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     HOMBRE DE VIRTUDES HEROICAS

 

      1.                  Virtudes teologales

      2.                  Virtudes cardinales

      3.                  Virtudes anejas

 

 

 

 

 

 

 

HOMBRE DE VIRTUDES HEROICAS

Por las declaraciones de los testigos –que constan en la Copia Pública de la Causa y que hemos utilizado para redactar este capítulo– sabemos que ejercitó las virtudes en grado heroico. Y las ejercitaba siempre con normalidad, sencillez, equilibrio, constancia, prontitud de ánimo y alegría espiritual. Sin embargo, muchos no sabrían decir cuales de ellas vivió con mayor heroicidad. No obstante, señalan como virtudes especiales la fe, la esperanza, la caridad para con Dios y para con el prójimo, la humildad, la paciencia, la prudencia y la fortaleza.

1.      Virtudes teologales

Era un hombre de una FE extraordinaria y profunda que vivió intensamente en todas las circunstancias de su vida. Era el motor de su vida de tal manera que ésta no podría entenderse sin aquella. «La fe –decía– hay que vivirla las veinticuatro horas del día, desde el amanecer hasta la noche y desde la noche hasta el amanecer».

Vivía totalmente en las manos de Dios y hablaba como quien estaba en permanente comunicación con Él. ¡Siempre estaba unido y pendiente de Dios!

Fue ejemplo y modelo del ejercicio de la fe y testimonio vivo que proyectaba y transmitía con su palabra y sus obras, ya en privado, ya en público; en sus charlas, consejos, predicaciones, diálogos personales, (era muy amigo del apostolado personal; es decir, uno a uno). Cuántas veces se le oía aquello: «hay que encender las velas una a una». Sus palabras impregnaban de modo pleno. Fue un gran apóstol de la enseñanza y de la predicación.

Una fe capaz de causar impacto en las personas que se acercaban a él. Arrastraba con aquel fuego del alma. Quería que la tuvieran y vivieran también las personas que le rodeaban y creía firmemente que el futuro de España dependía de la manera de vivir la fe los jóvenes. Insistía en la fe informando la vida y descubría que la fe sin obras es fe muerta; que la vida cristiana es fe y obras. Descubría la grandeza y la belleza de la fe, demostrando que la fe es lo único que da sentido a todo ¡hasta el dolor y la muerte!

Su vivencia teológica fue esencialmente paulina: conocía admirablemente los escritos de San Pablo y sabía adecuarlos al momento que se vivía, a las mentalidades juveniles y su enseñanza era muy trinitaria: El amor al Padre; su pasión por el Hijo era radical, Cristo fue su modelo vital y plena aceptación de la acción del Espíritu Santo.

Al educar en la fe, daba mucha importancia a la educación familiar como algo fundamental para sembrar la fe.

Exponía la sana doctrina, siempre en profundidad, con sencillez y ardor, pero de modo claro y acomodado al alcance de los que le escuchaban; reforzaba ésta con otras fuentes: Santos Padres, historia, experiencia, Magisterio de la Iglesia y muchos ejemplos, y con el testimonio de los santos, el suyo propio y el de otros miembros de la Iglesia. Motivaba y despertaba el interés y la disponibilidad aún de los más reticentes o apáticos. Como preparación, leía y estudiaba mucho.

Además ponía a sus jóvenes y no jóvenes en contacto con hombres de fe y de sabiduría cristiana para que les desvelasen los misterios de la fe y los avances en torno a los mismos, cuidando muy mucho que se les diera lo seguro y lo maduro, según las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia.

Recurrían a él para que les confortara en los momentos difíciles. Ayudó a muchas personas en momentos de crisis o dudas sobre su fe o su vida cristiana con resultados positivos –entre ellas a sacerdotes y seminaristas– con su oración y testimonio.

Los medios que utilizaba para mantener su fe eran muy sencillos. La alimentaba con la oración continua, horas ante el Sagrario, los sacramentos, las jaculatorias que lo ponían constantemente en comunicación con Dios, la contemplación, el estudio, la meditación de la Palabra de Dios, el sacrificio, las mortificaciones y amarguras, dirección espiritual, etc. pues él era el servidor de todos, el último en todo, el que se conformaba con todo.

Por ella, que llegó a ser martirial, estaba dispuesto a dar su vida. ¡Todo por Cristo. Ése era su lema!. Nunca ocultó su condición de apóstol comprometido, incluso en las épocas de persecución religiosa, y estuvo a punto de ser fusilado. A pesar de todo no se amilanó.

 

De la fe en Dios brota la ESPERANZA y la confianza en Él como una relación necesaria de la criatura al creador, del hijo al padre, del siervo al señor. «Es la virtud –dice a Sor Carmen– que más necesitamos que aumente el Señor a través del don de la fe».

Tenía siempre presente, en todos los momentos de su vida, en salud y enfermedad, su condición de peregrino que camina hacia la Casa del Padre y, por tanto, puestas todas sus esperanzas en la misericordia de Dios. Para él el camino hacia el Padre era lo fundamental y la peregrinación el instrumento que acercase a los labios sedientos de la juventud el cáliz rebosante del amor de Dios. De ahí su desprendimiento pleno de todas las cosas de este mundo.

Mantenía en todo momento la serenidad de espíritu en medio de las contrariedades y pruebas de la vida. Al modo ignaciano, ponía de su parte cuanto era capaz y esperaba firmemente en que Dios pusiera el resto en el que tenía puestas todas sus esperanzas.

Con su palabra y su ejemplo, como apóstol seglar y como sacerdote, enseñó a los jóvenes a hacer de su vida una peregrinación.

La idea de la confianza en Dios era una de las que más repetía, enseñaba y vivía, apoyado constantemente en Jesucristo al que amaba apasionadamente. Otra idea en la que insistía es la de la paternidad de Dios, ¡Dios es Padre !; decía: «es la Idea más fecunda de todo el Evangelio y la más repetida por Cristo», «todas las prerrogativas de Dios son grandes y hermosas: Señor, Juez, Omnipotente pero la que más sobresale en Él es que es PADRE».

Era un hombre de gran ilusión, de gran esperanza y en ella  se ejercitaba continuamente porque todo lo que hacía era una ininterrumpida expresión o manifestación de su esperanza y confianza en Dios y en sus planes.

El Catecismo de la Iglesia Católica al hablar de la virtud  de la esperanza, afirma que ésta «protege del desaliento», «sostiene en todo desfallecimiento» y «dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna» [1].

La virtud de la esperanza sostuvo sus trabajos apostólicos y le dio serenidad en los momentos difíciles. ¡Cómo intentaba una solución cristiana desde la esperanza! Mantenía siempre la paz y la serenidad de espíritu en medio de las contrariedades y pruebas de la vida, aun en los momentos más difíciles.

Esta serenidad y esperanza se evidenció muy especialmente durante su larga y penosa enfermedad, y a la hora de la muerte, que la vivió con la misma naturalidad con que vivió otras vicisitudes extraordinarias, que a otros desconcertaban por su dificultad.

Pero no solo dio testimonio de esta virtud con palabras y obras, ya que su vida era una invitación permanente e irresistible a la esperanza dada la hondura de su vivencia cristiana, sino que fomentó ésta dando razones desde el amor de Dios.

