Introducción

Síntesis Biográfica

 

Capítulo I           ¿Por qué Capitán de Peregrinos?

 

Capítulo II           El Ideal Peregrinante

 

Capítulo III           Un Ideal que permanece vivo

 

Capítulo IV           Y ocho años después de su muerte surge el  

                       Grupo de Peregrinos

 

Capítulo V            El Ideal Peregrinante en el tercer Milenio

 

 

Capítulo VI          Mandato de la Jerarquía de difundir la figura, la vida y la obra de Manuel Aparici,

                      modelo de apóstoles seglares y de sacerdotes

 

Capítulo VII         Esta es la herencia que recibís

 

Epílogo

 

Anexo                 Algunos Testimonios muy cualificados sobre el «Capitán de Peregrinos»

 

Favores y Donativos

 

El Concilio Vaticano II proclamará en todos sus textos

el carácter peregrinante de la Iglesia

y la espiritualidad que de ella se deriva.

Y lo repite incesantemente la Sagrada Liturgia.

Y lo predica y lo vive el Santo Padre con su

palabra y su ejemplo, con su vida,

hecha peregrinación a Dios y a los hombres.

 

 

INTRODUCCIÓN Y

SÍNTESIS BIOGRAFICA

 

 

 El «Capitán de Peregrinos», Manuel Aparici Navarro, nació en Madrid el 11 de diciembre de 1902 en el seno de una familia cristiana de clase media. Su padre era funcionario del Cuerpo General de Hacienda, ocupando a su fallecimiento un alto cargo, aunque vivían con austeridad.

¡Sus padres, Rafael Aparici Cabezas y Elena Navarro Alonso de Celada, naturales de Madrid, contrajeron matrimonio canónico el día 4 de mayo de 1896 en la Iglesia Parroquial de San José de Madrid. Su padre falleció el día 28 de octubre de 1935 a los 65 años de edad cuando él tenía 33 años, y su madre el día 1 de junio de 1959 a los 85 años de edad, estando enterrados los dos en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, de Madrid.

¡ Era el tercer hermano de cuatro hijos!

¡Fue bautizado en la Iglesia Parroquial de San Ildefonso, de Madrid, el día 7 de enero de 1903, imponiéndosele los nombres de Manuel, Gustavo, Adolfo, Rafael, Dámaso y Gaspar de la Purísima Concepción.

¡No se conoce la fecha ni la iglesia donde hizo la Primera Comunión, pero sí la fecha en que recibió el Sacramento de la Confirmación. Lo recibió en Barcelona, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en mayo de 1910.

Hizo sus primeros estudios en Madrid (no se conoce el Centro), que continúa primero en Barcelona, en las Escuelas Pías, por traslado de residencia, debido al cambio de destino de su padre, y después en Tarragona. Los cuatro primeros cursos del Bachillerato, de 1912 a 1916, los cursa en el Instituto General y Técnico de Barcelona y los dos restantes, de 1916 a 1918, en el de Tarragona, finalizándolos en este último año en el que obtiene el título de Bachiller, si bien éste fue expedido por el Rector de la Universidad de Barcelona el día 15 de noviembre de 1922. Bachiller en Artes en 1921.

Por lo que se refiere a estudios superiores, tiene aprobadas varias asignaturas de Derecho, en la Universidad Central de Madrid; estudios que abandona en 1929 para servir a las almas. 

No consta ni la fecha ni el Regimiento donde hizo el servicio militar; lo que sí consta es que lo hizo, pues él mismo nos lo dice en su Diario Espiritual [1].

El día 24 de febrero de 1922 solicitó tomar parte en las oposiciones para ingreso en el Cuerpo Técnico de Aduanas (número de opositor: 70), superando brillantemente los ejercicios correspondientes. Aprobó con el número 8 e ingresó en el citado Cuerpo con la categoría de Oficial de 3ª clase, el día 24 de julio de ese año, con 19 años, llegando a ocupar un alto cargo en el escalafón. Se le ofreció el cargo de Director General de Aduanas; cargo que no aceptó por no abandonar sus actividades apostólicas y porque ya tenía decidida su respuesta a la vocación sacerdotal. El comentario general era que tenía una brillante carrera civil por su profesión y que abandonó para hacerse sacerdote (después sería Consiliario de la Academia Pericial de Aduanas). Tenía 39 años cuando ingresa en el Seminario de Madrid-Alcalá en el curso 1941/1942 [2], si bien su vocación nació muchos años antes. Pero él obediente a los mandatos de la Jerarquía retrasó su ingreso hasta dicha fecha.

Sin embargo, el 21 de marzo de 1938 ya anotaba en su Diario: «No he sufrido por la pérdida de mis bienes. Renuncié a un buen destino para seguir a Cristo y a los jóvenes».

Hasta llegar al Seminario recorre un camino de conversión nada fácil, pero lo recorre de forma valiente y decidida. Y después de su conversión, su vida fue muy sencilla pero intensamente vivida al servicio de Dios, de la Iglesia y del Papa, en los hermanos. Hasta entonces no se dio cuenta del inmenso amor de Dios, de la fuerza de su gracia, de sus designios.

Sabemos que durante su primera juventud era un joven alegre, divertido, libertino, inconsciente, superficial y un «bala», rutinario, evasivo, enamorado (tuvo novia) , gabardina al brazo, corbata y cuello bien puesto, que estuvo algo alejado de Dios, que llevaba una vida frívola, disipada y de miseria, pecadora, poco atento a las prácticas religiosas y más dedicado a la diversión y a las distracciones mundanas (bailes y fiestas, le gustaba mucho bailar, obtuvo una copa de «danzón», teatros, cines, novelas y otras diversiones) que llegó a preocupar a su madre. Incluso llegó a estar alejado de la Iglesia, hasta que descubrió el amor del Padre que fue su bandera en adelante. Y sintió la necesidad de «salir al aire», con la sonrisa abierta para que la juventud de España encontrase el camino de la alegría que buscaba, dándose a Cristo.

Siendo ya sacerdote, diría que sus padres eran buenísimos, que se llevaba muy bien con sus hermanos y que la «oveja negra» de su casa había sido él;  que le educaron en la fe católica, que su madre le enseñó a rezar, que le animaba a ir a Misa, a ejercitar el bien, a hacer Ejercicios Espirituales, como lo había hecho con sus hermanos, pero él prácticamente vivía alejado de Dios.

Recordaría también años más tarde (repasaba frecuentemente su vida anterior pesaroso y avergonzado por lo que llamaba su época de frivolidad juvenil) que le estorbaba el recuerdo de Dios y que lo fue obscureciendo más y más hasta que casi llegó a decir en su enfermo corazón, como el insensato, no existe Dios … Pero el Señor no hacía caso de sus irracionales deseos y siguió amándole y le mostró tanto amor que le venció. Le amaba y volvía a llamarle, esta vez a través de su madre. Así, en la Semana Santa de 1925, por darle gusto a su madre y a regañadientes, hace Ejercicios Espirituales (práctica que ya no abandonaría en toda su vida) y anota en su Diario: «Empecé a amar a Jesús y me inscribí en su Guardia de Honor».

Con altibajos, en los años siguientes continúa el camino emprendido. Y fue mejorando su vida.

En el periodo, que él llama de su «conversión», hay una fecha segura e importante: el día de la Inmaculada Concepción de 1927, abrazo maternal de la Madre que lo recordará con viva emoción a lo largo de toda su vida. Tenía entonces 25 años.

