TESTIMONIOS A RAÍZ DE SU MUERTE

 

            1.         Quien nos ha dejado ha sido el fundador

                   de SIGNO, Presidente y Consiliario

                   Nacional de la Juventud de Acción

                   Católica Española y alentador de toda

                   una generación de hombres de bien

 

            2.         Con él se nos va uno de los hombres que

                   más profunda huelle han dejado en la

                   Acción Católica y en la Iglesia de

                   España durante los últimos treinta años

 

            3.         La historia de la Juventud de Acción

                   Católica Española era la historia de

                   Manuel Aparici. No se podrá hablar

                                                       nunca de aquella sin hablar de éste

4.          La realidad superaba a la leyenda

5.          Su humana y espiritual madurez le había constituido en estilo

 

6.          Guía y ejemplo de una generación. Su vida bien merece ser conocida y   

           venerada por las nuevas generaciones

 

7.         Había que entregarse como los mártires ...Y se entregó

 

8.          Pero, ¡cuál ha sido su apostolado más fecundo?

             Su verdadera vida ha sido su muerte

BASTANTES AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE

1.            Manolo Aparici, un coloso de Cristo

2.            Las diversas facetas de su rica personalidad

3.            ¿Queda algún santo por ahí?

4.            Manuel Aparici y otros santos

5.            Entonces, después y ahora de Manuel Aparici

6.            Hombre dócil a la acción del Espíritu

7.            Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón,

               siendo Arzobispo Emérito de Madrid–Alcalá

 

8.            Mons. Antonio Montero Moreno,

               Arzobispo de Mérida–Badajoz

 

9.            Mons. José María García Lahiguera,

               Arzobispo de Valencia

 

10.            Mons. Fco. José Pérez y Fernández–Golfín,

                 Obispo de Getafe (Madrid)

 

11.            Mons. Fco. Javier Martínez Fernández,

                 siendo Obispo Auxiliar de Madrid

 

12.            Mons. José Capmany,

                 Obispo Director Nacional de las Obras

                 Misionales Pontificias

          13.            R.P. Veremundo Pardo Esdudero, Paúl.

 

TESTIMONIOS

Algunos testimonios muy cualificados de su valía cuando aún vivía y otros al día siguiente de su fallecimiento ya han sido ofrecidos en las páginas anteriores. Ahora en este capítulo vamos a ofrecer otros muchos, también muy cualificados y altamente laudatorios, habidos a raíz de su muerte y bastantes años después de su muerte.

 A RAÍZ DE SU MUERTE

Se escribió mucho en los periódicos elogiando su figura. Hubo personajes como Joaquín Ruiz–Giménez [118], Antonio Garcia–Pablos, gente que lo había tratado mucho, que hicieron de él grandes semblanzas.

Sin embargo «en las fichas biográficas que han circulado en periódicos y revistas con ocasión de su muerte –escribe el Rvdo. José María Javierre en INCUNABLE como ha quedado dicho [119]– hay una laguna: un par de años a los que nadie da importancia, entre su primera Misa y el regreso del antiguo Presidente de la Juventud para ocupar el puesto de Consiliario Nacional. Es el tiempo que pasa en Salamanca como alumno de la Universidad Pontificia ...

»Ocurrió que el Señor signó su vida con la tiza de las grandes ocasiones: ocho años en cruz. Según la partida de nacimiento, ya no era joven y, sin embargo, todos le pensábamos como un muchacho escogido por Dios para el sufrimiento. Allí, en su sillón, en la soledad de hombre vencido, esperaba las visitas que casi nunca llegaban … ».

Reciente aún su muerte, SIGNO creyó conveniente dedi-carle un número exclusivamente (el de fecha 5 de septiembre de 1964) para que sus amigos y compañeros dejasen escrito el testimonio de aquellos años. Pero al mismo tiempo se complacía en anunciar a sus lectores que muy próximamente dedicaría un número monográfico extraordinario, no tanto a D. Manuel como a la Acción Católica de su tiempo. Creemos –decía– que es hora de que se conozcan estas páginas de la historia de España, que para muchos permanecen totalmente ocultas.

En efecto, con fecha 5 de enero de 1965 SIGNO publicaba, después de vencer muchas dificultades, un número monográfico extraordinario dedicado a la Juventud de Acción Católica de siempre (Ayer, Hoy y Mañana) en recuerdo y homenaje a este hombre singular, Manuel Aparici, en su honor y su memoria.

«Ha sido preparado –dice en su editorial– con la ilusión que el tema a que se dedica merece. Y con el respeto y cariño que nos inspira la figura amada de quien, con su muerte, nos lo sugirió. La misma figura, grande en la historia de la Acción Católica Española, que fundó este semanario y proporcionó aliento y espíritu profundo a la Juventud de Acción Católica Española: Manuel Aparici».

Con motivo de su publicación S.S. Pablo VI envió una bendición especial para esa Juventud. También la envío el Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España, Mons. Enrique Pla y Deniel al tiempo que pedía que SIGNO fuera un gran instrumento de apostolado para la juventud.