En sus charlas, meditaciones y contactos personales infundía siempre una esperanza gozosa, alegre, que dejaba entusiasmados a todos por seguir a Cristo. Cuando hablaba de la vida eterna, lo hacía con tal esperanza, con tal gozo y seguridad.

Toda su vida era irradiación de fe, de esperanza y de caridad. No tenía compartimentos estancos en su vida. Siempre ecuánime, imperturbable, seguro, sereno, lleno de la santa esperanza. Irradiaba paz, luz a cuantos a él se acercaban.

 

La más excelente entre todas las virtudes es sin duda la CARIDAD, que con razón se considera como forma, motor, fin y madre de todas las virtudes. Es imposible que nadie llegue a la cumbre de la perfección sin que haya primero ardido en la caridad para con Dios en primer lugar, puesto que «Dios es amor» (1 Jn 4,8).

«El primer don y más necesario –dice el Concilio Vaticano II– es  la caridad con la cual amamos a Dios sobre  todas las cosas y al prójimo por su  amor ... Por eso el verdadero discípulo de Cristo se distingue por la caridad tanto hacia Dios como hacia el

prójimo» [2].

Los testigos dedican mucho espacio a la virtud de la caridad en el Siervo de Dios. Afirman que todo lo hacía por amor a Dios, al que amaba sobre todas las cosas, y que ese amor era el centro de su vida y la razón de todas sus actividades.

No cabe duda que, a raíz de su conversión en plena juventud, se movió siempre en la esfera del amor de Dios. A Él consagró su vida y por su amor sacrificó todo hasta consumirse como holocausto en el altar en aras del amor.

Si se destaca su fe y su esperanza, de forma especial hay que destacar la caridad: amaba a Dios con todo su ser y con todas sus fuerzas. Era norma de conducta en su vida.

Tanto es así que se olvidaba totalmente de sí mismo, con peligro de salud, cansancio, problemas acumulados, su madre enferma y mayor. ¡Tenía que cumplir la voluntad de Dios! ¡Todo por agradarle! El cumplir su voluntad era su norma suprema. «La vida cristiana consiste en hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace» refleja su actitud en este sentido. El amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo era una constante en su vida.

 

Practicaba la virtud de la CARIDAD PARA CON DIOS, con intensidad, constancia y fervor. Todo lo que recibía de Dios, bueno y menos bueno, era para él un regalo e insistía: «Todo en nuestra vida está hecho o permitido por Dios para nuestro bien, porque sólo Él es Bueno». Y esa aceptación era continua, tanto en las cosas favorables como desfavorables, fuese cual fuese; siempre las recibía como una caricia del Señor que debía llenarnos de gratitud.

Pero el amor exige entrega, y entrega generosa y total. Su vida fue una entrega generosa y continua a Dios de una manera consciente y voluntaria. Pudo haberse cuidado y quizás hubiese vivido muchos más años, pero el amor de Dios y la preocupación por los jóvenes se lo impidió. Culminó su entrega generosa a Dios dejando un porvenir brillante para ser sacerdote.

Podemos concluir, pues, que todo el testimonio de su vida es un permanente ejercicio de amor a Dios entregado a raudales a toda la Juventud española. Por último, ofreció su sacrificio al sacerdocio por este deseo de entregarse más totalmente a Dios y a toda la Juventud de Acción Católica. Era su máxima inmolación a Dios.

Pero no solo aceptaba la voluntad de Dios, sino que suscitaba en los demás el deseo de hacer lo mismo. «Sed generosos y haced como Cristo –les decía–, que cuando el buen ladrón le pide que se acuerde de él le da mucho más de lo pedido y se lo lleva al Padre; así debemos hacer nosotros dando más de lo que se nos pide».

Como todas las personas enamoradas de Dios tenía suma aversión al pecado y sentía un profundo dolor por las ofensas a Dios, propias y ajenas, y mostraba un espíritu de reparación y deseo de evitarlas. Odiaba al pecado. De ahí su espíritu de penitencia. Concebía la vida cristiana como un ejercicio ascético personal y permanente. No solo se ofrece como víctima en expiación de las ofensas contra Dios, sino que recordaba con frecuencia la necesidad de reparación, pero no atosigaba a los jóvenes sino que los comprometía en la acción salvadora. Sin embargo, no era una persona obsesionada por el pecado en sentido negativo, sino porque ello suponía alejamiento de Dios. Lo que le hacía sufrir era que los jóvenes viviesen de espaldas a Dios y no conociesen su amor. Como director espiritual era muy abierto, muy comprensivo, siempre estimulando positivamente a sus dirigidos.

Vivía con mucha unción, entrega y devoción especial los actos litúrgicos, los sacramentos y los ejercicios de piedad, tanto colectivos como privados, que cuidaba con detalle y esmero. Todos quedaban vivamente impresionados por su devoción y recogimiento. Era ejemplar y edificante.

Donde los testigos son más explícitos en sus declaraciones es en la forma que tenía de celebrar la Santa Misa. Su unción era elocuente desde el momento en que salía revestido. «La celebraba con singular devoción, como encuentro personal con Jesucristo», declara Mons. José Cerviño y Cerviño. «Impactaba muy positivamente cuando la celebraba», afirma por su parte Mons. Mauro Rubio Repullés. También impactaba, añade, cuando hacía oración y en la administración de los sacramentos.

Jamás se le vio celebrar la Santa Misa sin prepararse y estar en oración de rodillas antes y después de la misma un buen rato. La celebraba como si fuera la primera y la última, con suma devoción, fervor, emoción y dignidad. La forma en que la celebraba era una manifestación patente de su amor para con Dios, signo de un profundo espíritu de oración y de aceptación de su voluntad. El verle y oírle decir Misa, realmente era muy poco común, o sea que llamaba la atención.

Sin embargo, en algún momento manifiesta en su Diario su dolor por no haber vivido el Sacrificio de la Misa con toda la unción que él hubiera querido. Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el culto de Dios y de los sacramentos, era muy exigente en la observancia de los más mínimos detalles, en su preparación a la Misa, celebración de la misma y acción de gracias.

También sus discursos e intervenciones, imposición de insignias, pláticas o meditaciones, etc. rezuman unción, entrega y devoción especial.

Reconocen los testigos que no solo les dio un testimonio vivo de su amor a Dios, sino que, además, influyó con su ejemplo en su vida espiritual, profundamente dicen algunos de ellos. Y todavía más de uno siente ese influjo hasta el punto que se encomiendan a su intercesión.

Transmitía a todos el fuego de su amor a Dios Padre, la intimidad con Jesucristo y la devoción al Espíritu Santo. Se lo hacía vivir con sus palabras y con el testimonio de su vida. El influjo de su vida, trato, ejemplo y predicación fue definitivo para muchos.

El ejemplo en la caridad para con Dios y para con el prójimo es la influencia más definitiva.

El amor a Dios se concreta en obras de amor al prójimo. Quien no ama al prójimo no puede decir que ama a Dios. Cristo vive en los pobres y necesitados, y sólo los que lo aman con amor sincero saben encontrarlo en ellos.

El profundo amor a Dios era el motor de su vida, pero se concretaba en el amor a los hermanos, porque veía en ellos a Cristo presente y así lo enseñaba. Este amor para con el prójimo lo ejercitaba habitualmente de forma extraordinaria, heroica, al igual que el resto de las virtudes, con un trato permanentemente comprensivo, cordial y alegre. Decía: «El que no ve en el sufrimiento del hombre el sufrimiento de Cristo, no ve a Cristo».