Al año siguiente (1928) el Señor clavó en su alma la angustia y la queja de su «sed». Desde entonces su vida la fue absorbiendo el afán de satisfacer esa «sed» de Jesús, que le quemaba el alma. Y vive un proceso de conversión que le va llevando a  una entrega cada vez más íntima y total a Jesucristo, su  Amado,  y  a una vocación apostólica cada vez más firme y apasionada, una verdadera vocación de sed  de almas. «Sitio» es el lema que ofrece a los jóvenes propagandistas de la  Acción Católica, y será después su lema sacerdotal. Tenía sed de almas. Viva sed de almas.

 Comenzó a recorrer el camino de la perfección y avanzó en el mismo con paso firme, constante y decidido, afrontando las dificultades que lleva consigo la marcha hacia la santidad.

Y éste es hoy su mensaje:

Como seglar, un joven que se convierte a Cristo en plena juventud y que valientemente, sin temores humanos, a velas desplegadas, se empeña en vivir el Evangelio, para llevarlo a todos los jóvenes, como luz de Cristo. Como sacerdote un ejemplo de fe, de obediencia, de humildad, de trabajo, de transparencia, de dar su vida al prójimo y de oración que alimentaba su vida interior. Una vida ejemplar y luminosa, digna de imitarse.

Sus planteamientos, según los Peritos Teólogos siguen siendo válidos aún hoy a pesar del tiempo transcurrido.

Su figura, su vida y su obra, primero como seglar y después como sacerdote, que impresionó a quienes le conocieron, llenan una página de la historia religiosa de España en el siglo XX y le convierten en testimonio vivo y modelo ejemplar de apóstoles seglares y de sacerdotes. Fueron treinta años al servicio de la Iglesia y del Papa, de los jóvenes y de los sacerdotes. Actualmente está en Roma su Causa de Canonización, decretada su validez y designado el Relator de la misma.

Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica durante siete años, desde 1934 a 1941, año en que cesó para ingresar en el Seminario, desde donde desarrolló una ingente tarea apostólica a la que estaba totalmente entregado, y, después de su ordenación sacerdotal y de su breve etapa de formación en la Universidad Pontificia de Salamanca [3], Consiliario Nacional de la misma durante nueve años, desde 1950 a 1959, año en que tuvo que cesar por grave enfermedad de la que moriría el 28 de agosto de 1964 tras nueve años de inmisericorde dolencia que lo tuvo recluido, inmóvil entre acerbos dolores, pero con fe acrecida y plena aceptación de la voluntad de Dios.

Cuando empezó su Presidencia había 20.000 jóvenes y 400 Centros; al dejarla siete años después, hay 100.000 jóvenes y 2.000 Centros. Había multiplicado por cinco las cifras.

 Fue Presidente de la Juventud de Acción Católica en una etapa de heroísmo y martirio … símbolo y corona … en la que dejó profunda huella. Aparici, Capitán y mártir. Aparici el Presidente de los 7.000 mártires y 2.000 vocaciones sacerdotales, que se ofreció como víctima, y el Señor le tomó la palabra. Presidió la etapa martirial de esa Juventud.

En marzo de 1934, en San Pedro, con motivo de la peregrinación a Roma, Manuel Aparici había hecho a Dios el ofrecimiento de su vida como víctima pero su victimación fue «in crescendo» hasta llegar a su plenitud en el estado sacerdotal.

En plena guerra, de conformidad con la Jerarquía, que tenía depositada toda su confianza en él, se instala en Burgos para reorganizar allí el Consejo Superior de la Juventud de Acción Católica. La Iglesia se había propuesto mantener la Acción Católica libre de implicaciones políticas. Y Manuel Aparici fue su fiel ejecutor. Por su edad no fue movilizado. Obediente y callado, soporta la humillación de la retaguardia que le impone el Cardenal Gomá con la orden estricta del Papa y de la Jerarquía de hacer subsistir la misma.

Entonces, su figura se agiganta y emprende su magnífica y fecunda labor, que ya no abandona en toda la guerra. Lleva una intensa vida de piedad. En retaguardia no hay ni un solo joven de Acción Católica, salvo los que no son útiles para el servicio de las armas. Hubo momento en que toda la Organización estuvo atendida por él y uno más, pero el desaliento no hace mella en él, porque sabe que la Acción Católica es de Dios y El la ha de proteger.

Como funcionario se hace cargo en la ciudad de Burgos de los siguientes servicios: Aeródromo, Correo, Depósito de Azúcares e Inspección de Coloniales y Detallistas de Alcoholes, pasando en mayo de 1938 a prestar sus servicios en la Subsecretaría del Ministerio de Hacienda. Compaginando todo ello con sus responsabilidades como Presidente Nacional.

Un día anotó en su Diario

«¡Gracias Señor! Que un ministro tuyo me ha dicho, en tu nombre, que soy el administrador de la sangre de España» … Y se preguntaba: «¿Podré ser yo administrador de la sangre de los mártires si yo no mezclo la mía a la suya?» … «Yo recibí personalmente las confidencias de más de 2.000 de ellos. Nuestros poderes son los mártires y las vocaciones. ¿Ha fracasado la Acción Católica? Sí, como Cristo fracasó en la Cruz».

Como seglar puso en marcha e impulsó uno de los más formidables movimientos juveniles de espiritualidad y apostolado en España de los últimos tiempos: el de la Juventud de Acción Católica, de la que fue su alma y su vida; porque decir Manuel Aparici era decir Juventud de Acción Católica; aquella Juventud que el quería unida en torno al Papa y a los Obispos, si bien no le fueron ajenos otros campos de apostolado, porque era un hombre de Iglesia.

Pertenecía a la Congregación Mariana de Los Luises, a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, a la Adoración Nocturna, al Apostolado de la Oración, a las Conferencias de San Vicente Paúl y era Hermano Mayor de la Archicofradía del Apóstol Santiago.

Fue fundador de la revista LA FLECHA (revista para dirigentes), del Boletín de Dirigentes, de la revista INCUNABLE (de la Universidad Pontificia de Salamanca) y del Colegio Mayor San Juan de la Cruz. Hace realidad uno de sus más fervientes deseos: contar con un periódico para la Juventud de Acción Católica, SIGNO (éste es tronco y raíz de hombres, de empresas apostólicas, de periodistas, de publicaciones que nacieron de su savia. ECCLESIA, por ejemplo, es hija de él). En el folleto «Epistolario del Frente», publicado en Burgos en plena guerra, con prólogo de Manuel Aparici, se puede contemplar su «mística». Publica el folleto ULTREYA.

Y el grito de ULTREYA es adoptado por los Cursillos de Cristiandad. En ellos se hizo famoso el «Compromiso de Peregrino» y el «Examen del Peregrino» de Manuel Aparici.

Promueve un torrente de Cursillos de Dirigentes y de Adelantados de Peregrinos, creados por él y funda el Grupo de Propagandistas del Consejo Superior de la Juventud de Acción Católica.

«¡Todo por Cristo! Ese era su lema».

Con su respuesta al llamamiento del Papa Pío XI a una «Cristiandad ejemplar», es decir a la Vanguardia de Cristiandad, y «su vocación hispana» -vocación comunitaria de los pueblos hispánicos al apostolado, para la salvación del mundo- puso en pie de marcha peregrinante a esa Juventud y supo despertar en varias generaciones de jóvenes un alto ideal de santidad y apostolado: El Ideal Peregrinante, como estilo de vida [4]. Y les enseñó a entender y a vivir la vida como una Peregrinación.

