Capítulo I           Somos un pueblo peregrino

 

Capítulo II          Escrito de contestación de Mons. Ureña Pastor, siendo Obispo de Alcalá de

                           Henares, al Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Ángel Suquía Goicoechea

 

Capítulo III          La figura del siervo de Dios según los Peritos Teólogos

 

Capítulo IV          Vida de oración del Siervo de Dios

 

Capítulo V           Manuel Aparici, un alma eucarística

 

Capítulo VI          Modelos de oración

 

Capítulo VII         Algunas frases o pensamientos que expresan la filosofía espiritual de su vida

 

Capítulo VIII        Manuel Aparici un hombre de nuestro tiempo

 

Capítulo IX           Palabras de Mons. Francisco José Pérez y Fernández Golfín. Obispo de

                            Getafe        

 

Epílogo

 

Favores y donativos.

 

 

I

 

 SOMOS UN PUEBLO PEREGRINO

 

 

Juan Pablo II en su Carta Apostólica «Novo Millennio Ineunte» a los Obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas y a todos los fieles, dice en su introducción:

 

 

«¡Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recodar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre (Hb. 13,8)».

 

«La alegría de la Iglesia, que se ha dedicado a contemplar el rostro de su Esposo y Señor, ha sido grande este año. Se ha convertido, más que nunca, en pueblo peregrino, guiado por Aquel que es el gran Pastor de las ovejas (Hb. 13,20)».

 

A continuación el Santo Padre invita a todos a traducir el tesoro de la gracia recibida en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas, en torno al propio Obispo.

 

«Sobre todo, queridos hermanos y hermanas, es necesario pensar –sigue diciendo el Papa– en el futuro que nos espera [...]. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales. En cada una de ella, congregada en torno al propio Obispo [...].

 

 

 Años antes (en 1964), Mons. José Guerra Campos en su toma de posesión como Obispo Consiliario General de la Acción Católica recordaba ya que « … lo que especifica cristianamente una tarea, que es común a todos los hombres, es su polaridad celeste, su condición peregrinante hacia Cristo Resucitado … » [2].

 

 

«El ser humano –escribe por su parte el P. José Luis Otaño, S.M., Vicedirector Espiritual Diocesano de Madrid [3]– está ligado íntimamente a la experiencia de la peregrinación, que es expresión y signo de su peregrinación por la vida. Desde el Antiguo Testamento, la peregrinación implica salir de la propia tierra y de la propia casa, como Abraham e ir a otro lugar en la búsqueda para el encuentro con Dios y con su voluntad. Jesucristo peregrinó al templo siendo niño, acompañado de su Madre, la Virgen María y San José. Nuestra fe nos asegura que comenzamos nuestra peregrinación cuando nacemos y en el renacer que nos da la gracia recibida en el Bautismo, y que no termina en esta vida sino que, después de la muerte, culmina en la eternidad.

 

 Desde los primeros momentos de la Iglesia, los cristianos peregrinaron a lo lugares relacionados con la historia de la salvación llevada a plenitud en Jesucristo […]. La historia de la Iglesia es el diario viviente de una peregrinación que nunca se acaba. Numerosos fieles alimentan su piedad peregrinando hacia los antiguos y nuevos santuarios dedicados al Señor, a la Virgen María y a los Santos [4].

 

La peregrinación ha sido siempre un momento significativo en la vida de los creyentes, asumiendo en las diferentes épocas históricas expresiones culturales diversas. Evoca el camino personal del creyente siguiendo las huellas del Redentor: es ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por las debilidades humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de peregrinación interior a la conversión del corazón: “Mediante la vigilia, el ayuno y la oración, el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana, esforzándose por llegar, con la ayuda de la gracia de Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Incarnationis mysterium, n. 7) … ».

En diferentes ocasiones y por diversos motivos Manuel Aparici escribe una y otra vez [5]:

 

«Peregrinar es caminar sin descanso hacia la Casa del Padre, abrasada el alma y las entrañas por aquella sed del Calvario ... Sed de que las almas beban en la Sagrada Llaga del Costado aquel incendio de amor que a Cristo le arde en el Pecho y que, en bastando a declararlo su Cuerpo todo llaga puesto en cruz, le desgarra el Corazón, aún después de muerto, para mostrarnos que su amor es más fuerte que la muerte.

Peregrinar es hacerse, en el regazo de María por la acción del Divino Espíritu, otro Cristo; es decir, llaga de amor viva que destile, en oración y sacrificio, agua de gracia que lave de la triste mancha de su desamor a tantos hermanos que aún no saben que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios Vivo.

Peregrinar es vivir el ahogo, la asfixia y la tortura de la Sangre Divina en Sagrado Depósito y unir la pobre sangre nuestra a la Divina, para que a todos llegue su Dulzura y en Amores de Dios le embriague».

 

«Peregrinar es haberse llenado el alma de la hermosura de Dios y caminar hacia Él loando sus perfecciones.

Peregrinar es sentir la inmensa indulgencia de nuestro ser ante la infinita amabilidad de Dios y buscar quien nos ayude a alabarle para que, a la Trinidad Santísima, se le rinda toda la alabanza que merece.

Peregrinar es hacer partícipe a los demás hombres del inmenso tesoro de poseer por la fe el conocimiento de la caridad de Dios, que nos quiere unos con Él en Jesucristo por el Espíritu Santo».

 

Insistía tanto en esta idea de peregrinar, porque –decía– peregrinar es el estilo propio de la vida cristiana y tal vez también, el estilo de la vida española.

 

«[…] Jesús forma su Colegio Apostólico sobre los caminos de Palestina. Se retrata en el buen samaritano que subía de Jericó a Jerusalén. Se aparece bajo el aspecto de peregrino en el camino de Emaús [...].

 Estilo peregrinante, estilo propio de la vida cristiana que es un continuo caminar hacia una plenitud de ser que sólo puede lograrse alcanzando la medida de la propia vocación que a cada uno dio la gracia del Señor; pero no olvidemos que la medida de la vocación de un apóstol no se alcanza si por deficiencias suyas dejan de incorporarse a la vida de Cristo todos aquellos que Él quiere salvar por su mediación […].

[...]. Y he aquí por qué lo primero que ha de hacer el peregrino es pedir la gracia para vivir en ella [...]. Sin vida es necedad pretender caminar; pero esa vida hay que conservarla y acrecerla, multitud de peligros acechan al cristiano a lo largo de su camino de peregrinación, y para salvarlos necesita de luz; en la noche es muy fácil tropezar y caer … ».

 

Y añadía. Pero «¡peregrinar, no es nada; peregrinar con fe es abrir camino!».

 

«Abrir camino. Enderezar todas las sendas, para poner en su luz de Verdad todas las criaturas. Esta es la misión del peregrino. Pero abrir camino ¿a qué? A lo que llevamos en el alma al Reino de Dios sobre la tierra, al reino de verdad y de vida, al reino de santidad y de gracia, al reino de justicia, de amor y de paz».

 

Peregrinar con fe es «abrir camino [...]:

 

«A la pobre humanidad hasta que llegue a vivir la paz del Reino de Cristo ... ».

 

«Al conocimiento del amor Divino, con nuestras obras, con nuestras oraciones, con nuestros sacrificios. Y después, cuando llegue el esperado día [6], reunidos cien mil con los hermanos de todas las Cristiandades de la Tierra para acometer unidos, hechos un corazón y un alma sola, la conquista de todo hombre, de toda raza y latitud para el amor de Dios que se nos reveló en Jesucristo».

 

«Al Reino de Dios en la juventud de España. Abriendo camino. Ya sabéis que el instrumento ha de ser cortante y afilado, como afilada y cortante es la verdad. Cada uno de nosotros debe ser Palabra de Dios hecha carne, espada que separe carnes de huesos. Abriendo camino con nuestro ejemplo, con nuestro vivir laborioso, con nuestro vivir alegre, con nuestro vivir apostólico».

«Y si eso es peregrinar, ¿qué será el vivir de Adelantado [de Peregrinos], sino ser hostia [7] y cruz en la Llaga Divina, renunciando a todo, hasta el valor satisfactorio de las obras en favor de los amados del Señor?».

 

«[...] Mirad, [...] la vocación de Dios a las gentes de España, es peregrinar, porque Santiago, el Apóstol peregrino [...] es el que nos engendró para Cristo y, al engendrarnos, dejó en nosotros la huella profunda de su personalidad peregrinante [...].