 

La CARIDAD PARA CON EL PRÓJIMO fue total; caridad que ejercitó habitualmente en las diversas etapas de su vida. Y esta inmensa caridad le hizo hacerse mendigo por ellos. Les ayudaba no sólo con dinero que recibía y buscaba de otras personas, sino también de sus propios ingresos. Los tenía presentes en sus oraciones y en su favor ofrecía los sacrificios de su vida. Toda su vida fue una entrega plena y continua a los demás, hasta la entrega de su salud y de su vida. Su verdadero don era estar siempre a disposición de los demás; no ahorrarse ninguna molestia ni ningún esfuerzo con tal de poder ayudarles. Sus problemas y preocupaciones eran su propia vida. Atendía a todo el que llegaba.

Este amor al prójimo estaba cuajado de actitudes y hechos apasionantes y heroicos como no temer ningún sacrificio, ni dificultad, ni viajes, ni entrevistas, ni noches, ni días, ni dormir, ni comer, ir a buscar a la gente en donde se encontrase, sensibilizar con gestos hermosos el amor de Dios, explicando el Evangelio, cargar con sus problemas, etc. Sólo contemplaba en ellos un alma que salvar.

Era amable y simpático con todos, muy cariñoso, de trato exquisito, lleno de caridad. Su conducta era fruto de su vida en Cristo. Especialmente cordial y transigente con las personas que le eran cercanas; fraternal con sus colaboradores y de afecto sin ninguna clase de distanciamiento con las personas que estaban de servicio en los organismos de la Acción Católica.

Del ejercicio habitual de la caridad a las personas cercanas destacar: la delicadeza, ternura y veneración a su anciana madre, el cariño paciente con su familia, el ejercicio constante de padre para con los jóvenes. Más de una noche se le vio ir hasta las camas de sus jóvenes para ver si dormían y arroparlos cuando venía de la capilla de rezar o de su cuarto de estudiar. Se le vio ir a comprar medicinas para alguien que lo necesitaba, de llamar a médicos, el aguantarles hasta lo increíble, jamás provocar el menor problema por nada, no protestar por ninguna cosa, dejarse querer.

A las personas que dependían de él, las trataba con un amor tan exquisito que cualquiera se sentía a gusto con él; las trataba con el mismo afecto y cariño que a sus amigos o compañeros. A la sirvienta de la casa con el afecto y deferencia característicos de sus buenos sentimientos.

Con otras personas su trato era igual de ejemplar y terminaba siempre cautivándolas por su personalidad humana y cristiana avasalladora. Con los pobres, necesitados, encarcelados, enfermos, postergados se crecía aún más su caridad, y su expresión como su talante eran la de un auténtico santo.

En repetidas ocasiones le ofrecían casas, viajes, hoteles, recreos, etc. para que descansara, o sencillamente como obsequio por su grandeza de espíritu y favores recibidos desinteresadamente, jamás se le vio ni una sola vez aceptar nada, porque pensaba que eso no era evangélico. Sólo se exceptuaría que alguna vez fuese a comer o pasar un rato de expansión, pero que lo hacía por estas dos razones: por caridad y apostolado.

Se le vio afrontar con altura de miras, con caridad exquisita, normalidad absoluta, los “golpes bajos” que le ocasionaban, calumnias, comentarios, infidelidades, envidias.

Amaba entrañablemente a los pecadores. Sentía por ellos especial compasión. Con ellos fue siempre comprensivo, abierto y dispuesto a escucharles y ayudarles, no miraba tiempo. También se mostraba muy comprensivo con los defectos y las limitaciones de las personas que lo rodeaban.

Estimulaba la virtud en quienes buscaban la perfección; vivía con especial solicitud la santificación de los sacerdotes. No sólo no le oyeron nunca críticas negativas respecto a la conducta de otros, sino que procuraba salvar en ellos cuanto había de positivo.

Por lo que se refiere a su reacción ante personas que le ofendieran o le pudieran causar sufrimientos, su reacción fue siempre de rápido y generoso perdón llevado al extremo de evitar alusiones a la cuestión y a sus protagonistas. Nunca conservaba rencor si le hacían algo.

Fue un auténtico apóstol de la reconciliación Inculcaba siempre tratar con amor a todos sin excepción, incluso a los contrarios. Animaba al ejercicio de la caridad hacia el prójimo en la forma de los más necesitados espiritual o materialmente, recomendando incluso la visita a los pobres y enfermos, a los encarcelados y a sus familiares. Cercanía a las personas que pensaban de manera diferente, la tolerancia con personas con ideas distintas, y todo ello, como expresión de la caridad para con el prójimo.

El testimonio de su vida era acicate para todos. Y es que lo que enseñaba lo practicaba personalmente. Los testigos sienten todavía en su vida el ejemplo y el influjo de este enamorado de Cristo. Cuantos le trataron, salieron beneficiados de su amistad y de sus lecciones de bondad.

Pero un día su mucho trabajo, y con el tiempo su salud, no le permitía atender directamente a los pobres, necesitados, enfermos y encarcelados, pero atendió especialmente a sus delegados en esta misión.

Para Mons. Mauro Rubio Repullés, «toda su concepción de su vida cristiana tenía como base el servicio a los demás ... Tenía muy claro sus deberes religiosos y su vida cristiana que debía girar en torno a Cristo y a su precepto de caridad para con los demás».

2.      Virtudes Cardinales

Practicó la virtud de la PRUDENCIA, ordenando todas sus acciones al fin sobrenatural.

Coinciden casi todos los testigos en que no actuó por mera prudencia humana o por cálculos o previsiones materiales en el ejercicio de sus responsabilidades. Lo humano y material en él estaba supeditado a Dios. Obró siempre con prudencia sobrenatural. Era una de las constantes de su actuación hasta verle sufrir en silencio muchas veces.

Ahora bien, los testigos no se limitan a afirmar que ejercitó la virtud de la prudencia sobrenatural, sino que dan un juicio sobre sus diversas actividades como seglar, como Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica, como seminarista, como Consiliario Nacional de esa misma Juventud y como enfermo.

En los momentos difíciles de España como consecuencia de un enfrentamiento que parecía próximo manifestó prudencia sobrenatural y no se dejó llevar del ambiente dominante. Constatando el ambiente político y social del momento, demostraba no sólo ecuanimidad sino un intenso amor a la Iglesia, a España y al prójimo. Una prueba más de su prudencia y fortaleza sobrenaturales se detecta en la orientación que dio a la Juventud de Acción Católica de Toledo sobre la forma de proceder, luego del asalto y cierre posterior por la autoridad de la República de que fue objeto su sede poco antes de comenzar la Guerra.

Idénticas pruebas de prudencia y fortaleza sobrenaturales las dio como Presidente Nacional con ocasión de la Asamblea Nacional celebrada en Toledo en el año 1934. Declarada una huelga revolucionaria como protesta, bajo el lema: «Ni pan ni agua para los perros fascistas», sin perjuicio de mantener la Asamblea, supo crear un espíritu entre los jóvenes, que concurrieron a la misma desde todos los puntos de España, un clima de serenidad que evitó los enfrentamientos que hubieran podido producirse con quienes revelaban su manifiesta hostilidad a los asambleístas por las calles de la Ciudad.