La sed de almas que quería despertar en los suyos le llevó a comprometerles por una Cristiandad«ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo».

Y, al cesar en la Presidencia Nacional de la Juventud, echó sobre sus hombros la tarea de buscar ayuda económica a los que un día fueron sus presididos y a quienes ahora el Señor llamaba a su sacerdocio.

Ordenado sacerdote (era entonces feligrés de la Parroquia de San Ginés, de Madrid), tras su estancia en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde dirige el Colegio Mayor Sacerdotal Jaime Balmes (era Rector del mismo) y es el Director responsable del grupo de vocaciones tardías que se formaba en la misma, es designado Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica.

Forja un proyecto de Colegio de Consiliarios de Acción Católica. El Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de España, Enrique Pla y Deniel, le comunica que puede presentar el proyecto de Casa Sacerdotal de Obras Apostólicas del Consejo Superior de la Juventud de Acción Católica a la Dirección Central de la Acción Católica Española y redacta el «Proyecto de Reglamento de la misma».

Intensa y fecunda actividad como Consiliario, extendiendo los Cursillos de Militantes de Cristiandad desde el Consejo Superior. Cuando cesa en la Consiliaría Nacional, la Juventud de Acción Católica presenta un balance más optimista que cuando tomó posesión y aparece de nuevo a la vanguardia de la juventud cristiana de España. La fórmula es sencilla: Evangelio.

Siete largos años de enfermedad, que le reducen a la inmovilidad y a la impotencia, y también a la soledad, le van clavando más y más a la Cruz, hasta su muerte ejemplar en 1964, poniendo su espíritu en manos del Padre.

Pero la verdadera vida de Manuel Aparici ha sido su muerte. Una muerte de siete largos años. El incansable viajero, atado a un sillón. El apóstol impaciente, en la impotencia completa de actuar. El orador de Zaragoza y Santiago, capaz apenas de una conversación, con la ayuda muchas veces del oxígeno. El enamorado de su sacerdocio, imposibilitado con frecuencia para decir Misa en su pequeño oratorio. Una muerte gustada, cada vez más profunda, hora a hora.

En un féretro humilde, a hombros de viejos amigos, iba un inmenso corazón roto, a la vez fuerte y frágil, indoblegable y tierno, reciamente fiel a la verdad y sensible a los dolores y a las necesidades de los hombres. Corazón ejemplar de hijo y de hermano; de seglar al servicio de la Iglesia y de sacerdote; de apóstol sin fisura y de cristiano universal. Ya está en paz, en la paz de Dios, su inmenso, su santo corazón roto. Con él se iba uno de los hombres que más profunda huella han dejado en la Acción Católica y en la Iglesia de España durante esos treinta años (de los años 30 a los 60). Nos brindó el ejemplo -casi heroico, casi inimitable- de un apóstol vigoroso.

«Julio, -le diría un día a su buen amigo Julio Navarro Panadero, sacerdote de la Archidiócesis de Madrid- ahora sé decir Misa». Cuando se estaba inmolando en el altar con Cristo sacerdote.

Su pasión eran los sacerdotes. ¡Cuánto celo puso siempre por la santificación de los sacerdotes! Fue uno de los grandes promotores de un movimiento de vocaciones tardías, que superaron ampliamente el número de 2.000: Maximino Romero de Lema, Mauro Rubio, los hermanos Roca, Raimundo Paniker, Federico Suárez, Federico Sopeña y el adelantado de todos, él. Discípulos suyos llenaron todos los Seminarios y todos los Noviciados. Dejaba una impronta de celo sacerdotal y espíritu apostólico dignos de admiración.

Han pasado los años. Y en quienes le conocieron y trataron, o recibieron el influjo de su apostolado, se afianza su fama de santidad, al que el Cardenal D. Angel Herrera Oria le calificó de «Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa».

 

 

 I

 

¿POR QUE CAPITÁN DE PEREGRINOS?

 

 

Porque capitaneó a toda una generación juvenil en un largo peregrinar de doce años, que culminó en la gran cita ante el Apóstol Santiago en 1948 [5], la mayor peregrinación llegada nunca a Compostela [6], meta de perenne peregrinación para impulso y sostén de un renacimiento cristiano, en cumplimiento del voto de peregrinar para llevar almas de jóvenes a Cristo y hacer de España la soñada Vanguardia de una Cristiandad «ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo», urgida por S.S. el Papa Pío XI.

Con su ardoroso espíritu apostólico, fue su máximo propulsor. Cuando convocaba a los Jóvenes de Acción Católica a peregrinar les convocaba para que aspirasen al espíritu ardiente de los Hijos del Trueno como estilo de vida.

En fecha que se desconoce, Manuel Aparici escribe:

«La Juventud de Acción Católica Española, por los Presidentes de los Consejos Diocesanos, me otorgó el 2 de febrero de 1941 el título de “Capitán de Peregrinos” . A ese título no renuncié al ingresar en el Seminario, porque es irrenunciable  ... pues ser “Capitán de Peregrinos” entiendo que supone marchar delante en el abrir camino …

Hace tiempo que me hizo comprender el Señor que si se paraba el “Capitán” obligaba a detenerse a todos los peregrinos. Además, terminada la guerra en Europa ha vuelto a quedar abierto el Camino de Santiago y creo conveniente que renovemos nuestro fervor y entusiasmo para acometer con fe iluminada ... ».

En marzo de 1941 anotaba en su Diario Espiritual:

«Si Tú me has puesto en cargo de primero, eso debo ser, y si no soy yo, seré culpable de que los demás no sigan»

Y cuatro años después, aproximadamente, concretamente el 24 de agosto de 1945, volvía a anotar:

«Ese título hace que muchísimas miradas de jóvenes, seglares y eclesiásticos, estén puestas en mí. Si yo soy todo de Jesús, El cumplirá su deseo de atraerlas a su amor por medio del mísero instrumento que escogió».

 

 

II

 

EL IDEAL PEREGRINANTE

 

 

Quiso dar ese sello de peregrino constante a nuestra Juventud para restaurar el sentido dinámico de la vida cristiana, porque ésta no es más que un ir constante al Padre. Este distintivo específico de la Obra empieza propiamente con la peregrinación a Roma en 1934. En ella se ratifica la vocación peregrinante de la Juventud de Acción Católica Española.

«Es la ocasión -dice- en que se manifiestan las ventajas que puede reportar la peregrinación» [7].

En la gestación de este Ideal se dan los tres momentos característicos de toda verdadera peregrinación: una situación de partida, una llamada de Dios y una respuesta a esa llamada.

La situación de partida está reflejada en las palabras con las que, el 1 de febrero de 1936, Manuel Aparici, acompañado por otro miembro del Consejo Superior, presenta al Papa Pío XI el proyecto de peregrinación a Santiago:

«Las almas huyen del Señor; por todas partes la apostasía y el materialismo aumentan, allí en España tenemos un sepulcro casi olvidado entre sombras de paganía; pero él guarda los restos de un apóstol. ¡Padre! Déjanos que convoquemos junto a sus cenizas a las Juventudes de Acción Católica de las Españas. Allí aprenderán su lección. Y la Juventud de Acción Católica de la Hispanidad será un sólo apóstol. Se llenará de tu angustia por las almas y se aplicará del todo a tu servicio».