1.      Quien nos ha dejado ha sido el fundador de SIGNO, Presidente y Consiliario

       Nacional de la Juventud de Acción Católica Español y alentadorde toda una

       generación de hombres de bien

» ... Por su larga enfermedad estuvo en los últimos tiempos impedido de poder seguir infundiendo su espíritu a nuestro semanario, a su semanario. No importa que no conozcamos excesivamente la fuente si bebemos en el río. Mejor dicho, si somos río. La pujanza, la sinceridad y la buena voluntad que pretendemos poner cada semana al servicio de la Iglesia estamos seguros que nos llega directamente del hombre que un día de 1936 pensó en SIGNO. En los planes divinos y en su economía nada bueno se pierde.

» ... A nosotros nos imponemos la tarea de trabajar sin descanso por la juventud, deseando que siempre y en todo nos comprometamos como él lo hizo» [120].

2.      Con él se nos va uno de los hombres que más, profunda huella han dejado en la

       AcciónCatólica y en la Iglesia de España durante los últimos treinta años

Al día siguiente de su muerte, Antonio García– Pablos, ex–Presidente Nacional de los Jóvenes de Acción Católica, escribe en el Diario YA lo siguiente bajo el título «GUÍA Y EJEMPLO DE UNA GENERACIÓN»:

«Manuel Aparici ha muerto. Con él se nos va uno de los hombres que más profunda huella han dejado en la Acción Católica y en la Iglesia de España durante los últimos treinta años ...

»Pero para cuantos le conocimos y tratamos, para los que trabajamos a su lado y de él tanto recibimos, será para siempre, en el sacerdocio o en el mundo, donde quiera que estemos, el acicate y el estímulo, el punto de referencia. Con el recuerdo de que en el primer lugar de la jerarquía de valores para el apóstol está la vida interior sobrenatural y el testimonio de la propia conducta. Que es lo que de verdad acerca a los alejados, convence a los que vacilan, enciende a los tibios.

»Mientras nosotros bendecimos tu memoria, que el Señor te premie y nos alcance ser imitadores tuyos».

3.      La historia de la Juventud de Acción Católica Española era la historia de Manuel

       Aparici. No se podrá hablar nunca de aquella sin hablar de éste

«Cuando yo le conocía –escribe en SIGNO Miguel García de Madariaga [121]– ya era D. Manuel. Para algunos colaboradores del Consejo Superior ... era Manolo, pero nosotros éramos muy jóvenes y no le conocíamos. Cómo jóvenes no nos importaba demasiado la historia, pero por muchas razones el nuevo Consiliario despertó nuestro interés. ¿Por qué aquella admiración y gran esperanza que se notaba a nuestro alrededor hacia aquel hombre de mirada profunda?

»Y por boca de él y de otros escuchamos la historia de la Juventud de Acción Católica Española, que era la historia de Manuel Aparici. Y conocimos cómo habían vivido la guerra unos jóvenes que fueron mártires o son hoy sacerdotes, Obispos y dirigentes sociales y políticos de nuestra Patria. Supimos que éstos y otros, no por más obscuros menos entregados a una vida sincera, se comprometieron con la ayuda del Padre a forjar una juventud más limpia, más sana, más comprometida, que se sintiera Iglesia, que se sintiera evidentemente la necesidad de ser santos haciendo santos a los demás. Y recibimos el mensaje de Manolo, de Llanos, de Antonio Rivera, de Ismael de Tomelloso, etc.

»Pero seguíamos siendo jóvenes y poco unidos a la historia, a caso incrédulos, llenos de suficiencia juvenil. Lo que a nosotros nos tocaba era distinto. Lo de aquellos jóvenes había quedado atrás.

»D. Manuel lo sabía y en su programa de extender el amor de Cristo en todas las dimensiones de la juventud, estaba el capítulo de la continuidad en el amor de las generaciones jóvenes. Y en su incansable ministerio apostólico, en la gran parcela que le había encargado la Jerarquía, no hubo otra cosa que sacrificio, esfuerzo continuo y amor. Este lenguaje lo ha entendido la juventud de todos los tiempos.

» D. Manuel supo vincularnos no en lo accidental de los hechos más o menos notables de los jóvenes de la época de su Presidencia, sino a la línea maestra, al eje motor, a la idea madre que desde su nacimiento había movido a la Juventud de Acción Católica Española: el Amor.

»D. Manuel nos supo transmitir el amor, porque amor y entrega pasional fueron sus años de Consiliario. El amor al Padre y a la Juventud fue toda su vida. Y este amor encarnado por la juventud que él presidió, supo transmitirlo, en un esfuerzo que le costó la vida, y acoplarlo en un vibrar unánime a la juventud que le tocó orientar como Consiliario. Y ese gran amor en todos sus sentidos y ese gran vínculo entre generaciones es la gran herencia que D. Manuel nos ha dejado a todos.

