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PROFUNDA VIDA DE ORACIÓN

Todos los testigos (Cardenales, Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y seglares) coinciden en afirmar que era un hombre de profunda vida de oración, sencilla, pero intensa y edificante, como intensa y edificante era su vida espiritual. Era la base y principio, el fundamento y oxígeno de toda su vida. Vivía en oración constante hasta tal punto que su vida no sabría explicarse sin su vida de oración, porque toda su vida se apreciaba como fruto de la oración. Vivía constantemente esa presencia amorosa de Dios [7].

Cuando no estaba ocupado en tareas apostólicas se le encontraban siempre rezando ante el Tabernáculo, abstraído en profunda contemplación. Se le veía como absorto, ensimismado, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, como si estuviera contemplando la majestad divina. Pasaba horas y horas de rodillas con la cabeza inclinada hacia la derecha. Más de una vez le han visto llorar ante el Sagrario. Era un alma eminentemente eucarística [8]. Impresionaba verle rezar.

Esta era también su actitud cuando celebraba la Santa Misa. «Participar con él en la Eucaristía –dice José Luis López Mosteiro– era un don extraordinario … Un día, D. José Toubes, hablando a los feligreses, con nosotros allí, dijo casi una herejía: “La Misa que vais a oír hoy es extraordinaria, especial. La va a decir, D. Manuel Aparici, nada menos” … (Ya sé que no puede tomarse al pie de la letra; el bueno de D. José Toubes quería decir algo … Y lo dijo. Aquella celebración de la Eucaristía tenía el carisma del sacerdote santo que iba a celebrarla. Y eso no es herejía)».Y esa intensa vida de oración la llevaba tanto antes de su enfermedad como durante ella. Y la mantuvo hasta el día de su muerte. Su día de enfermo era un día permanente de oración. Y en tal estado ¡con qué unción celebraba la Santa Misa cuando se lo permitía su enfermedad y oraba ante el Santísimo en el Oratorio de la pequeña habitación de su casa!

Todos, absolutamente todos, quedaban edificados por su piedad, su amor a la oración y su actitud orante y lo consideraban un maestro, modelo a seguir, tanto en la vida de apostolado como en la vida de oración.

Para varios testigos, entre ellos Mons. Mauro Rubio Repullés, fue favorecido con gracias especiales de oración, si bien ninguno de ellos sabe si tuvo o no experiencias contemplativas o místicas extraordinarias, si bien ninguno de ellos las descarta.

El Rvdo. Manuel López Vega, compañero suyo en el Seminario, afirma que tuvo experiencias místicas y profundamente contemplativas, que era un hombre de Dios, místico. Por su parte, el Rvdo. Francisco Méndez Moreno asegura que un recuerdo que no olvidará son los momentos de oración que hacía en la Capilla. Por último, Mons. Maximino Romero de Lema le califica de «una persona ... muy “mística”» ... «dotado de dones carismáticos especiales», dice José Díaz Rincón, quien añade que se transformaba en la oración.

Irradiaba y trasmitía el espíritu contemplativo a cuantos le rodeaban [9] y les iniciaba en la oración contemplativa. De «espiritualidad contemplativa», lo califica Mons. Maximino Romero de Lema.

Dormía muy poco y dedicaba muchas horas de la noche a rezar ante el Sagrario. En los Cursillos de Cristiandad, pasaba prácticamente toda la noche en oración delante del Santísimo y muchas veces con los brazos en cruz. Y otro tanto cabe decir en los Ejercicios que dirigía. En las horas de descanso, o por la noche, se le encontraba en la Capilla, en el sitio que no pensaba ser visto o en las horas tardías, estaba postrado rezando.

Por otro lado, era de notar la forma tan maravillosa en que sabía poner a la gente en oración, sin despegar los pies del suelo, dejando traslucir su profunda unión interior con Dios y su liderazgo de jóvenes.

Recomendaba vivamente la oración. Quería jóvenes orantes con el gran orante que es Jesús. Les repetía: «Somos orantes o no somos cristianos» [10]. «Sin la oración no hacemos nada» [11].

Pero no solo la recomendaba, sino que creaba a su alrededor un ambiente que ayudaba a orar y enseñaba a orar. Mons. José Cerviño y Cerviño nos dice que, «en sus contactos personales con él, así como en la convivencia en el Colegio Mayor donde vivían [cuando estudiaban en la Universidad Pontificia de Salamanca, Facultad de Teología], éste procuraba siempre estimular en todos el espíritu de oración y la total conformidad con la voluntad del Señor». «Empujaba hacia una espiritualidad intensa, vida de oración, comunión diaria y/o frecuente, etc.» [12]. Pedía constantemente oraciones y oraba también constantemente por las necesidades de los demás.

Podemos concluir, pues, diciendo que Manuel Aparici, como los santos, dedicaba gran parte del tiempo a la oración, que constituye el momento privilegiado para comunicarse con el Señor. En ella encontraba fuerzas para su tarea apostólica y luz para enseñar a los demás el camino de la perfección.

La oración de escucha, contemplación y diálogo de amor frente al Sagrario es –afirman los Peritos Teólogos– una nota distintiva en el desarrollo de su vocación. En la mayor parte de su Diario, Cuaderno, escritos, etc. –añaden– encontramos los diferentes momentos, meditaciones y reflexiones que en un ambiente de oración inspiraban su alma enamorada. Después de cada uno de ellos nos dejaba leer sus frutos y resoluciones.

La oración adquiere una expresión muy especial, es de súplica para poder identificarse con el sacrificio de su entrega en el camino de la cruz y la fuerza espiritual necesaria para no defraudar al Señor y mantener su espíritu de fidelidad.

Nos proyecta su vivencia espiritual en lo que es su especialidad: la oración de entrega y confianza en el diálogo íntimo de amor frente al Sagrario y a las continuas respuestas a la sensibilidad de su vida con miras a la maduración de su decisión fundamental en la consagración del deseo ferviente de ser Sacerdote Santo.

En sus oraciones y meditaciones, nos expresa la intimidad del dialogo de confianza que establece con el Amado. Es una verdadera manifestación de la escucha sincera del Amado que se comunica con un mensaje siempre nuevo y alentador.

Y siempre daba gracias al Señor por todos sus bienes.

Manuel Aparici es un referente en nuestros días para todos seglares y sacerdotes, sanos y enfermos.

[7]  Ver el número especial de BORDÓN, Abril 2002, «LA EUCARISTÍA, ALIMENTO DE LOS QUE PEREGRINAN» Manuel Aparici Navarro, “Capitán de Peregrinos”, y la Eucaristía.

[8]  « ... Tener alma eucarística –escribe José Francisco Serrano en “Alfa y Omega” núm. 218 del 22 de junio de 2000– es un reto para los cristianos ... Nos hace falta un banco de almas eucarísticas ... ».

Tomando las palabras de S.S. Juan Pablo II a los jóvenes peregrinos de la Archidiócesis de Madrid a Roma en agosto del 2002, presidida por su Pastor, el Cardenal Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela, Manuel Aparici nos diría: « ... revitalizad vuestras comunidades situando la Eucaristía en el centro y entregándoos día a día a los hermanos ... ».

[9]  Mons. José Cerviño y Cerviño.

[10]  José Luis López Mosteiro.

[11]  Miguel García de Madariaga.

[12]  César Domínguez Izuel.

Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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