 El siglo XIX es un siglo traidor a la vocación de España. Se cerraron todos los caminos [...] para que viniera Cristo [...]. Y la sangre de los mártires ha vuelto a ungir la frente de España con esa misión sublime de abrir camino al Reino de Dios en las almas [...].

[…] Si peregrinar es abrir camino: Caminemos, recorramos este camino. El camino está abierto [...].

Mirad, eso es nuestra peregrinación, caminar interior, abrir camino en nuestras propias almas a ese Dios que quiere venir, a ese Dios que se hizo por nosotros hombre y que por nosotros se hizo Pan.

Abrir camino. Recogernos [...]. Convertirnos a Dios. Ver en el fondo del alma a la Trinidad, ver al Espíritu Santo que nos vivifica, ver al Padre y al Hijo. Caminar.

Es nuestra Santa de Avila [...] quien nos traza el plano de ese peregrinar en su “Castillo Interior” con sus moradas [...]. El cristiano peregrino ha de avanzar de Morada en Morada hasta llegar a la Morada Central y allí hincarse de rodillas ante Dios para recibir de Él la santificación de todas sus facultades y operaciones.

Ese es nuestro peregrinar […]. Convertirnos a Dios, volvernos a Dios, para ver con sus ojos, porque estoy seguro que si sabéis ver en el fondo del alma a la Trinidad, veréis a la Trinidad Santa en el alma de todos los hermanos [...].

 […] ¿Cómo abrir camino?: Con la oración, con la comunión, con el examen de conciencia, con el ofrecimiento de obras, con apostolado. Caminar. Abrios así camino, hincándoos delante de Dios, en cuya presencia estáis, para que os revele su secreto, abrazándoos con Cristo en la Eucaristía [...].

[…] Este es nuestro caminar interior. Y después con peregrinar viril, tenemos que recorrer los caminos de España, porque España quiso el Señor que fuera Reino de Dios, y recorrer sus camino es como recorrer los caminos de Dios, que están jalonados con cruces de mártires, con imágenes de la Virgen [...]. Tenemos que recorrerlos como [...] niños, porque sin hacernos niños no podemos entrar en el reino de los cielos, de la mano de María [...].

Este es el aspecto externo de nuestro peregrinar. Abriendo camino al Reino de Dios en la juventud de España».

 

 

II
 

ESCRITO DE CONTESTACIÓN DE MONS. UREÑA PASTOR, SIENDO OBISPO DE ALCALÁ DE HENARES, AL CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID, D. ÁNGEL SUQUÍA GOICOECHEA

 

 

«Considero muy acertada la petición hecha a Vuestra Eminencia por la Junta Nacional de Peregrinos de la Iglesia de introducir la Causa de Canonización del Siervo de Dios Manuel Aparici Navarro.

Muchísimos católicos españoles y muchos hombres de buena voluntad conocieron directamente o han oído hablar de D. Manuel Aparici Navarro, Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica y, luego, Consiliario Nacional, cuando era ya sacerdote.

 

De sus virtudes humanas, cristianas y sacerdotales en grado heroico huelga insistir. Son de sobra conocidas. Y lo mismo cabe decir de su santa muerte, que sobrevino tras larga y penosa enfermedad, vivida con temple espiritual de santo, en agosto de 1964.

 

Sería un gran bien para la Iglesia y para el mundo el reconocimiento de la santidad en hombres como éste. Particularmente en los tiempos presentes [...].

 

¿No es, además, D. Manuel Aparici un ejemplo a imitar por los sacerdotes seculares diocesanos?

En ambos sentidos es importante la Canonización de este Siervo de Dios. Supondría un fuerte aldabonazo para el despertar de la conciencia del sacerdote y del laico en la Iglesia.

Por lo cual, me pronuncio totalmente a favor de la introducción de la Causa de Canonización de este gran varón cristiano y apostólico».

 

 

III

 

LA FIGURA DEL SIERVO DE DIOS SEGÚN LOS PERITOS TEÓLOGOS

 

 

Manuel Aparici, desde el inicio de sus escritos –dicen los Peritos Teólogos–, nos va descubriendo su llamada especial a la santidad en el día a día de su vida, tratando de vivir el plan que él mismo se había trazado en la búsqueda de serle fiel al Señor.

 

Su conversión espiritual tiene una motivación de su amor mariano.

 

Inspirado en el amor a Jesucristo, inicia sus grandes resoluciones; entre ellas la búsqueda de quien guiará y orientará la vida espiritual de una alma enamorada y sedienta de Cristo.

 

Al encontrar su director espiritual, se establece todo un dialogo de confianza y abandono en descubrir la voluntad de Dios. Esta dirección está apoyada en lectura espiritual de varios autores, santos y padres de la Iglesia. Entrega, respeto y obediencia incondicional a la Voluntad de Dios, expresada a través del director espiritual.

 

Para esto establece un horario diario en el que continuamente va examinándose y buscando la manera de cómo agradar a Dios, desde el levantarse de cada día, oír Misa y comulgar diariamente con devoción, consagrar su trabajo iluminado por la obra «Deber Moral del Trabajo», la atención y dedicación a su familia, en especial a su madre, el cuidar su meditación diaria frente al Sagrario en la Visita al Santísimo, que en tiempo es progresiva desde minutos, medias horas y horas; el ofrecer pequeños y grandes sacrificios como privarse de leer el periódico, el dejar de fumar y vencer la tentación de leer novelas policíacas; dedicar tiempo para el estudio y formación en el campo religioso, examen de conciencia al llegar el atardecer de cada día; compromiso de vivir el tiempo litúrgico a plenitud; diálogos que irán perfilando su compromiso apostólico frecuentando el Círculo de Obreros.

 

Descubrimos también en sus escritos los momentos de inquietud de un alma enamorada que se complace en expresar los sentimientos de la confianza íntima con el eternamente Amado.

 

«Sólo decir que amo a Jesús con toda mi alma, con todo mi corazón, con todo mi ser, y que quiero amarle de verdad, no sólo con las palabras, sino con las obras; que mis acciones digan todas que soy cristiano, que soy de Cristo, que le amo, y que, como le amo, hago todo lo que Él quiere y nada de lo que no quiere».

 

Podemos ver también la lucha interna espiritual y de conciencia por anhelar la perfección frente a la imperfección de su vida a los ojos de Dios.

 

«Ante todo, debo tener siempre presente que si quiero ser útil a los demás, si quiero producir fruto, debo estar unido a la vid de Nuestro Señor Jesucristo y, por tanto, que, aun con relación a mis dirigidos, mi primer deber es ser perfecto, pues tanto más útil les seré cuanto más perfecto sea».

 

La juventud es su gran preocupación y por, para y en ellos, proyecta toda su vida de verdadera búsqueda de santidad al sentirse enviado para la misión de tan noble ideal. Desde la Juventud va clarificando el proyecto del plan salvífico que Dios tiene destinado para su vida. El dolor de la juventud le lleva a expresar el fervor por el Sacramento de la Penitencia.

 

Un viernes primero de julio de 1932 expresa su disponibilidad para consagrar su vida en una entrega al servicio de Jesús en la opción fundamental de su decisión de ser sacerdote santo.

 

«En el fuego del amor eucarístico templé mi alma y estoy decidido, francamente decidido, a servir a Jesús. Con su divina ayuda haré los estudios y me ordenaré de sacerdote».

 

En el Diario de su vida espiritual nos manifiesta continuamente la fragilidad humana de su relación para con Dios; estas reflexiones van acompañadas en un clima espiritual de oración y confianza en el amor misericordioso de Dios. Al tiempo reconoce su flaqueza de espíritu, se deja seducir por el Señor y desea fuertemente servirle.

 

El principio y fundamento de su vida consiste ya en ir identificando su relación con el Amado dentro del designio de salvación.

 

El Santo Sacrificio de la Misa [«la gran obra del amor de Cristo» –escribe–] es el lugar privilegiado para llenarse de esa fuerza espiritual que impulsa el ver a Cristo encarnado en signos concretos como son sus superiores, director espiritual, jóvenes y la humanidad entera.

 

Para indicar el espíritu de decisión, toma las palabras de Cristo: «Hay que caminar mientras dura el día que luego viene la noche y no se puede caminar».