Él tenía relación con muchas instituciones, personas muy diversas y situaciones a veces contradictorias propias de aquel tiempo. Y supo llevarlo todo como Presidente con verdadero tacto y prudencia, a veces era verdaderamente heroica. Yo fui testigo –dice Mons. Mauro Rubio Repullés– de una prudencia verdaderamente extraordinaria en las decisiones de su cargo tanto como Consiliario como Presidente, dada la dificultad que en aquella época presentaba la mentalidad de los distintos ambientes donde tenía que intervenir».

En su testimonio, Mons. Maximino Romero de Lema afirma que «hay un hecho en su vida apostólica, como Presidente, muy digno de ser señalado: Piénsese en la España de 1930 a 1936 y en los años siguientes de su Presidencia y en todas las acciones y reacciones allí nacidas. Manuel Aparici trató con caridad y prudencia todos los “movimientos” existentes dentro de la Iglesia.

Esta prudencia, como sabiduría, mantenida durante tanto tiempo, y sin falsas componendas, es una prudencia superior a la ordinaria porque estaba en juego el fin sobrenatural de la Juventud de Acción Católica. Esta “sabiduría” está fundada en la oración. Y aquellos momentos fueron siempre difíciles.

«Esta prudencia la constató Felipe González Sánchez en unos momentos delicados para la Juventud de Acción Católica, en los que en la Rama Obrera se habían introducido elementos y criterios, que incluso hicieron mella en algunos de nuestros Consiliarios, en los que la fidelidad a la Iglesia no estaba tan clara».

«En el Seminario –como ha quedado dicho– era prudente en sus juicios, en los comentarios; cuando en el curso había alguna decisión de los Superiores que no nos agradaba o no entendíamos, él siempre puso su nota y consejo prudentes; era prudente en sus manifestaciones, en su forma de actuar».

Como Consiliario Nacional la prudencia inspiraba sus decisiones. Se mantuvo en una línea de prudencia y caridad hacia todos, procurando unir y suavizar diferencias. Cuando había discusiones que afectaban a temas políticos, procuraba no intervenir y era extremadamente prudente en su juicio sobre los gobernantes.

Ya seriamente enfermo, se permitía con dificultad dar un paseo alrededor de una plaza próxima, apoyado en su hermana, mayor que él, y al enterarse que alguien hizo un comentario inconveniente dejó de salir con ella.

Su prudencia está siempre en su preocupación por preparar una juventud para desarrollar una actividad cristiana, en su actitud de vida, en el trato con las personas, en su comportamiento público y en todos sus proyectos y actuaciones. Por ejemplo:

  En su preocupación por preparar una juventud para desarrollar una sociedad cristiana.

Aunque sabía que su tiempo era limitado, no tenía prisa, pero tampoco ahorraba ningún sacrificio, ni viajes, ni horas de predicación, ni noches sin dormir. Se diría que era un prudente muy activo.

  En su actitud de vida, en el trato con las personas y en su comportamiento público:

«Me llamó la atención … acerca de mi comportamiento con él en público declara su sobrina Josefina. Fui a Madrid, a casa de una prima de mi madre, y una mañana me fui a casa de la abuela y al entrar pregunté: ¿está el tío Manolo? Me dijeron: está en San Ginés, y fui a buscarlo y llegué cuando salía por el atrio y le di un par de besos y me fui con él para casa. Después me llamó y me dijo: “No vuelvas a hacer lo que hiciste hoy porque resulta muy extraño; quien lo vea no sabe que eres mi sobrina”.

Otro detalle: llegué a Madrid y vi que tenían muchacha nueva muy enclenque y mayor, llamada Modesta; daba la sensación que no podía con el trabajo, y comentándolo con otra señora que también había ido a limpiar a la casa de la abuela, dije que me parecía que no servía de mucho. Fue una condición que le puso mi tío a mi abuela que no quería chicas jóvenes en casa, que se haría rarísimo cuando abrieran la puerta, para que no se prestara a comentarios».

  En sus proyectos.

Entusiasta sin dejar de ser prudente; abordaba proyectos difíciles que requerían mucho trabajo, pero lo hacía de una manera ordenada y después de haberlos meditado y rezado mucho. Nunca se le vio perder los nervios; era un hombre de muy buen consejo.

Coinciden los testigos en que antes de celebrar un cursillo, realizar una visita u otra actividad, tomar una decisión, dar un consejo o cuando tenía algún asunto delicado se encomendaba al Señor y pedía siempre oraciones a otras personas, conventos y militantes incluidos. Y esto lo hacía de forma habitual. Tenía relación e incluso amistad personal con algunas monjas de clausura a las que pedía ayuda espiritual para las responsabilidades y tareas propias de su cargo y también para su entrega, santidad.

Asimismo, enviaba a sus jóvenes a visitar a personas mayores, enfermos y, sobre todo, conventos de clausura para pedir oraciones por tal o cual cosa concreta. Mimaba con sus atenciones a varios conventos; decía que eran su retaguardia.

Era una persona a quien le gustaba asesorarse y pedir consejo, sabía escuchar, y luego decidía bajo su responsabilidad. No se dejó arrastrar de ninguna idea extremista de aquel momento.

Según el caso consultaba a sus compañeros de Consejo, a personas conocedoras del asunto en concreto, a sus superiores jerárquicos o a la Jerarquía eclesiástica. Los grandes planes los consultaba con sus superiores jerárquicos y de un modo especial y en los asuntos graves con la Jerarquía, aceptando fielmente su decisión.

Nunca puso en peligro el respeto debido a los demás, a la Iglesia, al estado sacerdotal o a la Jerarquía eclesiástica.

Gozaba del don de consejo. A alguno no le cabe la menor duda de que pudo haber tenido esta especial asistencia sobrenatural, considerando el modo en que lo hacía. Sus consejos eran siempre de un alto grado de equilibrio que invitaba a llevarlos a cabo dentro de ese mismo camino.

Por otro lado, nunca aconsejó por quedar bien, por agradar al aconsejado o por intereses de cálculo humano.

Soportó con caridad fraterna las burlas, enfrentamientos, presiones, ofensas, molestias, comentarios despectivos, burlones y reticentes, malas miradas, insultos callejeros, etc. por ser católico, dirigente de la Juventud de Acción Católica, sacerdote, etc. Unas veces venían del mismo clero, otras de las autoridades civiles o políticas. Los soportó siempre con buen espíritu, serenidad, paciencia y equilibrio sin espíritu de mala respuesta o de revancha. Tampoco hacía ningún comentario. No se quejaba sino al contrario exhortaba a la prudencia sobrenatural sin olvidar la audacia.

Las presiones que más vivió fueron las relativas al periódico SIGNO por parte de las Autoridades civiles encargadas de la censura. Él siempre pidió a sus jóvenes que defendieran la libertad de expresión, pero con prudencia y sin enfrentamientos. No faltaron tampoco, en algún momento, tensiones en relación con el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Tanto en uno como en otro caso mantuvo actitudes firmes dentro de la prudencia.

Se comportó en todo momento como un hombre de Dios.