La respuesta del Papa fue trazar sobre sus frentes la señal de la cruz bendiciendo la empresa.

La llamada de Dios, ya implícita en la bendición del Pontífice, se ve clara y explícita en la Encíclica de Pío XI que, trece meses más tarde, el 14 de marzo de 1937, publica bajo el título «Mit Brennender Sorge» («Con viva ansiedad») en la que el Papa formula su apremiante llamada a una «Cristiandad ejemplar».

Es evidente que, no sólo por las circunstancias históricas en que se produce esta llamada sino por el tenor mismo de su contenido, Pío XI no pretende una vuelta al viejo concepto de «Cristiandad» no exento de connotaciones políticas, sino que urge a la Cristiandad -«conjunto de fieles que profesan la religión cristiana», como la define en su primera acepción nuestro diccionario- a que vivan su Fe en plenitud, para salvar al mundo.

La respuesta a esa llamada es inmediata. La Juventud de Acción Católica halla en las palabras del Papa como una invitación a cumplir el ofrecimiento de peregrinar a Santiago para convocar allí a las Juventudes hermanas en una empresa común de conquista espiritual del mundo para Cristo.

Y formula su «Compromiso de peregrino»:

«Trabajaré sin descanso para hacer de mí mismo, de mi Centro, de mi Patria y de todos los pueblos hispanos una Cristiandad ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo». Porque -se piensa- «si España se decide, sus veinte hijas se agruparán en torno al estandarte de la cruz que ella levante»

y serán así «Vanguardia de Cristiandad», de esa Cristiandad ejemplar que el Papa pide.

Seis años después, otro Papa, Pío XII, recoge de modo expreso la idea, haciendo suyo el deseo de ver a España «alzando con sus manos poderosas una cruz rodeada de todo ese mundo que, gracias principalmente a ella, piensa y reza en castellano y proponerla después como ejemplo del poder restaurador, vivificador y educador de una Fe en la que, después de todo, hemos de venir siempre a encontrar la solución de todos los problemas».

Así se forjó el Ideal Peregrinante. Con este espíritu se vive, durante largos años, la peregrinación espiritual hacia Santiago. Y toda la vida vino a hacerse peregrinación: «Siempre hacia Santiago. Cuando rezamos. Cuando sufrimos. Mientras trabajamos. Mientras nuestro corazón esparce la Semilla Divina … ». Y así, la gran concentración de Compostela, en 1948, fue, sobre todo, «ocasión, expresión y como síntesis» del Ideal de santidad y apostolado al que se sintió llamada aquella Juventud de Acción Católica.

Esta peregrinación no fue una peregrinación más de las muchas que a lo largo de los siglos han acudido ante el sepulcro del Apóstol Santiago. Sus especiales características la definen como una peregrinación histórica, que marcó un hito -el más alto hasta entonces- en la historia de las peregrinaciones jacobeas de todos los tiempos. En efecto

Fue la mayor peregrinación de la historia de Compostela (sólo superada años después, como ha quedado dicho, por la Jornada mundial convocada y presidida por Juan Pablo II en 1989, que, precisamente, tuvo como antecedente inspirador la de 1948) y, seguramente, una de las más intensamente vividas. Acudieron más de 70.000 jóvenes, varones (la peregrinación femenina llegaría pocos días después), en su mayoría españoles, venidos de toda España, que estuvieron acompañados de una importante representación de Hispanoamérica  y de Europa (Portugal,  Francia, Italia, etc.) sin faltar la representación de otras partes del mundo. Por otra parte, muchas comunidades de Iglesia de todos los rincones de España e Hispanoamérica, etc. se unieron espiritualmente a los actos, y en muchos lugares se promovieron rogativas y oraciones especiales por el fruto de la misma.

- Fue la peregrinación vivida de un modo especial y de forma muy intensa (porque ya pensaban en ella en 1932). Bendecida por Pío XI, en audiencia a Manuel Aparici el 1 de febrero de 1936, y prevista para la festividad de Santiago en 1937, las circunstancias históricas por las que pasaron, primero España, y después el mundo entero, obligaron a aplazarla hasta 1948. Fue la culminación de más de doce años de caminar en espíritu bajo la dirección y el aliento de Manuel Aparici. Durante estos años -y aun en una de las épocas más duras de nuestra historia- los Jóvenes de Acción Católica se sintieron «peregrinos a Santiago». Toda la vida de aquella Juventud -vida espiritual, formativa y apostólica- se vivió con talante de peregrino.

- Fue una peregrinación del más alto contenido espiritual. En aquellos años de preparación se fue gestando, creciendo y sublimando, bajo el impulso de Manuel Aparici, el Ideal Peregrinante de la Juventud de Acción Católica: un ideal de santidad (Para Santiago, Santos) y apostolado (Llevar almas de joven a Cristo), porque se buscaba movilizar a las juventudes católicas hermanas de los pueblos hispanos en una empresa común de reconquista espiritual del mundo para Cristo para formar en ellas mismas y en nuestras patrias respectivas la Vanguardia de aquella Cristiandad ejemplar que pidiera el Papa Pío XI.

- Fue una peregrinación bendecida y alentada por la Jerarquía. Bendecida por Pío XI, en 1936. Siete años después, otro Papa,  Pío XII, recoge en 1943 de modo explícito la idea de Vanguardia de Cristiandad haciendo suyo el deseo, y cinco años después, en 1948, en su radiomensaje a los peregrinos les recuerda que están allí «para forjar en ellos mismos una Cristiandad ejemplar». Estuvo presidida, como Legado Pontificio, por el Primado de España, Cardenal Pla y Deniel, y participaron en ella la mayor parte de los Obispos españoles -muchos de los cuales, además,  habían publicado pastorales referidas al acontecimiento- y más de treinta Prelados venidos del extranjero.

El desarrollo histórico del Ideal Peregrinante hacia la «Cristiandad ejemplar» coincide prácticamente con la historia de la Juventud de Acción Católica hasta después de la magna Peregrinación a Santiago de Compostela en 1948; y se relaciona con los «Cursillos de Cristiandad». Por eso, pretender escribir la historia de las peregrinaciones de esa Juventud es tanto como relatar su propia historia. El Pilar, Santiago, Roma y tantos santuarios marianos de nuestra Patria resumen la historia peregrinante de aquella Juventud.

 

 

III

 

UN IDEAL QUE PERMANECE VIVO

 

 

Pero, si el 29 de agosto de 1948, acabó «aquella» peregrinación al sepulcro del Apóstol, el Ideal Peregrinante que la animó siguió vivo durante muchos años. Y aún hoy, permanece vivo.

Es verdad que el relevo generacional en las filas de la Juventud de Acción Católica,  después de las grandes jornadas de Compostela, se hace notar. Muchos dirigentes y militantes se entregan a la vocación sacerdotal o religiosa (3.000 vocaciones acompañarán y seguirán a la del Capitán de Peregrinos). Y muchos otros más buscarán en el matrimonio su camino de santidad. Pero, a pesar de todo, el Ideal permanece. Y, cada año, los Centros de Juventud celebraban la «Conmemoración anual de la la peregrinación a Compostela» y formulan en ella su «Compromiso de fidelidad al Ideal Peregrinante». Porque -se dice- la Peregrinación espiritual está apenas comenzada.