 

El Ideal de santidad ahora tiene un gran reto: responder con su ejemplo y testimonio de vida para que la juventud vea en él un signo de santificación. Su único deseo es vivir la fidelidad a la voz del Amado, descubrir y fomentar la llamada a la santidad e identificar su vida en una perfecta imitación de Cristo.

 

«Ahora quiero levantar a vida santa a mis jóvenes, pero ¿soy yo santo? Triste contestación: no, no lo soy. Y es preciso, es preciso que lo sea. Ahora más que nunca debo entregarme a Dios. ¡Son tantos los jóvenes que peligran! ¡Qué terrible responsabilidad! Pero no es, no la responsabilidad, las penas que el Señor pueda imponerme, lo que me asusta, es el dolor que me producen las almas que se pierden [...]. Mis brazos en cruz pueden tapar la sima abierta a los pies de tantos jóvenes y no los extiendo. Huyo la cruz y sólo la cruz puede darme paz; porque sólo en ella con ella y por ella puedo triunfar y mi triunfo, no soy yo, que nada soy, son almas que pongo en manos de Jesús. Divino Corazón, ayúdame».

 

Manuel Aparici es el hombre de una visión universal de la salvación, dirigida para toda la humanidad, tienen especial dedicatoria la juventud, las personas consagradas, religiosas, sacerdotes, seminaristas y todas las almas sedientas del amor de Dios. Ve en ellos la presencia intercesora que le impulsan y animan con sus oraciones y sacrificios para que él cumpla el gran ideal de su vida: lograr la santidad.

 

«¡Señor! Cuando tantas almas se te consagran, se entregan para servirte como instrumento en la obra de mi santificación, ¿sólo la mía te resistirá ... ?

Trescientos mil sacerdotes existentes en el mundo que se santifican por mí, trescientos mil que hacen penitencia y oración por mi alma, que ofrecen al Padre su canto, para que el Padre me bendiga … y yo ¿voy a ser la nota discordante?

Pero tú, Señor, me conoces bien y sabes cuan grande es mi miseria. Dame tu gracia, irrumpe en mi debilidad con tu fortaleza, en la dureza de mi corazón con la ternura del tuyo, en la frialdad de mi amor con el fuego de tu caridad,  para que yo también me inmole y sea tuyo».

 

«¡Para qué quiero la vida si no he de ser sacerdote santo!». «Ser sacerdote santo o no ser sacerdote». «Cuando me olvide de mí para pensar y vivir sólo para Cristo y sus almas, empezaré a ser santo».

 

Y el lema de su vida de Presidente fue «Sitio» –tengo sed– y siguió siéndolo en el sacerdocio que Cristo Nuestro Señor se dignó participarle.

           

La inicia desde el camino del dolor y sufrimiento de Cristo, para identificarse con el proyecto de terminar concrucificado con Cristo.

 

Tomar contacto con los escritos de Manuel Aparici Navarro –concluyen– es sumergirnos en un ambiente verdaderamente espiritual donde se descubre la vivencia de los verdaderos valores y virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad. Muy bien se aplican las palabras del Concilio Vaticano II en relación al testimonio de su Vida:

 

«A éstos [los mártires] pronto fueron agregados también quienes habían imitado más de cerca la virginidad y pobreza de Cristo y, finalmente, todos los demás, cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles» [8].

 

Fe vivida, Fe celebrada

 

Su fe es robustecida por la participación y celebración de la liturgia que viene a ser como el culmen de su actividad apostólica y al mismo tiempo la fuente donde mana toda su fuerza espiritual. El centro de su vida es la Eucaristía. En este Sacramento ve el medio propicio para alcanzar la perfección y perseverar en la amistad de Dios. Para ello, establece la frecuencia de recibir la Sagrada Comunión diariamente, porque recibir a Jesucristo en la Eucaristía significa para él adentrarse en una paz interior que le convierte en fácil y deleitoso el camino de la perfección y su deseo de santidad.

 

Fe alimentada por la oración

 

Las verdades de fe las va descubriendo y asimilando en sus momentos de meditación, y alta contemplación, en la oración mental inspirada en el diálogo amoroso con el Amado. Sus momentos de oración son como el gran espacio de una comunicación confidencial en el que brotan pensamientos santos, se enciende su devoción y afecto por sentirse víctima del amor de Dios, se fortalecen sus grandes deseos, ideales en particular de responder al grito de dolor de Jesús en la Cruz: “Sitio”. Es en la intimidad de la oración en la que se forman sus propósitos inquebrantables de entregarse del todo a Dios; en ella su alma sacrifica a Dios todos los afectos terrenos y todos los apetitos desordenados. Lo único que a Manuel Aparici le conforta en la oración es buscar continuamente la manera de cómo agradar a Dios; es decir, sólo conocer cuál sea su voluntad y pedirle la necesaria ayuda para cumplirla.

 

Tenemos que destacar especialmente sus retiros espirituales, el deseo de retirarse para vivir momentos de oración, para tratar a solas con Dios y en actitud de escucha contemplativa delante del Sagrario.

 

 

IV

 

VIDA DE ORACIÓN DEL SIERVO DE DIOS

 

 

Todos los testigos coinciden en afirmar que Manuel Aparici era un alma orante, una persona de una gran vida de oración, sencilla, pero intensa y edificante, como intensa y edificante era su vida espiritual. Era la base y principio, el fundamento y oxígeno de toda su vida. Vivía en oración constante hasta tal punto que  no sabrían explicar su vida sin su vida de oración, porque toda su vida se apreciaba como fruto de la oración. Vivía esa presencia de Dios y era ejemplar por su vida y espíritu de oración, así como por su recogimiento.

Cuando no estaba ocupado en tareas apostólicas lo encontraban siempre rezando ante el Tabernáculo, abstraído en profunda contemplación. Pasaba horas y horas de rodillas ante el Santísimo.

«Le he visto tres e incluso cuatro horas rezando, y lo hacía de forma que no nos atrevíamos a interrumpirle» [9]. «Se quedaba ensimismado, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor» [10] y «edificaba verle por su actitud orante, en postura característica: de rodillas y con la cabeza inclinada hacia la derecha» [11]. «Le he visto llorar varias veces ante el Sagrario» [12].

 

Esta era también su actitud cuando celebraba la Santa Misa: se le veía como absorto, como si estuviera contemplando la majestad divina.

 

«Participar con él en la Eucaristía –dice José Luis López Mosteiro– era un don extraordinario […]. Un día, D. José Toubes, hablando a los feligreses, con nosotros allí, dijo casi una herejía: “La Misa que vais a oír hoy es extraordinaria, especial. La va a decir, D. Manuel Aparici, nada menos” […]. (Ya sé que no puede tomarse al pie de la letra; el bueno de D. José Toubes quería decir algo […]. Y lo dijo. Aquella celebración de la Eucaristía tenía el carisma del sacerdote santo que iba a celebrarla. Y eso no es herejía)».

 

Y esa intensa vida de oración la llevaba tanto antes de su enfermedad como durante ella. Y la mantuvo hasta el día de su muerte. Su día era un día permanente de oración. Enfermo «D. Manuel me dijo en una ocasión –declara Salvador Sánchez Terán–, que él hacía por los jóvenes, con su oración, igual o más que con su acción». Y enfermo ¡con qué unción celebraba la Misa y oraba ante el Santísimo en el Oratorio de la pequeña habitación de su casa!

 

Todos quedaban edificados por su piedad, su amor a la oración y su actitud orante y lo consideraban un maestro. modelo a seguir, tanto en la vida de apostolado como en la vida de oración.

 

Para varios testigos, entre ellos Mons. Mauro Rubio Repullés, Manuel Aparici fue favorecido con gracias especiales de oración. Ninguno de ellos sabe si tuvo o no experiencias contemplativas o místicas extraordinarias, pero ninguno de ellos, sin embargo, las descarta.

 

El Rvdo. Manuel López Vega, compañero de Manuel Aparici en el Seminario, afirma que tuvo experiencias místicas y profundamente contemplativas [...] que era un hombre de Dios, místico. Otro compañero el Rvdo. Francisco Méndez Moreno, asegura que un recuerdo que no olvidará son los momentos de oración que hacía en la Capilla. Por su parte, Mons. Maximino Romero de Lema le califica de «una persona [...] muy “mística”» ... «dotado de dones carismáticos especiales», dice José Díaz Rincón, que añade no observó en él fenómenos preternaturales, pero sí que se transformaba en la oración. Tampoco sabe que los observara otras personas, pero asegura que entre los jóvenes lo comentaban muchas veces.