Exhortaba a todos a proceder con prudencia y a poner la mirada en Dios antes de tomar una decisión. Recomendaba siempre el equilibrio, la ponderación, el sopesar los pros y los contras, evitar desviaciones aceleradas, etc. e insistía en que incluso en conductas o actividades represivas podía haber siempre circunstancias que ignorábamos y disculpasen esas actitud.

Su ejemplo fue de una gran ayuda para todos para ser más prudentes en sus actuaciones.

Por lo que a sus escritos se refiere, decir que en todos ellos manifiesta también una gran prudencia y da en ellos sabios consejos, propios de un hombre prudente. Aconsejaba como procedía él mismo dejando siempre a Dios la última palabra.

 

Por su gran sentido de la fe en la palabra de Dios –JUSTICIA PARA CON DIOS–, se mostraba siempre pronto y diligente a entregarle sin reserva su corazón, a obedecer en todo a su divina voluntad y a seguir sus inspiraciones con amor y docilidad. Impulsado por este espíritu de fe, cumplió con fidelidad sus obligaciones para con Dios y las leyes de la Iglesia, tanto en su etapa de seglar como de seminarista y de sacerdote, con generosidad y espontaneidad, sin limitarse al hecho de la obligatoriedad, y lo hizo siempre con alegría, gozo e ilusión. No tenía otro norte en su vida que la imitación de Cristo. Y en este cumplimiento se jugó la vida.

            el tiempo, molestias, sacrificios, sinsabores que le suponían tantas horas de hablar con la gente, confesar horas y horas, predicar, rezar, celebrar los Sagrados Misterios, etc. mientras se quebraba su salud, sin dejarse tiempo para nada, siendo él el que “tirase” de todos; pocos le ayudaban. Era un cristiano ejemplar y un sacerdote modelo. Fue justo e irradiador de justicia y de justeza para con Dios.

Fue siempre ejemplo para todos. Les exhortaba a cumplir con las obligaciones para con Dios y les ayudaba, en cada uno de los estados de su vida, a vivir mejor esta virtud.          

Decía: «La JUSTICIA PARA CON EL PRÓJIMO es la base o entrada de la gran virtud de la Caridad». Superó en todo momento la justicia por la caridad y fue tan agradecido como ejemplar.

Era un hombre equitativo y justo incluso en sus juicios para con los demás. No quería entretenerse en juicios sobre el prójimo. Era un género que no le iba. Por otro lado, siempre sabía quitar importancia a las faltas que pudieran cometer las personas manifestando con esto su caridad y también su justicia.

No pensaba en sí mismo, ni en sus conveniencias, sino en los demás, en el prójimo. Jamás fue acusado de injusticia. Era un hombre honrado que cumplía siempre a rajatabla la palabra dada y lo que prometía, pero nunca prometió lo que no podía dar o hacer, pues era una persona muy seria y formal, responsable de cuanto se le confiaba, pero al mismo tiempo muy abierta, cariñosa y benévola.

Si alguna vez tenía que reprender a alguien, lo hacía siempre con suavidad y cariño. Nunca con ira o con palabras duras. Aunque algunas veces se exaltase, terminaba con una inmensa dulzura.

Su delicadeza con el prójimo era la mejor muestra del espíritu de justicia que le animaba. Trataba con justicia a todos sin acepción de personas, y cada uno pensaba que era plenamente querido por él. Le veían como un imán que atraía a todos.

Procuraba juzgar y discernir los conflictos con realidad, sin dejarse llevar de meros sentimientos de simpatía. En cierta ocasión tuvo que intervenir ante un sacerdote extranjero para corregirle evangélicamente. Trató de influir sobre él, aunque no llegó a lograr su objetivo en totalidad. Esta persona, aun cuando por debilidad hacía caso omiso de sus consejos, le respetaba y le admiraba por su espíritu sacerdotal. Como buen sacerdote respetó al máximo los secretos que le confiaban.

Fue siempre muy respetuoso para con los derechos de otras personas y fiel cumplidor con los deberes de justicia para con ellas. Obró siempre con rectitud y justicia. Grande era su preocupación por el problema social.

No consta que tuviera deudas contraídas y mucho menos pleitos en los Tribunales de Justicia, porque era de una honestidad económica absoluta. En materia tan delicada, era también ejemplo y modelo. No buscó donaciones, legados o herencias para su provecho ni medió para aprovecharse ni fue acusado nunca de apropiación indebida.

También era una persona muy agradecida ante cualquier atención que se tuviese con su persona porque era todo corazón, caridad, coherencia, dulzura, comprensión, siendo la expresión de su rostro el reflejo de su alma limpia y de su ternura. Jamás fue hipócrita o desagradecido ni para con Dios ni para con el prójimo.

No sólo fue justo con las personas allegadas, colaboradores y jóvenes que tenía confiados, sino que fue un verdadero volcán de caridad, porque era amigo, padre, madre, sacerdote, compañero y baluarte para con todos. Respondía siempre con mucha caridad, porque es lo que prevalecía en él, y cuando el asunto era delicado le veíamos a él cargarse la responsabilidad y el sufrimiento para descargar a los demás.

Como en todos los demás aspectos, fue ejemplo y modelo que ayudó a los demás a ser más justos y equitativos con los hermanos.

 Afrontó todos los momentos difíciles de su vida con gran FORTALEZA de ánimo, prontitud y alegría, sin perder nunca la calma y la serenidad de espíritu, y sin dejarse llevar del desaliento. Los superó con firmeza y decisión. Lo sobrenatural informaba todos los aspectos de su vida. Ésta fue un ejercicio continuo de fortaleza dispuesto siempre a cumplir la voluntad de Dios. Buscaba los valores cristianos por encima de todo y a cualquier costo y se manifestaba pronto, fácil y alegre para sufrir y soportar todas las penalidades, aun con peligro de sus intereses, de su salud e incluso de su propia vida. Estaba dispuesto a perderla dejándose matar antes que hacerlo en defensa propia con personas que podían  no estar en gracia de Dios.

Cuando algunos colaboradores le preguntaba si estaba cansado, repetía las palabras de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

A pesar de su no buena salud se esforzaba constantemente por el cumplimiento de su trabajo, especialmente en todo lo que se refería a su vida espiritual y en particular a su oración a la que dedicaba mucho tiempo cada día, al conocimiento de la Sagrada Escritura y a su preparación teológica.

Nunca se sintió dispensado de sus obligaciones para disminuir el ritmo de su trabajo, que ponían en peligro su salud, como realmente sucedió. Su vida tenía un ritmo exigente de trabajo, de oración, de entrega. Todo este estilo lo mantuvo siempre con salud y sin ella. Su larga y penosa enfermedad puso bien de manifiesto esta virtud.

Supo avanzar por el camino de la perfección sin desfallecimientos, pese a todas las dificultades, consciente de que los sufrimientos, tanto físicos como morales, eran pruebas amorosas enviadas por Dios para su purificación.

¡Era tan normal su trato en la adversidad y en la bonanza! Su talante vital era tan sorprendentemente sobrenatural que nada alteraba su señorío ante las eventualidades más o menos adversas.

Y como en el resto de las virtudes ayudó a muchos a vivir más plenamente la virtud de la fortaleza de palabra y de obra edificando a todos con su ejemplo.