Manuel Aparici, que había participado en la peregrinación de 1948 siendo ya sacerdote, fue nombrado en 1950 Consiliario Nacional. Su presencia otra vez entre los Jóvenes viene a dar un nuevo impulso a la vivencia y difusión del Ideal Peregrinante. El promueve, desde el Consejo Superior, los «Cursillos de Militantes de Cristiandad»: busca formar «militantes» para esa «Cristiandad ejemplar» que hay que forjar. Pero, en 1959, una grave enfermedad -que le llevará a la muerte cinco años después- le aleja de la Consiliaría.

Los años sesenta fueron ciertamente difíciles para el Ideal Peregrinante. La generación de peregrinos a Santiago -y más aún la que vivió los primeros años de preparación espiritual- no está ya en las filas de la Juventud. La propia Acción Católica va a entrar, a mediados de esta década, en un proceso de crisis interna. Manuel Aparici, entretanto, vive con espíritu de victimación su penosa enfermedad, a la que se añade su sufrimiento moral al percibir los primeros síntomas de crisis en su amada Acción Católica. Y el 28 de agosto de 1964, aniversario de la gran peregrinación a Compostela, culmina santamente su oblación, y entrega con plena lucidez y gozosa aceptación su alma a Dios.

Junto a su cadáver se reúnen familiares, amigos, dirigentes de la Acción Católica. Uno de ellos -nos consta-, al despedirse, besa las heladas manos sacerdotales del «Capitán de Peregrinos», y en su interior le pide con fe que el Ideal Peregrinante no muera con él, y se le ofrece a trabajar por ello cuanto sea preciso.

Al año siguiente, 1965, se abre ya claramente la larga y profunda crisis de la Acción Católica Española. El Ideal Peregrinante parece muerto. Sin embargo, podría decirse de él -como de la hija de Jairo- que «no estaba muerto sino dormido».

 

 

IV

 

Y OCHO AÑOS DESPUES DE SU MUERTE

SURGE EL GRUPO DE PEREGRINOS

 

 

 Su primer documento -«Carta abierta: Por una Cristiandad ejemplar»- es un grito de llamada que quiere poner de nuevo, en pie de marcha, el Ideal Peregrinante: un Ideal que sigue vivo.

Por eso, cuando los iniciadores del Grupo de Peregrinos -para preparar el 25 aniversario de la histórica peregrinación- recorren España, en 1973, y visitan a los Obispos y establecen contacto con sacerdotes, buscando antiguos peregrinos, escuchan expresiones como éstas: «Siguen estando encendidas las brasas de aquel Ideal. Soplad sobre ellas y levantaréis una hoguera», Cardenal Jubany. Y se les dice también: «Donde hay una comunidad viva de Iglesia o un movimiento activo de apostolado, allí están presentes, en primera línea, los miembros de aquella generación del 48».

Y cuando encuentran, por todos los lugares de España, a los antiguos peregrinos (así como en Hispanoamérica, obispos algunos de ellos), les impresiona comprobar la fuerza con que viven aquel Ideal: «Si permanezco fiel a mi vocación cristiana, se lo debo al Ideal Peregrinante que nos llevó a Santiago». Y les conmueve el profundo afecto sobrenatural que los une a todos: «Acabamos de conocernos, pero somos amigos desde hace veinticinco años».

Otros veinticinco años han transcurrido ya. A lo largo de ellos, el Grupo de Peregrinos -hoy Asociación de Peregrinos de la Iglesia- ha permanecido fiel, con la gracia de Dios, al compromiso que constituye su vocación y su carisma: no sólo alentar en la perseverancia del Ideal Peregrinante a quienes lo vivieron desde sus años jóvenes, sino también, y sobre todo, a proclamarlo y difundirlo entre las nuevas generaciones, entre todo el Pueblo de Dios.

Cincuenta años después, concretamente el 28 de agosto de 1998, la Asociación de Peregrinos de la Iglesia, nacida hace veintiséis años al calor de ese Ideal, ratificó su compromiso de vivirlo y difundirlo. Porque es plenamente consciente de que no se trata de un Ideal muerto o trasnochado, sino que, salvadas las diferentes circunstancias históricas, sigue vivo.

 

 

V

 

EL IDEAL PEREGRINANTE EN EL ALBOR

DELTERCER MILENIO

 

 

El Ideal Peregrinante, promovido e impulsado por Manuel Aparici, es hoy, en los albores del tercer milenio cristiano, un ideal plenamente vigente, más necesario y urgente que nunca.

Hoy, como ayer, este Ideal nos ayuda a descubrir una situación de partida. Es una mirada al mundo que nos rodea: un mundo, alejado de Dios, al que hay que salvar conquistándolo para Cristo. Y si entonces se hablaba de «sombras de paganía» o de «un mundo profundamente enfermo», acaso ahora el rasgo más definitorio de la humanidad se concrete en esta terrible paradoja: el hombre se aparta cada vez más de Dios, le huye, y al tiempo, sin saberlo, lo busca con más ansia que nunca. ¿No responderá a esta situación el grito que lanzó Juan Pablo II al iniciar su pontificado, y que sigue repitiendo todavía: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo!» …?

En medio de esta situación, escuchamos la llamada de Dios, que nos llega en la voz de los Papas. Entonces fue Pío XI quien pedía «Una Cristiandad ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo». Ahora es Juan Pablo II quien nos urge a «una nueva Evangelización: nueva en sus métodos, nueva en su ardor, nueva en su expresión», para salvar al hombre -«a todo el hombre»- y «a todos los hombres».

Y mientras nos señala una etapa muy significativa en la celebración, ya tan próxima, del gran Jubileo, nuestros Obispos, unidos al Papa, nos instan a que, viviendo la comunión de la Iglesia, participemos activamente en sus programas pastorales.

Ante esta situación y esta llamada, sólo cabe para nosotros una respuesta: un sí rotundo como el que vivieron Manuel Aparici y aquella juventud peregrina, hace ya tantos años, y que podemos concretarlo en unas actitudes definidas, apoyadas en tres ideas fundamentales, que si fueron válidas entonces, con más razón y mayor urgencia lo son ahora: Compromiso de santidad, Espiritualidad peregrinante y vocación hispana.

 *  Compromiso de santidad

¡Ser santos! Esta fue la aspiración y el compromiso de aquella juventud capitaneada por Manuel Aparici. «Para Santiago, santo», se decía el Angel del Alcázar, y se repetían los peregrinos a Santiago. Y esto ocurría muchos años antes de que el Concilio Vaticano II proclamara con claridad meridiana la universal vocación a la santidad en la Iglesia: «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquellos del Apóstol: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”».

Espiritualidad peregrinante

Que no es sólo practicar la peregrinación como método de espiritualidad o estilo de vida, sino además, y sobre todo, entender y vivir la vida como una Peregrinación. Porque para Aparici:

«Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos».

Muchos años después de haber sido formulada esta definición por Manuel Aparici, el Concilio Vaticano II proclamará en todos su textos el carácter peregrinante de la Iglesia y la espiritualidad que de ella se deriva. «La comunidad cristiana -dice el Concilio- está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos». Y en otro lugar: «La Madre de Jesús antecede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios». Y lo repite incesantemente la sagrada Liturgia. Y lo predica y lo vive el Santo Padre, con su palabra y su ejemplo, con su vida, hecha peregrinación a Dios y a los hombres.