 

Por otro lado, trasmitía el espíritu contemplativo a cuantos le rodeaban, afirma Mons. José Cerviño Cerviño, y les iniciaba en la oración contemplativa. De «espiritualidad contemplativa», lo califica Mons. Maximino Romero de Lema.

 

Por lo que al sueño se refiere, dormía muy poco y dedicaba muchas horas de la noche a rezar.

 

En los Cursillos de Cristiandad, «pasaba prácticamente toda la noche en oración […] delante del Santísimo […]; lo he comprobado personalmente en varios Cursillos» […] y «muchas veces con los brazos en cruz», afirma Salvador Sánchez Terán. Y «en los Ejercicios que dirigía, en las horas de descanso, o por la noche, se le encontraba en la Capilla, en el sitio que no pensaba ser visto o en las horas tardías, estaba postrado rezando», nos dice Ana María Rivera. «Horas y horas, por las noches se quedaba ante el Sagrario de la capilla […]. Era emocionante verle rezar […]; a mí jamás se me podrá olvidar», precisa José Díaz Rincón.

 

«Era de notar la forma en que sabía “poner a la gente en oración”, sin despegar los pies del suelo, dejando traslucir su profunda unión interior con Dios y su liderazgo de jóvenes», dice Alfonso Iniesta Corredor.

 

Además de orar mucho, recomendaba vivamente la oración. Quería jóvenes orantes con el gran orante que es Jesús.  Les repetía: «Somos orantes o no somos cristianos» [13]. «Sin la oración no hacemos nada» [14].

 

Pero no solo recomendaba la oración, sino que creaba a su alrededor un ambiente que ayudaba a orar y enseñaba a orar. Mons. José Cerviño Cerviño nos dice que, «en sus contactos personales con él, así como en la convivencia en el Colegio Mayor donde vivían [cuando estudiaban en la Universidad Pontificia de Salamanca, Facultad de Teología], éste procuraba siempre estimular en todos el espíritu de oración y la total conformidad con la voluntad del Señor». «Empujaba hacia una espiritualidad intensa, de oración, comunión frecuente y diaria, etc.» [15].

 

Podemos concluir, pues, diciendo que Manuel Aparici, como los santos, dedicaba gran parte del tiempo a la oración, que constituye el momento privilegiado para comunicarse con el Señor. En ella encontraba fuerzas para su tarea apostólica y luz para enseñar a los demás el camino de la perfección. Pedía constantemente oraciones y oraba también constantemente por las necesidades de los demás.

 

 

V

 

MANUEL APARICI, UN ALMA EUCARÍSTICA

 

 

«[...] Tener alma eucarística –escribe José Francisco Serrano en “Alfa y Omega” núm. 218 del 22 de junio de 2000– es un reto para los cristianos [...]. Nos hace falta un banco de almas eucarísticas ... ».

Manuel Aparici, alma eucarística, es un referente en nuestros días para todos.

Tomando las palabras de S.S. Juan Pablo II a los jóvenes peregrinos de la Archidiócesis de Madrid a Roma en agosto del pasado año, presidida por su Pastor, el Cardenal Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela, el Siervo de Dios nos diría: «[...] revitalizad vuestras comunidades situando la Eucaristía en el centro y entregándoos día a día a los hermanos ... ».

La oración de escucha, contemplación y diálogo de amor frente al Sagrario es –afirman los Peritos Teólogos– una nota distintiva en el desarrollo de su vocación.

De él son estos pensamientos espigados de su Diario Espiritual, Cuaderno de Meditaciones, Ejercicios y Retiros, escritos, etc.:

 

«3 de diciembre, mi primera vigilia de Adoración Nocturna. 1930 ingreso en la Adoración Nocturna, empiezo a entregarme al apostolado […]. Mi hermano Félix María fue instrumento de Jesús para llevarme a la Adoración   Nocturna».

 

«Me recreé por anticipado pensando en mi hora de vela en la Adoración Nocturna».

 

«Esta noche tenemos Adoración Nocturna. ¡Ayúdame, oh Jesús, a serte útil! [...]. Cerca de dos horas estuve ante el Señor. Le supliqué al Padre, en nombre de los amados de su Hijo, que me concrucifique con Él. Jesús volvió a insinuarme que no temiera, que Él me ama infinitamente y que me llenará de su gracia para hacerme todo suyo».

 

«¡Cuántas gracias y cuántas voluntades libres compaginadas para mostrarme tu amor! Y tú me dices que no puedes revelarme, que todo signo es pequeño, porque todo signo como creado es finito y tu amor es infinito.

Fiel amador, ¡cuán amoroso te muestras conmigo, que fui tu verdugo! Comprendo que quieres legar a hablarme sin palabras en la esencia del alma; que, pues, me escogiste para que predicara tu amor, conocer para que así tu amor engendre en mí la nueva creatura que quieres que sea: tu sacerdote, tu otro, que irradie el olor de tu caridad infinita».

 

«La infinita caridad de Dios ha querido concederme una vigilia de adoración a la Divina Majestad en el Santísimo Sacramento del Altar. Cuatro horas me ha tenido atado en su Corazón haciéndome gustar la inefable ternura de su amor. ¡Pobres almas que no conocen el amor de Dios en Jesucristo! Le he pedido que me quite la vida antes de dejarme pecar y que me haga brazo de su cruz».

 

«Gracias Señor porque has oído mis ruegos; tú sabes con cuanto cansancio, desolación y aridez me hiciste orar ante el trono de tu amor eucarístico esta noche pasada; tú sabes cómo mendigué a tu caridad infinita que me ayudaras a ser todo tuyo ... ».

 

«Esta noche Él me llevará a la oración, a despedir este año y a recibir el que viene ante Él en la Eucaristía. Noche de renovación de propósitos y de entregarme a Él. Ayúdame, oh Señor, a vencer tanta repugnancia como mi carne tiene a tu cruz!».

 

«¡Gracias Señor! Me llamaste tú ayer desde tu trono eucarístico. Me hiciste ver mi miseria y me ofreciste tu ayuda una vez más»

 

Pero a veces, a pesar de sus buenos deseos, no asistía a alguna vigilia por las razones que el mismo nos ha dejado escritas en su Diario. Otras, cabe interpretar que es que tenía obligaciones inherentes a su cargo en Acción Católica o por razones de su profesión [comisión de servicio; recuérdese que pertenecía al Cuerpo Pericial de Aduanas] que le hacían tener que ausentarse de Madrid los días de vigilia.

 

«Presente tuve, en la visita a mi Señor, mi infidelidad. Le pedí perdón, le prometí enmienda y me recreé por anticipado pensando en mi hora de vela en la Adoración Nocturna; pero no he podido ir. Cené tarde. Mi madre se hallaba disgustada y con fuerte tos y me he quedado en casa; mas luego, cuando todos se acuesten, quiero pasar una hora en oración. Te adoraré en espíritu, ¡oh amado Jesús!, y tú vendrás a mí, porque te amo».

 

«La Visita al Santísimo, aunque de veinte minutos, la hice con poca devoción. Pero, luego, por la tarde fui a ver al P. Luis y el me dio la paz. Su orden ha sido no preocuparme de nada hasta que haga los Ejercicios de septiembre. Entretanto que siga trabajando, que vuelque mi alma en las obras de apostolado».

 

«He sentido confusión, fuego y humo cuando he dejado de hacer alguna de las cosas que

tenía proyectadas para lo que creía tu servicio en la Juventud de Acción Católica por

atender a requerimientos de mi madre en favor de mis hermanos, especialmente en favor

de mi hermano Rafael. Bien es verdad que al fin, refunfuñando y gruñendo, irritándome y

perdiendo la paz, lo he hecho. Especialmente me pasó esto cuando al ir a salir para asistir a una vigilia de Adoración Nocturna a tu Santísimo Sacramento llegó mi hermano para que le acompañara a hacer algunas gestiones. Fui, pero estuve con él, que estaba lleno de angustia, muy duro, tanto que mi hermano José Luis me lo echó en cara con amor. Aquella noche me arrepentí y a la mañana siguiente fui a reconciliarme con él,recordando que tú habías dicho: “Reconcíliate con tu hermano, y después ven y deposita tu ofrenda en mi altar”».