Al hablar de la virtud de la TEMPLANZA, escribe en su Diario:

«Versó el retiro sobre la virtud de la templanza. Me hiciste comprender que no se alcanza sin la mortificación; pero una mortificación total y completa. Pues esta virtud es una fuerza de la “nova creatura” que somos los cristianos y no podrá existir en nosotros mientras no esté completamente aniquilado y muerto el hombre viejo. Por esto se nos decía que era una consecuencia del santo bautismo.

»Pero se nos dijo más: Que era una exigencia de nuestra vocación; y es verdad, si “sacerdos est alter Christus” no hay otro camino para llegar al altar que matar del todo al hombre viejo para que no viva más que Cristo. Ya el Señor me hizo ver en otra ocasión que a todo cristiano, pero de modo eminente al sacerdote, le pide su carne y su sangre para que, crucificando la carne y derramando la sangre, llegue a todas las almas la noticia de la Redención».

Aunque de temperamento fuerte, vehemente y apasionado, tenía gran dominio de sus inclinaciones naturales, de sus palabras y de sus pasiones. Igualmente era vehemente en la defensa del ideal, pero suave en el trato y realizaciones. En él se cumplió plenamente el adagio latino: «Fortiter in re, suaviter in modo».

Nunca observaron en él actitudes destempladas o palabras duras y fuera de lugar. Nunca se excitaba por los contratiempos. Nunca tenía gestos de violencia o impaciencia. Su imagen habitual era la de una persona muy abierta, muy cariñosa y muy serena, de aspecto ascético, sonriente, de buen humor, segura, no propensa a la polémica ante todas las situaciones, problemas. asuntos varios, etc. que se le presentasen. Reflejaba ser un hombre de mucha vida interior y de un gran paz que inundaba a todos.

Por lo que se refiere a la comida y a la bebida era una persona parca, de una gran sobriedad y austeridad, mortificada en todo prescindiendo de vinos, licores, exquisiteces etc., quizá con la única excepción del tabaco, si bien parece obligado aplicarle dos atenuantes: le servía para imponerse algún sacrificio y lo consideraba con frecuencia como instrumento de apostolado porque un pitillo oportunamente ofrecido podía abrir una conversación que le hiciese un bien al invitado. Si alguna vez pedía algo distinto de los demás, pocas veces, lo hacía por razones de salud. Sus comidas eran comidas muy sencillas, muy monótonas y nunca se le oyó quejarse ni pedir nada, ni querer nada. Es más, siempre tenía algún detalle individual para consigo mismo de privarse de alguna cosa que sus familiares y colaboradores consideraban mortificación, pero nunca intentó imponer estos criterios a los que le acompañaban, incluso le parecía normal que los jóvenes tuvieran un buen apetito.

Dedicaba poco tiempo al sueño. Madrugaba mucho y se acostaba tarde. Dormía poco, pero esta y otras mortificaciones no perjudicaban el ejercicio de sus deberes. Su familia jamás le vio dormir durante el día. Se mortificaba mucho en el tiempo dedicado al sueño; rezaba y estudiaba mucho y trabajaba de noche. Aquella frase que entre risas repetía: «La noche es joven y no tiene fronteras» reflejaba su actitud.

Su espíritu de sacrificio era de todos conocido, y su mortificación se presentía que llegaba a extremos importantes pero no perjudicaban el ejercicio de sus deberes. La fuente de su mortificación era la “sollicitudo omnium ecclesiarum”, que para él eran los jóvenes y su Acción Católica a la que entregaba cuanto era y poseía sin medida [3].

Por lo que se refiere a las normas de la Iglesia sobre ayunos y abstinencias, era un fiel cumplidor de las mismas. Las tenía un gran aprecio y las recomendaba. Los consideraba convenientes cuando la Iglesia así lo determinaba y hablaba siempre de ellos como la mejor forma de ofrecer algo grato a Dios, avalado por su Iglesia; de hacerlo con entusiasmo y alegría, explicando cómo le enternecía a Dios el amor sacrificado de sus hijos y desaconsejaba a quienes los menospreciasen. «Era una persona que vivía la ascesis cristiana con mucha exigencia en todos los aspectos», afirma Mons. Mauro Rubio Repullés.

Tocante a su salud, era una persona normal en su cuidado. En cambio, Mons. Maximino Romero de Lema «pensaba que venía reduciendo su atención personal».

Siendo su porte austero su persona no provocaba rechazo, retraimiento o temor en los que le trataban, porque la forma de vivir lo hacía con tanta normalidad, naturalidad y elegancia que no chocaba, lo que podía chocar era que lo hiciera de otra forma. Tan pronto lo descubrían lo que ocurría es que alababan a Dios y se contagiaban.

Los jóvenes se sentían atraídos por su trato, que era cordial y afectuoso. El hecho real es que a los jóvenes se los llevaba de calle. Y todos cuantos colaboraban con él coincidían en el respeto y en la admiración hacia su persona.

«De su vida austera y fervorosa, a pesar de su juventud y de los medios económicos de que disponía, dan prueba el retiro en que vivía, alejado por completo de los halagos del mundo y su piedad profunda, alimentada con la oración y lecturas espirituales y la Misa y Comunión diarias, todo lo cual hacía que al tratar con él se sintiera uno envuelto en un ambiente cálido de piedad y de fervor. Contrastaba su línea de austeridad para consigo mismo con su bondad y disposición para servir a los demás. Severo para sí mismo y generoso para los demás», asegura José María Castán Vázquez.

Se le veía tan normal que parecía que nada le costaba ser tan normal como él se mostraba.

3.      Virtudes anejas

Como buen peregrino vivió la santa POBREZA con esforzada austeridad, desprendido de las cosas materiales pues pensaba que todo era puro don de Dios y regalo de su providencia amorosa. Pero su pobreza no era llamativa.

Se puso en condiciones de vivir pobre hasta pasar necesidad, en paz y sólo por Dios. A veces tenía que pedir ayuda a sus amistades para la atención de su casa y de su madre ya anciana, y, sin embargo, a través de sus manos pasó muchísimo dinero, no para él sino para los hombres sus hermanos.

La pobreza se observaba en la austeridad de su vida, la modestia de su vivienda –vivía en casa de su madre–, de sus vestidos [4], dignos pero nada ostentosos, aunque él pertenecía a una familia de clase media alta. El ambiente doméstico era también de gran sencillez y absoluta austeridad. Todo lo que le rodeaba, absolutamente todo, era sencillo y eficaz. No se extralimitaba jamás nada aunque pudiera. Cuidaba las cosas, las aprovechaba, no despilfarraba.

Tampoco ambicionó cargos, ni poder, ni dinero, ni suspiró por la grandeza en que vivían sus amigos dedicados a la vida civil: Alberto Martín Artajo, Ibáñez Martín, Joaquín Ruiz–Giménez, etc. Por el contrario, rezumaba felicidad su vida en medio de su pobreza.

Pero la vivió con la dignidad que su posición le exigía, con un estilo que se diría franciscano. No de una manera que destacara o chocara. Para él suponía un gozo inmenso que Dios le “obligara” a ser pobre. Cuántas veces explicaba que obligar quiere decir etimológicamente atar, que Dios es tanto lo que nos quiere que por sus Mandamientos nos “obliga” a amarle, y que él por su sacerdocio queda crucificado por Cristo por la obediencia, la pobreza y la castidad.