 *  Vocación hispánica

Es decir, vocación comunitaria de los pueblos hispánicos al apostolado, para la salvación del mundo. Fue el sueño de Manuel Aparici al concebir la gran peregrinación a Compostela. La llamada de Pío XI le hizo pensar que la Hispanidad habría de ser la Vanguardia de Cristiandad -de esa Cristiandad ejemplar que el Papa pedía-, porque sólo ella podía poner tantas almas al servicio de la Iglesia para salvar al mundo. Hoy, los pueblos iberoamericanos aportan a la Iglesia Católica la mitad de sus fieles. Están, pues, llamados a ser hoy Vanguardia de Evangelización.

Así expuso Manuel Aparici el Ideal de esa Juventud

(Ganar a todo el mundo para Cristo, por el impulso y la fe del alma hispana), el instrumento para ganar el mundo (La Hispanidad: Comunión de Pueblos al servicio de la misión apostólica y evangelizadora de la Cristiandad ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo); las etapas necesarias para su consecución u objetivos parciales y el modo de realizar este Ideal (Peregrinar: Que los jóvenes caminen sobre las huellas de Cristo y de la mano de María hacia la Casa del Padre por la acción del Espíritu Santo y abran camino a las almas hermanas)».

 

 

VI

 

MANDATO DE LA JERARQUIA

DE DIFUNDIR

LA FIGURA, LA VIDA Y LA OBRA

DE MANUEL APARICI, MODELO DE

APOSTOLES SEGLARES Y DE SACERDOTES

 

 

Un día, hace ya muchos años, corría el año 1976, el Grupo de Peregrinos recibía de manos de Mons. Ricardo Blanco, Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, el rico legado de Manuel Aparici. Monseñor Blanco pronunció unas palabras de emocionado recuerdo, glosando la personalidad y la obra de Manuel Aparici, a quien evocó en sus tres facetas de «humilde converso», «apóstol infatigable» y «víctima».

Veintiocho años después, el 13 de julio de 1994, día de la apertura de su Proceso diocesano de Canonización, Mons. Francisco Javier Martínez, Obispo-Auxiliar de Madrid-Alcalá, que presidía por ausencia del Sr. Cardenal, instó, refiriéndose a las generaciones que conocimos a Manuel Aparici, a que, fieles a su espiritualidad, difundamos su vida y su obra; y no sólo eso, sino también -y tenemos la grave responsabilidad de ser los únicos que podemos hacerlo- de dar testimonio, ante la Iglesia y la sociedad de hoy, de la aportación de la Iglesia de aquellos años a la sociedad española, tan rica y tan fecunda, y hoy tan ignorada e incluso silenciada por no se sabe qué extraños pudores.

Cuatro años después, el 29 de Agosto de 1998, nos encontrábamos ante la Tumba del Apóstol Santiago con motivo de las Bodas de Oro de la magna Peregrinación a Santiago en 1948 de la Juventud de Acción Católica para renovar el compromiso de fidelidad al Ideal Peregrinante, hoy más necesario y urgente que nunca.

En su homilía, el Sr. Arzobispo de Santiago, Mons. Julián Barrios, nos decía, entre otras cosas:

«Damos gracias a Dios al recordar hoy el cincuenta aniversario de la gran peregrinación mundial de la Juventud a Santiago de Compostela en agosto de 1948, capitaneada por “el Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa” que fue Manuel Aparici. Hombre dócil a la acción del Espíritu, vivió desde la gracia y la fe, dio un valor sagrado a toda su existencia y se supo en las manos amorosos de la Providencia, no dejándose llevar por el desánimo o el pesimismo. Y sigue siendo una referencia sin ambigüedad en la participación laical en la misión de la Iglesia. Vuestra presencia, queridos peregrinos, es memoria, realismo e intuición profética. Memoria que nos lleva no a la añoranza, sino a evocar el afán apostólico y la alegría que fueron la urdimbre de la peregrinación de entonces y a mirar fielmente nuestro pasado de fe. Realismo que nos invita a tomar conciencia de los desafíos del presente y de los esfuerzos que se realizan. Intuición profética para mirar hacia el porvenir y tratar de consolidar la obra iniciada. Son las tres perspectivas para averiguar lo que Dios nos está pidiendo en estos momentos y desde las que la Iglesia nos invita a comprometernos en la tarea de la nueva evangelización y a “reformarnos para servir mejor a la humanidad”.

“Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No tengas miedo, que, si no, yo te meteré miedo de ellos”. Anunciar el Evangelio y promover la fe, construir una cultura nueva de solidaridad y revitalizar la Iglesia y las comunidades cristianas a la luz de la tradición apostólica fueron objetivos que alentaron el ideal Peregrinante de la Juventud de la Acción Católica de 1948, con una honda dimensión espiritual. Cuando estamos en el umbral del tercer milenio este Ideal Peregrinante es plenamente vigente, necesario y urgente para mirar a Dios como origen y meta de toda nuestra existencia y para ver desde Dios las realidades que hemos de ir transformando conforme a los criterios del Evangelio».

 

 

VII

 

ESTA ES LA HERENCIA QUE RECIBÍS

 

 

Y para finalizar nada mejor que terminar con las palabras, un mandato, de nuestro «Capitán de Peregrinos», Manuel Aparici que, ahora como entonces, nos dice:

«Esta es la herencia que recibís: El compromiso … de edificar la Vanguardia de Cristiandad. Porque la Cristiandad es la porción del Cuerpo Místico que se desarrolla y crece con el tiempo, el Reino de Dios que, aun estando dentro de nosotros, se proyecta y aflora al exterior en la organización familiar, social, política e internacional. Y esto es la Acción Católica, ante todo y sobre todo vida, vida cristiana, de gracia o sobrenatural, que fluye de la cabeza a los miembros y, precisamente, porque es vida, y la vida es tendencia a la unidad, es unidad de todas las fuerzas católicas en torno al centro y fuente de vida que es el Papa y los Obispos. Y a España corresponde ir en Vanguardia en la empresa de rehacer la Cristiandad. Pero la consecución de este Ideal no es posible sino haciéndose cada joven de Acción Católica peregrino de un eterno camino de santidad … Más el alma a quien el Señor enciende esta santa ambición no tiene más que un corazón, una boca, unos pies y unos brazos. Porque la regeneración del mundo debe venir por España, pero la de España por vosotros jóvenes. Pero lo primero para hacer de nosotros mismos Vanguardia es vivir el dogma de la Comunión de los Santos y de la Universalidad de la Redención».

Para lograrlo necesitamos a María, «la Estrella de la Nueva Evangelización». «Que Ella, que con su Hijo Jesús y su esposo San José peregrinó hacia el templo santo de Dios, proteja el camino de todos los peregrinos».

Que María bendiga también hoy los afanes y proyectos peregrinantes de estos sus hijos de España, como camino de renovación espiritual y movilización apostólica del Pueblo de Dios, bajo la dirección de sus Pastores, en actitud de fidelidad y adhesión a la persona y magisterio del Vicario de Cristo, en el ámbito del Gran Jubileo del año 2000.

 

 

EPILOGO

 

 

S.S. Juan Pablo II -en la bula de convocación del jubileo «Incarnationis mysterium»- nos recuerda que la «peregrinación ha sido siempre un momento significativo en la vida de los creyentes, asumiendo en las diferentes épocas históricas expresiones culturales diversas. Evoca -nos dice el Papa, haciendo una bellísima síntesis de la espiritualidad peregrinante- el camino personal del creyentes siguiendo las huellas del Redentor: es el ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por las debilidades humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de preparación interior a la conversión del corazón. Mediante la vigilia, el ayuno y la oración, el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana, esforzándose por llegar, con la ayuda de la gracia de Dios, “al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13)».