 

Y por las ausencias habidas, penitencia.

 

«Una hora de meditación, a ser posible antes de la Misa. Media hora de meditación, a ser

posible ante el Santísimo, representando, ante el Señor, a los jóvenes que no pueden,

saben o quieren orar. Dos visitas al Santísimo, una por mí y otra por los jóvenes. Cuand

no pueda hacerlas físicamente, las haré espiritualmente».

 

 

VI

 

MODELOS DE ORACIÓN

 

 

Con relación a la vida de oración del Siervo de Dios los Peritos Teólogos dedican bastantes líneas en su informe.

 

En la mayor parte de su Diario, Cuaderno de Meditaciones, Ejercicios y Retiros, escritos, etc. encontramos los diferentes momentos, meditaciones y reflexiones que en un ambiente de oración inspiraban su alma enamorada. Después de cada uno de ellos nos dejaba leer sus frutos y resoluciones.

 

La oración adquiere una expresión muy especial, es de súplica para poder identificarse con el sacrificio de su entrega en el camino de la cruz y la fuerza espiritual necesaria para no defraudar al Señor y mantener su espíritu de fidelidad.

Nos proyecta su vivencia espiritual en lo que es su especialidad: la Oración de entrega y confianza en el diálogo íntimo de amor frente al Sagrario y a las continuas respuestas a la sensibilidad de su vida con miras a la maduración de su decisión fundamental en la consagración del deseo ferviente de ser Sacerdote Santo.

 

«¡Señor!, pues que tantas cosas has hecho por el amor que me tienes y entre ellas la gracia

santificante, dame tu gracia para que con su ayuda yo abrace a las criaturas sola y exclusivamente en tu amor.

Dame que sepa verte a ti en ellas, para conocer tu amor y usar de ellas para crecer en ti.

Dame que sepa sacrificarte todo, hasta mi propio yo, para confesar al mundo que el único bien absoluto, eterno eres tú».

 

En la oración de Jesús descubre la locura del amor

 

«[...] Allí oraste por mí, ¡oh Jesús!, y ofreciste el océano de dolores de tu Corazón al Padre por mí, para que tu gracia me llenara y me enloqueciera por la cruz ya que sólo en ella y por ella podría alcanzar la mayor noticia posible de tu amor y comunicarla a los hombres».

 

En sus oraciones y meditaciones, nos expresa la intimidad del dialogo de confianza que establece con el

Amado. Es una verdadera manifestación de la escucha sincera del Amado que se comunica con un mensaje siempre nuevo y alentador.

 

«Jesús desde sus almitas me urgía. Él me decía: ¡Mira qué grande es mi amor! Te confío todas estas almas y te ofrezco en mi Corazón los medios para santificarlas. Lo que yo más amo, los pequeñuelos, los pongo en tus manos . Por estas almitas tiernas, que ahora me aman, salí del Padre y vine al mundo y salí del mundo para volver al Padre llevando en mis brazos a todas las almas de buena voluntad. La tarea es grande y difícil, pero sólo te pido que me dejes hacer, que me dejes vivir en ti, que si me dejas, yo lo haré».

 

Y siempre daba gracias al Señor por todos sus bienes.

 

Oración de gratitud

 

«Gracias porque me hiciste sentir más honda mi responsabilidad [...]. Tú me lo decías bien claro: “Si tú eres fiel, también ellos lo serán”. “Si te entregas, también se entregaran ellos”. Y con toda mi alma te pedí que, por el amor que les tienes a ellos y a los que volverán a ti por su predicación, me dieras la gracia para ser fiel».

 

«Gracias porque me has sostenido durante estos días de enfermedad y me has devuelto la salud y me has infundido una confianza inquebrantable en tu caridad infinita».

 

Oración de amor

 

«Te amo, te amo, dulce Capitán y Rey Eterno, te amo y sufro porque no vivo plenamente

en ti. Hazme tuyo, Señor, para que aplaque tu sed y conquiste las almas que te duelen».

 

«¡Oh Amado Jesús, cómo me duele haberte entristecido con el abandono de todo lo que te

prometí! Y cómo te agradezco, Amado mío, el que no me hayas dejado caer en pecado mortal y el que me hayas traído a Ejercicios. Hay que empezar de nuevo. No puedo dejarte solo en la cruz, Jesús mío, porque te amo. Sí Jesús, tú lo sabes todo, tú sabes que a pesar de mi tibieza y mi abandono te amo, y que no puedo tener paz en mí ni gozo sin vivir en tu cruz».

 

«Mi vida sea un reflejo de su amor» ... «Porque ya el mundo para mí no tiene más valor que el de ganarlo para tu amor».

 

 Diálogo de amor y abandono a la voluntad de Dios

 

«[...] Y arrodillado en un rinconcito, me miró y sin palabras me dijo: ¿Me amas?  Señor  –le

contesté–  tú lo sabes todo, tú sabes que mi vida eres tú. Pues ámame en los predilectos de mi Corazón, dales a conocer el amor que mi Padre les tiene en mí a fin de que se unan conmigo en la alabanza al Padre y tengan el mismo gozo que tengo yo».

 

« … Y allí, a solas con Jesús, sufrí, amé y gocé. Él estaba allí y estaba a solas conmigo. Por mí estaba en el Sagrario, amándome, rogando por mí, ofreciéndome todo su corazón. Me postré a sus plantas y le pedí su ayuda, que no me abandonase, que no me dejase solo, que orase por mí, que tuviera paciencia, que no mirase a mi indignidad y miseria sino para enriquecerme con su ayuda. 

Le abracé en mi corazón, me ofrecí por completo a Él, para lo que Él quiera, para lo que Él 

disponga, y con suspiros y con ansias me arrojé a sus brazos con confianza plena, pues me ha  amado tanto, tanto. Ha tenido misericordia tan infinita y divina conmigo que dudar de su amor por  mí sería inferirle nueva ofensa. En ti confío, Señor y Dios mío, con tu omnipotencia cuento para vencer mi impotencia, tú me ayudarás y me darás tu gracia para servirte. Me santificaré con tu ayuda».

 

Espíritu de contemplación

 

 «Vanagloria. Sí, tal vez en mis conversaciones sale demasiado el “yo”. Pero cuando he hablado en público ¿he buscado el aplauso? No, decían de mí que no les dejaba aplaudir y la inmensa mayoría de las veces preparé mis discursos ante el Sagrario buscando que amaran más a Jesús. Eso, la sed de que Jesús sea amado, es lo que ha impulsado mi vida desde hace quince años».

 

Oración de intimidad con el Señor, expresándole el sentimiento de fidelidad

 

«Me amas, ¡oh Señor!, me amas, lo sé; tú eres el Padre del hijo pródigo, tú eres la bondad y la misericordia y el amor, tú eres ¡Tú! y te compadeces de mi miseria ... Estabas allí, oculto bajo las Sagradas Especies, y me he puesto en tu presencia lleno de dolor y de pena porque no te he sido fiel. No te he pedido que me des consuelos, no los merezco, sino que me libres del mal, que me ayudes, Señor, para serte fiel».

 

«Y solo podía decir en lo íntimo de mi alma: ¡Señor, Señor, si tú eres la suprema riqueza y ante ti todas las cosas son nada! ¿Cómo podrá mi alma apegarse a la nada después de haber entrevisto al Todo?».

 

Oración de felicidad inspirada en las noches vividas en el Seminario

 

«¡Oh Amor de los altos Cielos, que te entregas a mi nada, para alzarme desde el Cielo a tu pureza sin mancha!

 

¡Oh Amor que entre paja y hielo con tu vida me regalas para abrazar con tu fuego las escorias de mi alma!

 

¡Oh Amor que muriendo matas la muerte de mi hombre viejo y que mis heridas sanas con las llagas de tu Cuerpo!

 

¡Oh Amor que en el loco exceso del amor con me amas, enjugar quieres con besos de Eucaristía mis lágrimas!

 

No me envíes más consuelos y caricias a mi alma, hazme luz, incendio y llaga, brazo de cruz, pregonero, del loco amor que te abrasa».