Pasó de andar en coche–cama, antes de su conversión, a viajar toda la noche a pueblos lejanos sentado en trenes de madera en tercera una vez iniciado el nuevo camino, dejando toda clase de lujos: pañuelos de seda, etc. Tampoco andaba cogiendo taxis, cogía el metro mientras estuvo sano.

Y si algo necesitaba era por razones de su familia, a la que en no se sabe en qué grado tenía que ayudar.

Atento siempre a la vida de Jesús, procuró ejercitar en sí mismo, primero, y, después, hacer vivir a los demás la pobreza, como imitación de Cristo y como testimonio en su tarea apostólica.

Durante su enfermedad fue también un modelo a imitar. Cuando le veían postrado en la cama, enfermo, lleno de dolores, problemas de salud y pobreza, decía: «Para consumar el cáliz que ya había pedido beber y que el Señor me ofreció».

Cuando hablaba de la pobreza evangélica la presentaba con tales atractivos y razonamientos que entusiasmaba en lugar de retraer, porque palpaban la providencia amorosa de Dios y vivían los valores del Reino en plenitud.

Exhortaba a practicar y vivir sencilla y austeramente; preocuparse de la pobreza de los demás y tratar de remediarla. En este sentido, hacía referencias directas al mundo de los suburbios, uno de los mayores problemas de Madrid en aquella época, aconsejando a todos al menos su presencia allí. Ponía de manifiesto la responsabilidad y riesgos que comportaba la riqueza, siguiendo plenamente el espíritu evangélico, y los ejemplos que Cristo exponía en sus parábolas. En su época él elaboró bastante las doctrinas ascéticas que se daban a los jóvenes.

Resumiendo, era normal, ni miserable, ni pródigo, era limpio y aseado, ni ajeno, ni preocupado–avaro, absolutamente desprendido, muy amante del trabajo, servicial y siempre disponible a todos, con facilidad y alegría, como el Maestro, procurando no dar trabajo. Al contrario, trataba de allanar el camino.

 

Tenía muy claro el significado y el alcance de ese consejo evangélico –OBEDIENCIA– que a ejemplo de Cristo tiene que ejercitar quien aspira a la santidad.

Los Peritos Teólogos en su Informe nos hablan de su «entrega, respeto y obediencia incondicional a la Voluntad de Dios, expresada a través del director espiritual» y de su «fe en la Iglesia y obediencia al Magisterio Eclesiástico».

Analizando todo el conjunto de su vida, da pie a pensar que era heroico en su obediencia. Decía: «La cruz y la obediencia es lo único que salva y redime o la prueba y el sacrificio aceptados en actitud confiada y con el corazón abierto es el mejor apostolado, o la norma suprema de un creyente es aceptar la voluntad de Dios, etc., etc.».

Su obediencia, fidelidad y cariño a la Jerarquía, en sus distintos cargos en el apostolado, estaba fuera de toda duda y fue siempre ejemplar y respetuoso en sus actitudes y palabras, aunque su juicio personal no coincidiera; obediencia amorosa, cordial, ciega, sin discutir jamás, sin censurar y volcándose en su ejecución, con absoluta docilidad y total sumisión, con alegría inmensa y ternura confiada. Y no sólo a sus explícitos mandatos, sino también a sus orientaciones disciplinares y pastorales. Si en alguna ocasión disintió de algún Prelado, se apresuraba a visitarle para dirimir cualquier dificultad que se pudiera presentar. Resaltaba también  en él su adhesión a la doctrina y documentos pontificios.

Era un hombre en continua actitud de servicio y apostolado a la Iglesia. Hacía continuamente alusión a la total obediencia a la Jerarquía, y más que nada al Papa. En el tema de la obediencia era reiterativo. Repetía con emoción una y otra vez: «El que obedece no se equivoca» y «todo con el Obispo y nada sin el Obispo». El Obispo era para él, el padre. Le tenía a la vez confianza. No sólo con el propio, sino también con otros. En él era pasión esta faceta.

Como dato significativo hay que resaltar el hecho de su obediencia a la petición del Cardenal Enrique Pla y Deniel de que retrasase su ingreso en el Seminario, pese a su gran deseo de hacerlo, manifestado insistentemente en sus escritos y palabras.

No es de extrañar, pues, que fuese muy querido por todos ellos.

Este era el talante con que orientaba y una de las dimensiones en que más insistía en la formación y orientación espiritual que daba a sus jóvenes. Esto mismo inculcaba a los que estaban a su lado y este aspecto marcó a todos lo que le trataron.

Era igualmente obediente con las Autoridades Civiles o con cualquier persona que tuviese autoridad tales como el Consiliario General  del Consejo y los Párrocos y hasta con los jóvenes.

Consta su acatamiento a las primeras, pero sin ocultar sus discrepancias con algunas de las decisiones y actuaciones y aunque en algunas ocasiones hubo sus roces y dificultades, fue siempre respetuoso y en último término lo dejaba en manos de sus superiores eclesiásticos. Nunca planteó actitudes y menos rebeldías contra ellas [5]. Asimismo, su comportamiento con ellas durante los periodos de persecución religiosa fue igualmente modélico. Nunca se le escucharon manifestaciones que pudieran ser ofensivas para con los gobernantes, ni en general ni en particular, cuando enviaban delegados del Gobierno a las reuniones.

Por lo que se refiere al Consiliario, nombrado por la Jerarquía, su postura era: Si señalaba una línea de conducta, él la seguía con toda sencillez y sin muestras de contrariedad. Y otro tanto cabe decir con relación a los Párrocos. Para él un Párroco no era un curas normal y corriente. Un simple Párroco le indicaba que tal o cual cosa no le parecían oportunas, sin dar demasiadas razones, y él aceptaba como un cordero, sin abrir su boca ni para defenderse, y cuando los jóvenes que estaban con él se irritaban y/o disgustaban les repetía aquella escena de los Hijos del Trueno: ¡No sabéis de qué espíritu sois!

Es más, siempre secundaba con docilidad las indicaciones que se le hacían por personas de buena fe, aunque no fuesen autoridad.

Del ministerio sacerdotal tenía clarísimo que él era un servidor, un esclavo literalmente que no tiene derecho a nada.

Por otro lado, consultaba ordinariamente a sus colaboradores. Contaba con ellos y siempre pedía sus consejos. Como conocía a personas de mucha calidad, las consultaba también los temas que creía oportunos, con el fin de formar mejor su conciencia, las cuales, más adelante, llegaron a ocupar altos cargos en la Jerarquía de la Iglesia. En definitiva, oía a todo el mundo, escuchaba sus opiniones, las respetaba y tenía en cuenta –salvo que éstas tuvieran defectos contra la fe o la ética– poniendo en práctica muchas de ellas. No solo tenía en cuenta el parecer de los demás sino que creaba órganos de opinión y consejo para que sus decisiones fuesen más acertadas y eficaces de cara a la Comunidad y el futuro de la misma.

Es más, no solo seguía el consejo de las personas a quienes había puesto al frente de cargos de responsabilidad sino que estaba siempre dispuesto a modificar su propio criterio cuando veía razones fundadas para ello en los demás.

Y todo ello porque no era terco. Nunca decía eso es así porque lo digo yo o impusiese su criterio en caso alguno. Además, como era un hombre que estaba de verdad al servicio de los demás, apenas aparecían sus criterios propios. Consecuentemente, con él no te podías negar a nada y además lo hacías con sumo con gusto.