 

 

ANEXO

 

ALGUNOS TESTIMONIOS

MUY CUALIFICADOS SOBRE EL

«CAPITÁN DE PEREGRINOS» [8]

 

 

Mons. Ricardo Blanco, glosando la personalidad y la obra de Manuel Aparici, le evocó en su tres facetas de «humilde converso», «apóstol infatigable» y «víctima».

«Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa» (Cardenal D. Angel Herrera Oria).

«Desde 1948 está vivo en Santiago el recuerdo de Manolo y su obra» (Cardenal Arzobispo de Madrid D. Antonio Mª Rouco Varela cuando era Arzobispo de Santiago de Compostela).

«Conocí a D. Manuel Aparici y pude admirar su obra entre la juventud, así como su vida ejemplar y gran espiritualidad en la dirección de jóvenes y sacerdotes, por lo que le hacen merecedor de los más grandes elogios. Puedo asegurar que su fama de santidad está viva en la Archidiócesis y también difundida en otros pueblos y regiones. Sus virtudes, que todos admiraron, su ilimitada dedicación al apostolado, su fe inquebrantable en la divina providencia, arrastraron a muchos jóvenes a seguir su ejemplo e incluso a abrazar el sacerdocio, llegando algunos al episcopado … » (Cardenal D. Angel Suquía Goicoechea cuando era Arzobispo de Madrid-Alcalá).

«Fue un hombre extraordinario. ¡Cuánto bien podría hacer, en la Iglesia de hoy, su ejemplo, como seglar y como sacerdote! … Me hablaban todos de la vida interior de  Manolo, de la exquisitez de conciencia, de la entrega total. Al hablar así,  hablan de sus virtudes en grado heroico porque no solamente la fe, sino la caridad que se entrega, una entrega total es lo que caracterizaba a Manolo. Llevaba fuego en su interior; cuando hablaba parecía no un sacerdote, sino un carismático, uno que está ungido por el Espíritu Santo. Era de una vida interior muy subida, muy fuerte. Lo que más le distinguía era la humildad y la entrega total. Que son dos virtudes básicas para decir que uno es santo; pero la entrega total sin recompensa humana de ninguna clase. Sería un gran modelo de seglares y de sacerdote» (Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón).

«Estimo seriamente -afirma Mons. Maximino Romero de Lema, Arzobispo de Città Nova, que la fama de santidad tiene un fundamento y que esta Canonización será provechosa para la Iglesia: ejemplo para la juventud y para los sacerdotes. Como Presidente de la Juventud de Acción Católica, su vida fue siempre ejemplar. Y los años de su sacerdocio estuvieron marcados por una espiritualidad profunda, con mucho sufrimiento».

«Traté a muchos seglares de entonces beneficiados por su labor sacerdotal y todos se hacían lenguas sobre su grandeza de alma y sus acendradas virtudes. Fue todo un modelo para el clero y para el laicado español» (Mons. Antonio Montero Moreno, Arzobispo de Mérida-Badajoz).

«No pueden imaginarse la inmensa alegría que me han dado con la noticia sobre nuestro inolvidable Manuel Aparici. No cejen en el empeño de incoar la causa de beatificación y canonización de esta grande alma. El bien que puede hacer el ejemplo de su vida, enfermedad y muerte, es grande. ¡Animo y a conseguirlo!». (Mons. José María García Lahiguera, Arzobispo de Valencia).

«De sus virtudes humanas, cristianas y sacerdotales en grado heroico huelga insistir. Son de sobra conocidas. Y lo mismo cabe decir de su santa muerte, que sobrevino tras larga y penosa enfermedad, vivida con temple espiritual de santo, en agosto de 1964. Sería un gran bien para la Iglesia y para el mundo el reconocimiento de la santidad en hombres como éste. Particularmente en los tiempos presentes, cuando urge revitalizar la Acción Católica, habida cuenta de la falta de ardor y del debilitamiento de la conciencia misionera en no pocos espíritus de la Iglesia. Vivimos tiempos recios. ¿No es, además, Manuel Aparici -gran varón cristiano y apostólico- un ejemplo a imitar por los sacerdotes seculares diocesanos? En ambos sentido es importante su canonización. Supondría un fuerte aldabonazo para el despertar de la conciencia del sacerdote y del laico en la Iglesia» (Mons. Manuel Ureña Pastor, entonces Obispo de Alcalá de Henares, Madrid, hoy Obispo de Cartagena-Murcia).

«La beatificación de Manuel Aparici sin duda supondrá un gran bien para la Iglesia. Aún sin tratarle personalmente, me encuentro entre los directos beneficiarios de su labor al frente de la Acción Católica. En la actualidad, la difusión de su vida santa será de gran ayuda para la juventud que más que nunca busca ideales verdaderos y sólidos como los que transmitió D. Manuel; su vida encarna un ideal de cristiano laico que al sentir la llamada al sacerdocio hizo la inmolación de su propia vida viviendo con entusiasmo su vocación hasta la muerte; por ello también será ejemplo para las nuevas generaciones de sacerdotes» (Mons. Francisco José Pérez y Fernández Golfín, Obispo de Getafe, Madrid).

Mons. Mauro Rubio Repullés, Obispo Emérito de Salamanca, ha dicho de Manuel Aparici:

«Fue un laico ejemplar, que en sus años de Presidente de la Juventud de Acción Católica Española dio un impulso definitivo a la Acción Católica juvenil comprometiéndola a fondo con Jesucristo y su Iglesia. Su ejemplo personal supuso no sólo el avance definitivo del apostolado seglar en España, sino que influyó en la aparición de numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas en todo el país, y entre ellas la mía.

De su testimonio cristiano y apostólico yo subrayaría el valor que dio siempre a la oración, practicada diariamente por él durante varias horas, su servicio a la Iglesia, a la que quería apasionadamente, y su espíritu jerárquico, que tanto bien hizo a seglares y sacerdotes».

Por su parte, Mons. Rafael González Moralejo, Obispo Emérito de Huelva, ha dicho de él:

«Conservo un recuerdo sumamente emocionante de algún acto celebrado en Valencia con motivo del día del Seminario en el que Manolo tuvo la intervención final, tras las de varias personalidades de la vida diocesana y civil de aquella Archidiócesis. El era todavía seglar … mientras que yo ya era seminarista. Habló más que con entusiasmo, con verdadero fervor, con profundo sentido espiritual y apostólico, y causó extraordinario impacto en todos, sacerdotes y seglares, jóvenes o adultos.

Supe luego, cuando entró en el Seminario, de su profunda piedad, de su espíritu de sacrificio y de penitencia -en el Seminario de Madrid hacía un frío terrible, a causa de los destrozos de la guerra- y de su vida de oración y siempre de apostolado. Supe también, con frecuencia, de su vida de sacerdote, especialmente, cuando bien pronto comenzó a sentirse enfermo y tuvo que dejar, poco a poco,  la actividad exterior y vivir con enorme sentido apostólico, de entrega e inmolación por los sacerdotes, los seminaristas, las vocaciones y la Iglesia.