 

Oración de fidelidad

 

«Señor, nunca como ahora para que me mires con ojos de misericordia, pues nunca me has hecho conocer tanto el abismo de mi nada. Señor tu gracia, hará que yo te sea fiel, que me crucifique contigo, que me abrase en tu sed, que sea tu víctima, que tenga mi corazón en apertura hasta que llegue mi total crucifixión por ti, en ti y contigo».

 

«Señor, para que no caiga y no caigan más almas dame tu gracia para ponerme en cruz. Para que no se condenen más almas debo abrazarme en esta vida a lo que el mundo llamaría “un infierno”; penitencia, penitencia y penitencia junto con incesante oración y presencia tuya».

 

Oración de disponibilidad, entrega total y consagración

 

«Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya ... Ayúdame, Jesús, a ser tuyo. Mira cuántos jóvenes peligran, si soy tuyo, si tú vives en mí y reinas en mí les podré servir.

¡Ah! Comprendo mi responsabilidad: mis brazos, mejor aún tus brazos en cruz ocultos en los míos, les pueden salvar, por lo menos ayudarles a dar el tremendo salto y, sin embargo, desmayo, aflojo en mi oración y sacrificio y, entretanto, el enemigo se aprovecha y te roba las almas.

Tú dijiste: “el buen pastor da su vida por sus ovejas”. Hazme buen pastor, fuérzame con tu gracia a dar ocultamente la vida por nuestros jóvenes».

 

«Señor Jesús: enséñame a ser generoso; a serviros como merecéis; a darme sin medida; a

combatir sin temor a las heridas; a trabajar sin buscar el descanso; y a consumirme sin querer otra recompensa que la de saber que he hecho vuestra santa voluntad».

 

«¡Oh Jesús!, se apagó mi sed del mundo y empezó a abrasarme la de tu amor; me hiciste oír tu queja, “SITIO”, y me diste gracia para que quisiera aplacar tu sed y ... aquí me tienes. Tú me has hecho recorrer esta larga etapa y me dices con infinita ternura: levanta alma que me visitas, levántate de tus miserias y ven a mí, eres mi amiga, no mi enemiga, eres mi hermosa porque mi gracia te ha embellecido, y si tú me amas yo también te amo. Pídeme cuanto quieras y abrázate conmigo.

 

«Jamás, Señor, te pagaré bastante tus amores, pues todo lo que tengo, lo bueno, es tuyo y,

aunque me entregue a ti, no haré más que devolverte lo tuyo. No me desampares jamás. Dame tu gracia y tu amor, que eso me basta. Y, a ti María, sigue siendo para mí lo que siempre has sido, y yo no ví : una Madre tiernísima que perdona, olvida y ama a los hijos siempre, siempre, siempre».

 

«¡Oh Jesús!, hazme todo tuyo. Amén».

 

Oración de humildad

 

«¡Hasta cuándo Señor, hasta cuándo voy a gemir así!

Tú en la cruz ... y yo ... cómodo.

Tú hambriento. ... y yo ... harto.

Tú pasando frío ... y yo ... con calefacción.

Tú durmiendo ... sobre el duro suelo ... porque tú vives en tus pobres, en los infelices, en los

desheredados, en los que sufren, en los que lloran.

Quisiera abrazarme a tus pies y llorar sobre ellos y al mismo tiempo me encuentro tan indigno; pero por muy indigno que sea, por muy vil y miserable, tu misericordia llena todos los abismos y los cubre.

Apiádate de mí ¡oh Jesús!». 

 

Oración frente a la tentación

 

Podemos ver su gran fortaleza espiritual de quien sabe abandonarse en el amor de Dios.

 

«He resistido, he rechazado la tentación, pero ¡qué miserable soy!, me doy miedo, me asusta esta gusanera de mi carne que enciende mis bajas pasiones. Sin el auxilio de Jesús nada puedo. Pedir, pedir continuamente su gracia es la única manera de no caer.

¡Cristo en mí ...! Muerto al pecado con Cristo en la Cruz, resucitado en Cristo. ¡Oh Jesús! haz que se graben estas ideas en mi alma, que sean carne de mi carne y huesos de mis huesos, haz que yo te conozca y me conozca».

 

Oración mariana

 

«¡Oh María, Auxilio de los Cristianos!, préstame el de tu omnipotencia de súplica, alcánzame la gracia de la fidelidad a la gracia, pues tan claro veo que debo de entregarme, que si no lo hago no podré decir a tu Hijo que le amo».

 

Plática ante el sagrario (hora apostólica)

 

«Como en otro tiempo sentado al borde del pozo esperé a la Samaritana. Así ahora [...] te

esperaba a ti joven. Aquella mujer todos los días tenía que salir de la ciudad a buscar agua –en la ciudad no encontraba con que apagar su sed– y todos los días iba y todos los días tenía que volver. A ti, hijo, te pasa lo mismo: todos los días sales del ambiente de mundo que reina en la ciudad. Todos los días acudes al templo a recibirme, a visitarme, pero de nuevo vuelves a la ciudad y vuelves a tener sed y vuelves a visitarme y recibirme.

Muchos días fue la Samaritana al pozo de Jacob sin encontrarme, pero un día, el que mi amor marcó desde toda la eternidad, me encontró a mi sentado en el borde esperándola. Así también he hecho contigo. Porque te has dejado traer de mi gracia a este Cursillo, a estos Ejercicios, en ellos y en este Sagrario, te estoy esperando para decirte como a ella “dame de beber”, “Tengo sed”.

Como ella te admirarás y comprenderás de mi elección [...]. Me dirás desde el fondo de tu alma, ¡Tú a mí me pides de beber! ¡Tú a mí! me pides de beber. ¡Tú a mí!, Tú, la Santidad, a mí nacido en pecado y pecador.

Yo a ti, hijo mío, yo a ti. Te pido de beber. Tengo sed de tu entrega: quiero que me entregues todo: pasiones, pecados, pasado, cualidades buenas, tus ilusiones y esperanzas juveniles. Ya te dije en otra ocasión: el que pierde padre o madre o hermanos  o bienes por amor a mí, recibirá el ciento por uno y además la vida eterna».

 

Y todo ello te lo damos a conocer por si su forma de orar te puede ayudar a ti en tu vida de oración,

en tu trato personal con Dios ante el Sagrario.

 

 

 VII

 

ALGUNAS FRASES O PENSAMIENTOS QUE EXPRESAN

LA FILOSOFÍA ESPIRITUAL DE SU   VIDA

 

 

Recogemos aquí algunas frases o pensamientos del Siervo de Dios que expresan la filosofía espiritual de su vida, ejemplo y guía para todos: sacerdotes y seglares, en los tiempos presentes según todos los testigos y los Peritos Teólogos.

 

«[...] Dio la consigna de Piedad, Estudio y Acción, poniendo ante todo la Piedad sólida con base en la Eucaristía, como fundamento; luego el Estudio del Evangelio y de los reglamentos […], para estar así preparados para la Acción» [16].

 

Es el momento de la «Acción». Son tiempos fuertes necesitados de apóstoles recios.

S.S. Juan Pablo II recordaba a los más de dos millones de jóvenes que acudieron a las Jornadas Mundiales de la Juventud en Roma en agosto de 2000 que la Iglesia les necesita, que necesita su compromiso y generosidad. Y les pedía que llevaran el Evangelio por todo el mundo, que dijeran “sí” a Cristo y se convirtieran en evangelizadores del Tercer Milenio. «No tengáis miedo. Jesús os guiará y os dará siempre la fuerza necesaria». Y les advertía que «hoy en día, creer en Jesús y seguir las huellas de Pedro y de los primeros apóstoles supone frecuentemente un nuevo martirio: el martirio de ir contra corriente». Compromiso y generosidad que un día no muy lejano brindó Manuel Aparici a la Iglesia, para la cual vivió y murió.

 

 «Seguro que también vosotros, queridos amigos –les decía el Papa a los jóvenes– estaréis a la altura de quienes os han precedido» … «Contemplo con confianza esta nueva humanidad que se prepara también por medio de vosotros; contemplo esta Iglesia, [peregrina en la tierra], rejuvenecida por el Espíritu de Cristo, que hoy se alegra de vuestros propósitos y de vuestro compromiso».

 

Todos unidos, como Iglesia peregrina, marchemos, pues, en vanguardia de esa nueva evangelización del amor que quiere el Papa con sólida piedad con base en la Eucaristía como lo hizo el Siervo de Dios.

