro–coxigea, extirpación de sus bordes y aproximarlos.

»Curso post–operatorio normal. A los pocos días alta del Sanatorio.

»Seguí viéndole en su casa y curándole.

»El aceptó todo lo que representó la intervención quirúrgica sin quejarse ni lamentarse de lo que sufría, aunque como es natural se le ponía algún calmante, pero llamaba la atención a todos los que iban a verlo …

»Durante su larga enfermedad, tuve ocasiones de ir a verlo y ofrecerle salir de paseo en mi coche [cuando podía; era en los primeros tiempos de su enfermedad] por las zonas no urbanas de Madrid, que él aceptaba con mucho gusto; nunca dejaba de comentar un pasaje del Evangelio con motivo de algún hecho que veía o algún sitio de los que pasábamos».

Nunca exigió cuidados especiales y/o exagerados, y con relación a los médicos «fue siempre obediente y paciente» [32]. «Aceptaba de buen grado sus recomendaciones y cuidados» [33] «y se dejaba guiar por ellos» [34]. Asimismo, «escuchaba las advertencias que le dirigían sus familiares sobre la necesidad de cuidarse … para salvar situaciones que en ocasiones podían ser límites … No provocaba rechazo a las indicaciones que se le daban» [35].

Pero llegó un momento en que tuvo que respirar fatigosamente con la ayuda de oxígeno tendido en cama, hasta que el Señor se lo llevó.

«Durante los primeros años de su enfermedad –dice su sobrino Rafael– iban a visitarle continuamente muchos Jóvenes de Acción Católica y personas [muy cualificadas de la Acción Católica y] relacionadas con la misma [«antiguos políticos que habían pertenecido a la Acción Católica», afirma su primo Javier, y «Obis-pos», dice su sobrina Josefina] ... Pero a medida que pasaba el tiempo, el número de jóvenes que le visitaban fue disminuyendo». Tuvo que superar la falta de presencia de amigos y antiguos colaboradores con su fuerza espiritual. Su espíritu estaba pronto, pero su naturaleza acusaba las ausencias.

En la última etapa de su enfermedad «estuvo –según su sobrina Josefina (Cf.)– muy solo, muy mal cuidado, pero no se quejaba de nada; al contrario agradecía el mínimo detalle que le hacías … Siempre te recibía con una sonrisa ... Una de las veces que fuimos mi marido y yo a verlo ... le dijo mi marido: Manolo, ¿por qué no te compras una televisión?, te distraería un rato, y se quedó pensando y dijo: me parece una falta de pobreza en un sacerdote y sonriendo añadió: me distraería demasiado. Y murió sin televisión».

«La gran prueba de su larga enfermedad sin perspectivas de curación … la afrontó con serenidad y sin dramatismo.

Sin extremismos comentaba normalmente su delicado estado de salud en días tan aciagos, duros y amargos para él añadiéndose a su propia enfermedad una mala temporada de sufrimientos. Hablaba de la soledad. Del alejamiento de algunos amigos. Del consuelo de las visitas. «Venid, venid a visitarme. Y decidme estas cosas, porque aunque las sepa necesito oírlas, porque la “fe entra por el oído”», le decía al Rvdo. Felipe Tejederas Porras. De los antiguos jóvenes que le llevaban sus hijos. De las largas horas en la cama sin poder hacer más que mirar el Crucifijo, etc. «No se lamentaba. Vivía una etapa distinta en su camino y la asumía con naturalidad, sin hacerse ilusiones sobre su restablecimiento» [36]. «No estaba dolido. Lo llevaba con resignación. Era parte de su cruz» [37]. Todo ello en un clima de paz interior, con una admirable fortaleza y gran entereza de ánimo, santa paciencia, etc. ofreciendo en todo momento a Dios sus sufrimientos y su vida por la labor apostólica que había dejado interrumpida.

Su alma no dejó anidar la amargura, ni la tristeza. Su seguridad y esperanza la tenía puesta en el nombre del Señor e invocaba continuamente a la Virgen.

Vivir cerca de él esos momentos impresionaba» [38]. Con su ejemplo edificaba a cuantos le visitaban y a cuantos de él sabían por el testimonio de otros. Salías más contento, nuevo. Era para ellos de gran ayuda en su vida espiritual. Irradiaba a Cristo. Era sal y luz. Testimonio excepcional. Y estaba siempre más atento a las necesidades de los demás que a las suyas propias. «Le llamé por teléfono – dice José Sotillos Martínez– y antes de contestar a mi pregunta por el estado de su salud, recuerdo que me dijo esta frase: “¿Seguirás amando al Señor?, porque tú eras de los que le amaban”. Le importaba más esto, que lo suyo».