Para todos era el alma y el impulsor principal de la famosa peregrinación a Santiago

En mi opinión sería un estímulo para la juventud actual conocer la figura de Manolo, en aquel contexto e incluso con todas las connotaciones patrióticas que lo religioso tenía por aquellos años. Porque, en medio de todo ello, lo que sobresalía era la fe, la oración, la esperanza de renovación de la Iglesia en nuestra nación y particularmente de una juventud que, gracias a Manolo y a tantos otros jóvenes apóstoles, supo dar a la Iglesia muchos y excelentes sacerdotes y Obispos».

«En estos momentos de la vida de la Iglesia son muy necesarios los testimonios de una vida seglar cristiana, que muestre la belleza de la fe en medio de la realidad cotidiana de los hombres» (Mons. Francisco Javier Martínez Fernández, entonces Obispo Auxiliar de Madrid con el Cardenal D. Angel Suquía, hoy Obispo de Córdoba). En el acto de apertura de su Causa de Canonización nos dijo: «Tenéis el deber de difundir su figura, su obra y la fecunda experiencia de toda aquella época para el bien de la Iglesia».

«Su recuerdo permanece vivo entre todos, con la gratitud de haber recibido mucho de él», afirmaba Mons. José Capmany, Obispo Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias [9].

«Fue el creador de los Centros de Apostolado de Vanguardia. Con este motivo hubo de desplegar unas actividades que en no pocas ocasiones le supusieron peligros y sacrificios como eran las visitas a los Centros. Tenía un alma de auténtico apóstol de Cristo y se entregó sin reservas. Vino a ser lo que esperaba y fuertemente anhelaba, siendo el sacerdote santo, probado en el crisol de una larga y dolorosa enfermedad, que le sirvió para inmolarse y ofrecerse a Dios como víctima de propiciación a ejemplo del Sumo Sacerdote Jesucristo, inmolado en la Cruz» (Rvdo Mariano Barriocanal).

«Pude detectar en todas sus comuniones una profunda oración y de intimidad amorosa manifestada con leves quejidos que me llegaron a convencer de experiencias místicas y profundamente contemplativas» (Rvdo. Manuel López Vega, compañero de Manolo Aparici en el Seminario).

«Ejerce (era alumno en la Universidad Pontificia de Salamanca) una influencia silenciosa pero muy profunda, sobre varias promociones de estudiantes salmantinos. En el «Balmes» de entonces estudiábamos como fieras, vivíamos una temperatura sacerdotal enardecida respaldados por la dirección espiritual cálida y exigente de Manolo, a quienes muchos de nosotros habíamos entregado confiadamente nuestro corazón. ¡Qué hombre bueno, que sacerdote cabal! Nos cogíamos a su mano porque él nos entraba de verdad en la nube donde el Señor habita: Manolo percibía el misterio de la existencia sacerdotal, paladeaba los jugos de la fe. Era un sacerdote verdadero» (Rvdo. José María Javierre).

«Edificado siempre por su vida santa y apostólica. Durante los años 1940 a 1978 propuse a Manuel Aparici como Caballero de Honor, y la santidad activa a miles de jóvenes “Cruzados y Juventudes Misioneras de la Milagrosa”, en los Colegios de Paúles e Hijas de la Caridad, que le admiraban y seguían con mucho entusiasmo y gran fidelidad  Vivió intensamente sus siete años de sacerdote y víctima, donde labró a hachazos de dolor corredentor su santidad definitiva» (R.P. Veremundo Pardo Escudero, Paúl).

«Dejó una gran huella. Y si no, ¿por qué quiere Dios que a los más de treinta años de su muerte sea recordado en los ambientes eclesiales?» (Joaquín Zamora Navarro).

 

FAVORES Y DONATIVOS

 

Para todo lo relacionado con su Causa de Canonización, de:

comunicación de gracias obtenidas, petición de estampas con la oración, donativos, etc. dirigirse a la Asociación de Peregrinos de la Iglesia, c/Manuel Montilla, 12. 28016 Madrid Tlfn. 91 359 01 12. Fax 91 359 00 84.

 

Pueden hacer llegar sus donativos (los de ustedes, los de sus familiares y amigos, etc.):

 

* Por transferencia  bancaria a la C/C en el Banco Sabadell:

  Entidad: 0081

  Oficina:  0589

  Dígito de Control: 22

  Número de cuenta: 0001035907

 

* Por cheque a nombre de PEREGRINOS DE LA IGLESIA, MANUEL APARICI.

 

* Por giro postal o mediante entrega en efectivo, indicando siempre CAUSA DE CANONIZACION.

 

 

[1]  De su Diario y Cuaderno dice:

«Unos días pasados sin anotar mis acciones diarias, sin anotar, mejor dicho, el móvil de estas acciones: la gloria de Dios. Hoy reanudo mi Diario. El me va a servir como ayuda en esta lucha de la perfección» (9/10/1931).

«¡Un mes largo sin confiar nada a este Diario, especie de espejo de mi conciencia!» (18/12/1931).

«Un día escribo mi Diario y luego transcurre una semana o más sin volver a hacerlo, y así no puedo darme cuenta de si adelanto o retrocedo» (23/1/1932).

«No puedo ya pasar más tiempo sin volver a mi antigua y conveniente práctica de hacer mi balance diario de conciencia y anotarlo en este Cuaderno de mis memorias de vida espiritual» (21/5/1932).

[2]  Su trabajo en el Seminario fue «La Unión con Cristo a través del dolor».

 

[3]  Había sido ordenado sacerdote, con la debida dispensa, al finalizar Tercer curso de Teología y su Obispo, D. Leopoldo Eijo y Garay, quería que completase sus estudio de Teología en la Universidad Pontifica de Salamanca. (Sobre este punto, volveremos sobre el particular más adelante).

[4] Este es el primer folleto de una serie de ellos, en preparación, que desarrollarán las distintas facetas de la figura, la vida y la obra de Manuel Aparici.

[5]  Pero primero se fue al Pilar de Zaragoza (en 1940) para solicitar a María, la primera peregrina, que les alcanzara la gracia de ser apóstoles y luego a Compostela para que Santiago, Apóstol de España, Adelantado, Jefe y Guía Supremo de Peregrinos, les enseñara a serlo.

[6] Sin embargo, cuarenta y un año después, en Agosto de 1989, esta peregrinación era felizmente superada ampliamente por S.S. el Papa Juan Pablo II al reunir en Santiago de Compostela junto a la tumba del Apóstol Santiago la mayor peregrinación de jóvenes de todo el mundo con ocasión de la IV Jornada Mundial de la Juventud; peregrinación convocada y presidida por el Santo Padre para impetrar y recibir de cara al Tercer Milenio empuje apostólico para la recristianización de Europa y de sus respectivos países. (Precisamente en dicho mes se cumplían los veinticinco años de la muerte de Manuel Aparici. Aunque tal vez no lo fuese, no pudo haber mejor acto conmemorativo de tal aniversario del «Adelantado y Capitán de Peregrinos»).

[7]  El 11 de septiembre de 1925 un compacto grupo de jóvenes españoles peregrina a Roma. Eran los adelantados de aquella Juventud Católica que años más tarde sería la Asociación de los Jóvenes de Acción Católica. Este año 2000 se cumplen, pues, las Bodas de Diamante.

[8]  No se incluyen otros muchos testimonios, también muy valiosos, de Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares.

[9]  Algunos Obispos fueron dirigidos suyos, otros lo tienen como modelo y muchos de ellos fueron amigos suyos.

 

Disponible en  

 

GALERÍA DE FOTOGRAFÍAS

"Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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