 

Bondad divina

 

«¡Qué bueno es Dios! Sabe que estamos enfermos, gravemente enfermos, a punto de morir,

empachados de civilización material y de técnica y se vale de esa misma técnica y civilización para amonestarnos».

 

 Dejarse seducir por el Señor

 

«Cuando más distraído estaba, el Señor me llamó y me regaló con sus bondades».

 

Elección por el Señor

 

El Señor elige y escoge, y a los siervos les hace amigos», pero «no los eligió porque fuesen

aptos, sino que, porque los eligió, los hizo aptos» y «nos ha elegido para hacer fruto y Cristo

jamás fracasa si nosotros le dejamos actuar».

 

Mandamiento del amor

 

«Aprehendamos bien el mandamiento único del amor, ¡qué es bien fácil el camino de la santidad  cuando no hay más que un mandamiento!: Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

 

Deseo ferviente de servir al Señor

 

«Quiero, Señor, quiero servirte».

 

Mirar con los ojos de Cristo

 

«¡Señor, que vea en tu luz todas las cosas!».

 

La gran fuerza de su ideal en la vivencia de cada día

 

«Hoy he de ser santo» … «Sabemos que Jesús nos llama a ser santos».

 

Lema de santidad

 

«Ser hostia y víctima que en todo momento se ofrezca al Señor por su reinado en el corazón de los jóvenes».

 

Espíritu de víctima

 

«El Señor me ha hecho ver que ni un día más debo esperar a hacer mi entrega. Desde ahora he de ser víctima» ... «Después me hizo comprender que la cruz para serlo tenía que ser a su gusto y no al mío» ... «¡Qué hermosa es la cruz vista de frente! Los pies tengo clavados para esperarte y los brazos abiertos para recibirte en ellos».

 

 Le duele no vivir en el Señor

 

«Con lágrimas en el alma cojo hoy la pluma para anotar en mi Diario mis acciones.

No te amo Señor, no te amo como tú quieres que te ame. No vivo en ti; no eres tú la razón de ser de mis acciones [...]. No hago la oración que tú me pides y no vivo en ti. Ya sé que me amas y que estás deseando concederme tu gracia y tu ayuda; pero si no voy a ti, si no me pongo en tu presencia, si no me clavo en tu cruz, yo mismo te pido que no vengas y me abraces en el amor que te inflama.

Sufro, Jesús, sufro. Veo que sin darme a ti no puedo hacer nada, y que necesitas que te busque las almas y no me doy a Ti … ».

 

Reflexión teológica

 

«Toda reforma genuina y duradera ha tenido propiamente su origen en el santuario, en hombres inflamados e impulsados del amor de Dios y del prójimo, los cuales, merced a su gran generosidad en corresponder a cualquier inspiración de Dios y a ponerla en práctica ante todo en sí mismos, profundizando en humildad y con la seguridad de que es llamado por Dios, llegaron a iluminar y a renovar su época».

 

Referente al apostolado

 

«Esto es el apostolado: hacer fecunda la Sangre de Cristo y de los cristianos».

 

«Hay que sembrar a Cristo en la calle con la propia sangre» ... «Porque yo siembro, tú eres el que ha de recoger y el Señor quien ha de dar el fruto».

 

«Nunca como ahora ha habido más hambre de redención entre los hombres, pero también nunca como ahora ha estado más extraviada la mente humana para buscar al Redentor».

 

«El que no llora por las almas que se pierden no es apóstol».

 

«Antes de hablar de Jesús a los jóvenes, hablarle a Jesús de los jóvenes para que Él nos dé su Palabra».

 

«Puesto que la fe sin obras es fe muerta y donde no hay acción de apostolado no hay vida de

gracia o de caridad ni inhabitación del Espíritu Santo ni verdadera afiliación de María».

 

«No eres buen hijo si no haces que los otros hijos la amen» … «Pero el amor consiste en obras.

Enseña tú con el ejemplo y la palabra cómo debe vivir el hijo de María».

 

«Cuando lleves en tu corazón a todos los jóvenes de tu Parroquia, el Señor te dará brazos para llegar hasta ellos».

 

«Los caminos siguen abiertos, pero hay que recorrerlos» ... «Sed muy fieles a esa vocación para la que os eligió, de amor, hasta morir de amor por los que no aman o aman poco».

         

«No lamentos sino acción, es el precepto de la hora presente; no lamentos sobre lo que es o lo que fue, sino reconstrucción de lo que surgirá».

 

«La gracia la expanden los apóstoles con su ejemplo y su palabra».

 

«Acción: Apostolado: Amor que no desee que el Amor sea amado no es amor»

 

«Tenemos el deber de hacer apostolado y entre todas sus formas debemos escoger la más

perfecta».

 

«Hay que trabajar con impaciencia (que es divina); pero sin prisa, que es humana y arguye

preocupación».

 

«Y que por el doble testimonio de Cristo y de su Vicario llegamos a la conclusión de que la vida interior es la clave y el fundamento del apostolado».

 

«Este apostolado no debe hacerse con afán de masas ni con actos espectaculares, sino de

corazón a corazón, por contacto directo e íntimo de las almas, como la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta. Tenemos que evitar el seguir engañándonos. A cada apóstol hay que

encomendarle la resurrección de un alma.

Al joven apóstol hay que abrirle los ojos del alma a la contemplación de las personas, las cosas y  los acontecimientos en el orden sobrenatural.

Necesaria, urgentemente necesaria la formación ascética buscando que logren vivir en el mundo escondidos con Jesucristo en Dios».

 

Urge una nueva Evangelización

 

«Decíamos que no encuentran en sí mismos la fuerza para hacer el bien que quieren. No la 

encontrarán si no la invocan a Cristo: Pero no la invocarán si no la conocen. Por ello urge predicar a Cristo, con el ejemplo primero, pero también con todos los medios posibles de difusión del pensamiento y en todos los ambientes y predicar muy alto y con grande unción al Cristo Sacerdote para que las almas vuelvan sus ojos a Él».

 

«Decir en altavoz lo que para aquellas almas nos ha dicho Jesús en el secreto de la oración ante el Sagrario».

 

Poder de decisión

 

«Dios no pide imposibles, sino que pide que hagas lo que puedas y que pidas lo que no puedas para que entonces puedas».

 

 

                                                          VIII

  

MANUEL APARICI UN HOMBRE DE NUESTRO TIEMPO

 

 

«Manuel Aparici Navarro –afirman los Peritos Teólogos en su informe– es un hombre de su tiempo. El amor a la Iglesia nace en el corazón de Manuel Aparici bajo el impulso de  su amistad con Jesucristo. Es el peregrino que quiere abrir camino en una Iglesia peregrina en medio del mundo, considerada sacramento de salvación para todos los hombres. Su visión universal del misterio de salvación, es su gran preocupación; tienen especial mención los pueblos Hispanoamericanos que esperan la gran cruzada de evangelización.

Como se puede ver en sus escritos hay un apasionado sentimiento y servicio de la Iglesia concreta y peregrina de esta tierra; pero también con una gran visión de futuro. De ahí que cuando leemos la Carta Apostólica “Tertio Millennio Adveniente” de Juan Pablo II también podríamos decir con certeza que esta afirmación fue su gran inquietud:

 

«En el camino de preparación a la cita del 2000. [...]. El tema de fondo es el de la evangelización, mejor todavía, el de la nueva evangelización [...] nacen de la visión conciliar de la Iglesia, abren un amplio espacio a la participación de los laicos, definiendo su específica responsabilidad en la Iglesia, y son expresión de la fuerza que Cristo ha dado a todo el Pueblo de Dios, haciéndolo partícipe de su propia misión mesiánica: profética, sacerdotal y regia.... La preparación del jubileo del Año 2000 se realiza así en toda la Iglesia, a nivel universal y local, animada por una conciencia nueva de la misión salvífica recibida de Cristo. Esta conciencia se manifiesta con significativa evidencia en las exhortaciones postsinodales dedicadas a la misión de los laicos, a la formación de los sacerdotes, a la catequesis, a la familia, al valor de la penitencia y de la reconciliación en la vida de la Iglesia y de la humanidad y, próximamente , a la vida consagrada» [17].

 

Todas estas afirmaciones que hace su Santidad el Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica, son actitudes asumidas y realizadas por Manuel Aparici inspirado en la escucha atenta y respetuosa al Magisterio de la Iglesia promulgado por los Pontífices, entre ellos: Pío XI y Pío XII.