Con su comportamiento y sus palabras promovió entre los jóvenes el espíritu de obediencia sobre todo a la Jerarquía y sumisión a los consejos de los Consiliarios de los Jóvenes de Acción Católica. Y ello como una exigencia del amor a Cristo. Les repetía una y otra vez: «Cuando la Jerarquía manda ir por la derecha o por la izquierda, sin pensarlo más, todos a marcar el paso por donde manda. Frase que entonces ya tuvo algún comentario en privado en sentido negativo».

Ejercía la autoridad con gran suavidad, rectitud y dulzura, con grandeza de espíritu y caridad, elegancia y comprensión sobre sus colaboradores y subordinados.

Las declaraciones de los testigos son sumamente elocuentes y expresivas. Revelan su grandeza de alma y su actitud permanente de servicio y de obediencia.

La CASTIDAD aparece como una escuela de donación de la persona y conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y la ternura de Dios.

El Siervo de Dios, que se consideraba pecador, pedía al Señor un odio a muerte al pecado de impureza y a la Santísima Virgen, flor de la pureza, que le hiciera casto: «Haz que yo sea casto», anota en su Diario. Vivía el candor y la modestia de la pureza.

La virtud de la castidad la vivió radicalmente a partir de su conversión. Y la vivió con toda naturalidad como una consagración de todo el ser humano al amor divino.

Al mismo tiempo observó la debida modestia en sus conversaciones, gestos, etc. así como en su trato, personal o epistolar, y lo hizo con plenitud.

Era opinión común que para mantener la castidad hacía uso de penitencias corporales, si bien nunca se le oyó decir nada de ellas, lo cual es signo de modestia y humildad.

Todos los que le trataban tenían la convicción de que en este aspecto era un verdadero ángel y que su porte, su talante, su conversación y enseñanzas eran las propias de un hombre casto enamorado de Jesucristo.

Repetidamente manifestaba ante los jóvenes el horror y la bajeza de los vicios y pecados de la carne. Se preocupaba porque los jóvenes acertaran a vivir en la castidad en esa etapa de la vida en que tienen mayores dificultades. Siempre les aconsejaba que fuesen castos como medio imprescindible para seguir a Cristo.

Así en sus predicaciones, enseñaba, animaba y orientaba a una vida de pureza fuerte y luminosa, que exponía de forma interesante y hermosa. Enseñaba siempre que para vencer la carne deberían hacer mucha oración, fortalecerse con los Sacramentos, con la devoción a María, con la penitencia, el apostolado, haciendo gimnasia con su voluntad y una vida deportiva sana.

 Toda su vida era una constante demostración de su profunda HUMILDAD hecha estilo de vida en todos los aspectos. Decía: «La humildad es la que roba el corazón de Dios». Vivía una humildad sincera y efectiva en su comportamiento y esa misma sencillez la llevaba al trato con las personas de cualquier condición social. Jamás hablaba de sus méritos y evitaba, salvo que fuera necesario mencionar, su relación con altas personalidades.

Se reconocía pequeño y pobre ante Dios, pero siempre tenía una gran confianza en el amor, en la misericordia de Dios, y estaba muy agradecido a Jesucristo a quien trataba de meter en todos los corazones.

Su sencillez –que mantenía siempre y en todo momento– allanaba la conversación y la franqueza, incluso a los que le veían ya casi como un mito por su trayectoria en el apostolado jerárquico. Pero jamás se vanaglorió de la posición preeminente que tuvo como Presidente y Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica y nunca se enalteció de sus cargos [6], sino al contrario se presentaba como uno de tantos y no se avergonzaba de realizar trabajos que rebajaran su dignidad como ponerse a colocar cosas, hacer sobres, llevar bultos en los viajes, esperar a la gente, quedarse en el último lugar, ponerse a confesar porque otros no querían, etc.

A pesar de sus altos cargos vivió la virtud de la humildad de una forma continua y consagró su vida a un trabajo obscuro y difícil, aunque por su preparación y su prestigio podría haber aspirado a puestos más destacados en la vida de la Iglesia. Nadie recuerda que hiciera pensar que los “explotaba” para su beneficio ni promoción. Tampoco recuerdan ningún detalle que hiciera pensar que aspiraba a “algo más”.

No buscó nunca protagonismos, cargos públicos, honores, privilegios o puestos de relumbrón. Todo lo contrario. Y aceptó con humildad los que le propusieron. Tampoco se quejaba de no haber recibido más honores por los servicios prestados a la Iglesia en los cargos de Presidente y Consiliario Nacional. En su familia –según su sobrino Rafael– se comentaba que podía estar entre los candidatos al Episcopado, pero él nunca le oyó a su tío alusión alguna a este tema.

Nada le humillaba. Recuerdo –dice su sobrina Josefina–que veníamos mi marido y yo de pasar un domingo en el Escorial. Hacía un tiempo espléndido, y me dice mi marido: estoy pensando que voy a subir a casa de tu tío Manolo a lavarle los pies y arreglárselos, pero es mejor que tú no subas porque a lo mejor le resulta violento y humillante, y se siente más a gusto conmigo solo. Yo lo esperé en un bar. Y cuando bajó me dijo: estuvo tranquilo, sonriente, y en ningún momento se sintió humillado porque le lavara los pies.

¡Hermoso es enjugar los rostros ajenos, pero más hermosos es dejarse enjugar el rostro por otros! Ello es prueba de una gran humildad.

Sabía reconocer sus culpas y sus errores sin buscar justificaciones ni excusas. Y lo hacía con normalidad, facilidad y ánimo pronto para afrontar las circunstancias arduas y difíciles con sencilla humildad.

Al mismo tiempo, procuraba pasar desapercibido siempre que podía y cuando las exigencias de sus cargos se lo permitiesen y ocupar, cuando le dejaban, los puestos más humildes. Como era mayor que sus jóvenes, casi le imponían que aceptase la presidencia, lo que, a veces, no aceptaba. No obstante, aceptaba con bastante naturalidad el que tuviera que estar en los primeros puestos como Presidente o Consiliario Nacional.

Animaba a vivir la virtud de la humildad y repetía: «Sin humildad no hay virtud, y sin virtud, sabido es que no hay santidad, y nosotros somos peregrinos de un eterno camino de santidad”. Recordadlo: “Para Santiago, santos”, nos pidió Antonio Rivera. ¿Seremos capaces de defraudarle?».

Humilde, sencilla y modesta fue su vida a pesar de las circunstancias favorables de que gozaba por su posición social. El hato era sencillo.

[1]  CATIC, núm. 1818.

[2]  LG, núm. 42.

[3]  Era el clima habitual que se aconsejaba en Ejercicios y dirección espiritual.

[4]  Se constató el uso continuo de un traje gris a rayas y, para los momentos solemnes, un pantalón de los llamados de corte y una chaqueta negra. Y en esta misma línea, se observó su comportamiento en el resto de las cosas necesarias para la vida.

[5]  Hay que tener en cuenta que por su edad y circunstancias tenía muchas amistades con personalidades de la política con las que se llevó siempre bien.

[6]  La Presidencia y la Consiliaría Nacional de la Juventud de Acción Católica eran cargos relevantes en aquella época.

Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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