Muchos amigos se lamentaron después de no haberle visitado tanto como debieran. Reconocieron que no le habían atendido suficientemente en esta su época de soledad y sufrimiento, pero comentaban que reaccionaba heroicamente, sin echárselo en cara.

«En los finales, expresó, por escrito y de palabra, cómo le iba inundando una paz y una confianza gozosa, sintiéndose en los brazos de Dios Padre, abandonado a Él» [39]. La noticia de su próxima muerte la llevó con una fortaleza y gozo interior grandes.

«Ocho años de penosa enfermedad –de verdad– que atan a una butaca al apóstol incansable e infatigable, que le reducen a la inmovilidad y a la impotencia y también a la soledad, le van clavando más y más a la Cruz, en ese martirio lento que le consume, inmóvil en el sillón de su cuarto hasta su muerte ejemplar en 1964, poniendo su espíritu en manos del Padre, pero desde él que prosiguió su labor como Consiliario Nacional con el celo de siempre e irradió a antiguos y nuevos sacerdotes y dirigentes seglares la doctrina y el ejemplo de una vida entregada por completo al Cristo Total, Cabeza y miembros» [40].

«Que todos los jóvenes de Acción Católica de España pidan al Señor que le dé fuerzas para sufrir hasta el fin ... Y sus amigos, id a verle. Tened caridad» [41]

Sufrió, en verdad, un auténtico calvario sobrellevado con entereza ejemplar, espíritu sobrenatural y plena aceptación de la voluntad de Dios. En su mente y en su corazón, como buen peregrino y Capitán de Peregrinos, siguió peregrinando hasta el día de su muerte.

¡Qué modelo de enfermo, de sacerdote víctima y de apóstol con vocación de crucificado!

[19]  Rvdo. José Manuel de Córdoba (SIGNO de fecha 5 de enero de 1965).

[20]  Enrique Montenegro L. Saavedra.

Viviendo su madre creyeron que se moría y él pedía a la Santísima Virgen para que no la dejara desamparada diciendo: «Madre mía del cielo, cuida tú a mi madre en la tierra» (Informe de los Peritos Archivistas).

[21]  Cf. Rvdo. Antonio Santamaría González.

[22]  Enrique Montenegro L. Saavedra.

[23]  Su sobrino Rafael.

[24]  José María Riaza Ballesteros.

[25]  Alejandro Fernández Pombo.

[26]  Mons. José Cerviño y Cerviño.

[27]  «Yo, con mi convivencia, todas las tardes del año, no pude descubrir que existiera hasta que los médicos le ordenaron permanecer en su casa; desarrollaba su trabajo sin un solo lamento o queja, sin duda sabiendo que necesitábamos de su fortaleza … Su constancia era permanente, siguiendo los asuntos», afirma Miguel García de Madariaga, entonces Presidente del Consejo Superior de los Jóvenes de Acción Católica, siendo Consiliario Manuel Aparici.

[28]  Estaba colaborando con él cuando se manifestaron los primeros síntomas de su enfermedad.

[29]  SIGNO de fecha 5 de enero de 1957.

[30]  Manuel Gómez del Río.

[31]  Alejandro Fernández Pombo (SIGNO de fecha 5 de enero de 1957).

[32]  Cf. Virgilio José López Cid.

[33]  Cf. Su primo Javier.

[34]  Miguel García de Madariaga.

[35]  Su sobrino Rafael Aparici Vila.

[36]  Manuel Gómez del Río.

[37]  Blas Piñar López.

[38]  Cf. Rvdo. Antonio Garrigós Meseguer.

[39]  Ana María Rivera Ramírez.

[40]  Informe de los Peritos Archivistas que toman en parte del artículo que escribió Antonio García–Pablos y González–Quijano al día siguiente de su muerte en el Diario YA bajo el título «GUÍA Y EJEMPLO DE UNA GENERACIÓN» y del que escribió el Rvdo. José Manuel de Córdoba (SIGNO de fecha 28 de marzo de 1959).

[41]  Rvdo. José Manuel de Córdoba (SIGNO de fecha 28 de marzo de 1959).

Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

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