 

Por ello, precisamente, en el momento de aportar nuestro informe sobre el Siervo de Dios, cabría insistir en que, a pesar de ser un hombre de su tiempo,  su actualidad para la Iglesia no ha decrecido en esta difícil coyuntura de finales de siglo. Sí, Manuel Aparici, siendo hombre de su tiempo, es, a la vez, actual por la urgencia con que nuestra sociedad necesita de esa «Vanguardia de Cristiandad» que en aquellos años de guerra y postguerra él alentó. Bien claramente exponía dicha necesidad cuando escribía:

 

«Los caminos de la gracia son semejantes a los del pecado. El pecado lo penetra todo (Estado laico); la gracia debe informarlo todo (Estado católico). En España vino el comienzo de la regeneración por una institución que era: individuo, familia, orden social, y nación ..., la regeneración del mundo debe venir por España, una Cristiandad».

 

La actitud de Manuel Aparici, en este aspecto como en otros, se inspiró siempre en la escucha atenta y acogida generosa de las directrices del Magisterio de la Iglesia. Directrices que condujeron al compromiso de «Cristiandad ejemplar», compromiso que desde entonces movería la peregrinación a Santiago. A punto de celebrar el 50 aniversario de aquella magna concentración juvenil a los pies del Apóstol de los Peregrinos [18], constatamos cómo la actual llamada de Juan Pablo II a la Nueva Evangelización coincide con ese ideal peregrinante, del cual Manuel Aparici es modelo acabado y actualísimo.

 

En sus escritos encontramos ya el concepto de Iglesia Cuerpo Místico de Cristo, Pueblo de Dios que peregrina en el mundo hacia el encuentro del Padre; y la figura de Iglesia Reino de Dios que crece y se renueva en santidad».

 

 

IX 

 

PALABRAS DE MONS. Francisco José Pérez y Fernández Golfín,

OBISPO DE GETAFE

 

 

«La beatificación de Manuel Aparici sin duda supondrá un gran bien para la Iglesia. Aún sin tratarle personalmente, me encuentro entre los directos beneficiarios de su labor al frente de la Acción Católica. En la actualidad, la difusión de su vida santa será de gran ayuda para la juventud que más que nunca busca ideales verdaderos y sólidos como los que transmitió D. Manuel; su vida encarna un ideal de cristiano laico que al sentir la llamada al sacerdocio hizo la inmolación de su propia vida viviendo con entusiasmo su vocación hasta la muerte; por ello también será ejemplo para las nuevas generaciones de sacerdotes».

 

 

EPÍLOGO

 

 

 Vamos a caminar, pues, almas eucarísticas, sin dar un paso atrás en el camino como apóstoles de la nueva civilización del amor; avanzar por ese camino con la misma decisión, con la misma firmeza, con que los héroes y los mártires dieron el salto gigante para abrazarse en una ansia infinita de caridad con Cristo y por Cristo en la Casa del Padre.

 

 

FAVORES Y DONATIVOS

 

 

Para todo lo relacionado con su Causa de Canonización, de:

comunicación de gracias obtenidas, petición de estampas con la oración, donativos, etc. dirigirse a la Asociación de Peregrinos de la Iglesia, c/Manuel Montilla, 12. 28016 Madrid Tlfn. 91 359 01 12. Fax 91 359 00 84.

 

Pueden hacer llegar sus donativos (los de ustedes, los de sus familiares y amigos, etc.):

 

* Por transferencia  bancaria a la C/C en el Banco Sabadell:

  Entidad: 0081

  Oficina:  0589

  Dígito de Control: 22

  Número de cuenta: 0001035907

 

* Por cheque a nombre de PEREGRINOS DE LA IGLESIA, MANUEL APARICI.

 

* Por giro postal o mediante entrega en efectivo, indicando siempre CAUSA DE CANONIZACIÓN.

 


[1]  Título que le fue otorgado por la Juventud de Acción Católica, por los Presidentes de los Consejos Diocesanos. A ese título no renunció al ingresar en el Seminario, porque –decía– «es irrenunciable ... pues ser “Capitán de Peregrinos” entiendo que supone marchar delante en el abrir camino ... Hace tiempo que me hizo comprender el Señor que si se paraba el “Capitán” obligaba a detenerse a todos los peregrinos».

 

[2]  «Guerra Campos. Apuntes para una Biografía. Colección “Documentos”. Antonio Fernández Ferrero. Edita: Delegación Diocesana de Medios de Comunicación, Obispado de Cuenca. Página 129».

 

[3]  Boletín del Consejo Archidiocesano.

Edita: Adoración Nocturna Española. Diócesis de Madrid. Junio 2001, núm. 1164, página 30.

 

[4]  En febrero de 1936 Manuel Aparici y otro miembro de la Juventud de Acción Católica acuden a Roma y le dicen al Santo Padre: «Las almas huyen del Señor; por todas partes la apostasía y el materialismo aumentan; allí en España tenemos un sepulcro casi olvidado entre sombras de paganía; pero él guarda los restos de un apóstol. ¡Padre! Déjanos que convoquemos junto a sus cenizas a las Juventudes de Acción Católica de las Españas. Allí aprenderemos su lección. Y la Juventud de Acción Católica de la Hispanidad será un solo apóstol. Se llenará de tu angustia por las almas y se aplicará del todo a tu servicio». La respuesta fue trazar sobre sus frentes la señal de la cruz, bendiciendo la empresa.

 

[5]  Se pasa aquí de la práctica de la peregrinación a la Peregrinación transcendente. Manuel Aparici descubrió ésta peregrinando en espíritu hacia Compostela durante años. Prevista para 1937, Año Santo, no pudo realizarse hasta 1948. Entretanto, se peregrina en espíritu.

 

[6]  En que pueda realizarse la peregrinación prevista para 1937 a Santiago de Compostela.

 

[7]  «La hostia se hace con harina, sin levadura. La harina con la molturación del trigo. Cada uno de nosotros somos grano de trigo, que tritura la muela del cumplimiento del deber. Pero la harina se amasa con agua y se cuece con fuego: el agua, el espíritu de penitencia (por mis innumerables pecados ... ). El fuego, la caridad (ofrezco a ti que eres Dios ... para que a mí y a ellos  ... ).

Una vez que nos hemos hecho hostia podemos recibir a la Hostia (Imitad lo que tocáis). Entonces la comunicación es verdadera, y el Pan que ha descendido del cielo termina de convertirnos en Pan de Vida. Pero como cristiano (alter Christus) sacerdote y fieles (Cuerpo Místico) repetid las palabras de Cristo: Tomad y comed. Nosotros también somos Pan que debe partirse y darse (Emaús). “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado” “Nadie ama más que aquel que da la vida” [...]» (Nota manuscrita de Manuel Aparici sin fecha).

 

[8]  LG. 50.

 

[9]  Manuel Gómez del Río.

 

[10]  Salvador Sánchez Terán.

 

[11]  Miguel García de Madariaga.

 

[12]  José Díaz Rincón.

 

[13]  José Luis López Mosteiro.

 

[14]  Miguel García de Madariaga.

 

[15]  César Domínguez Izuel.

 

[16]  Enrique Montenegro L. Saavedra.

 

[17]  Tema 21.

 

[18]  El informe de los Peritos Teólogos lleva fecha 8 de diciembre de 1996 y el 50 aniversario tendría lugar el 28         de agosto de 1998.

 

Para todo lo relacionado con su Causa de Canonización, de comunicación de gracias obtenidas con las que el Señor pueda demostrar la intercesión de su Siervo, petición del folleto «Manuel Aparici Navarro, “Capitán de Peregrinos”, 1902–1964, y el Ideal Peregrinante, del número especial «Manuel Aparici Navarro, "Capitán de Peregrinos", y La Eucaristía» o de este número especial, petición de estampas con la oración, donativos, etc. dirigirse a la Asociación de Peregrinos de la Iglesia, C/Manuel Montilla, núm. 12, 28016 Madrid, Teléfono 91 359 01 12. Fax 91 359 00 84.

Pueden hacer llegar sus donativos (los de ustedes, los de sus familiares y amigos, etc.):


Disponible en  

 

GALERÍA DE FOTOGRAFÍAS

"Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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