»No es atrevido decir que no se podrá nunca hablar de la Juventud de Acción Católica sin hablar de D. Manuel, pues para hacer Juventud de Acción Católica Española habrá que vivir el amor como él lo vivió, y para hacer Juventud de Acción Católica auténtica habrá que sentirse vinculado a su historia en todas sus etapas. En los dos sentidos de ese amor de D. Manuel ha marcado la pauta, pues su apasionada entrega a ese amor y esa vinculación de generaciones le llevó a sacrificarlo todo antes y después de la enfermedad que le recluyera en su casa.

»Estamos seguros que desde el cielo, D. Manuel seguirá cuidando de que estos dos grandes motores del Apostolado juvenil sigan funcionando constantemente.

»¡Colaboraremos, D. Manuel!».

4.      La realidad superaba a la leyenda

«Conocí personalmente a D. Manuel en su última época. Antes era para mí –escribe en SIGNO Alejandro Fernández Pombo [122]– una especie de mito desde la época en que, siendo yo aspirante, él era Presidente Nacional. Cuando lo traté, vi que, cosa excepcional, la realidad superaba a la leyenda ...

»Desde entonces y a lo largo de los años heroicos de su enfermedad le vi con frecuencia, siempre inferior a la que él y yo hubiésemos querido. Incluso en días álgidos de su dolencia, pasé una noche entera a su lado, noche que él procuraba hacer breve hablando más de lo que su enorme fatiga le permitía. Entonces y luego hemos pasado muchas horas hablando de SIGNO, al que él quería apasionadamente, como quería a la juventud. Primero, para darme consignas, y consejos, a veces para regañarme –¡con qué admirable caridad!– por lo que no le parecía bien en nuestro semanario, que solían ser aquellas líneas donde advertía desamor ... En las últimas visitas, cuando él ya había dejado de ser oficialmente Consiliario y yo no figuraba en el equipo de SIGNO, seguíamos comentando sus páginas y él me preguntaba, con verdadero interés por las personas que respondían a los nuevos nombres de redactores y colaboradores.

»Ya digo que me hubiera gustado –sobre todo ahora lo lamento con verdadero dolor– haber hecho más frecuentes aquellas visitas, que tenían para mí la eficacia de una meditación o de un retiro, casi de unos Ejercicios Espirituales comprimidos. Con una maravillosa intuición iba llevando la conversación por aquellos derroteros en que me pudieran hacer más bien sus consejos, sus sugerencias, su manera de enfrentarse con un problema o una situación. Creo, por ejemplo, que le he oído a D. Manuel las más hermosas y edificantes palabras sobre espiritualidad familiar.

»Creo, en fin –y termino con ellas estas deslavazadas y apresuradas impresiones– que debo decir algo que he pensado muchas veces. Nunca he “visto” la presencia de la gracia santificante y santificadora en una persona, como la veía en D. Manuel, os lo aseguro».

5. Su humana y espiritual madurez le había constituido en estilo

«Cuando se nos regala con el acceso a la intimidad dejando diáfanas las dimensiones replegadas del ser –escribe en SIGNO el Rvdo. Manuel Arconada [123]– es cuando, en verdad, resurge la estimación y valoración de la persona. Su riqueza nos lleva, entonces, a la admiración seria y exacta.

 »En este momento en que hay una inquietud de esfuerzo por descubrir, tener y aplicar un estilo, podríamos afirmar –y la consta-tación no sería muy laboriosa– que Manuel Aparici no tenía estilo, sino que su humana y espiritual madurez le había constituido en estilo. Este se hacía substantividad con él: Manuel Aparici es un estilo.

»Vitalidad y peculiaridad, unidad y simplicidad honda, trans-cendencia y esperanza. Sólo su presencia ya era signo de lo sagrado, reafirmado con su gesto, su palabra, su sacerdocio y cuántas veces con su silencio.

»Difícil siempre resulta simplificar en un término la comple-jidad del ser humano y de su espíritu. Sin embargo, a mí se me antoja que a Manuel Aparici le podríamos perfilar como un trazo grueso, nostalgia de Dios. La misericordia del Padre ciertamente le ha introducido ya en la plenitud de su gozo.

»La contextura joanica de su pensamiento y la vibración paulina de su temperamento daba un relieve a su acción sacerdotal que fácilmente ponía a sus educandos en el camino de la búsqueda y el descubrimiento del sentido de Dios en cada coyuntura y circunstancia de la propia existencia; existencia que siempre concebía y plasmaba en el comportamiento como peregrinaje esperanzado hacia la unidad del Padre, en Cristo e impulsado por el Espíritu.

»Su espera dolorosa convertida en sonrisa dolorida se apagó con la muerte de la esperanza que le mantenía terso y angustiado por el encuentro con el Padre para la visión y el gozo.

»Gran paradoja siempre él, por la adultez de su juventud y la jovialidad en su madurez. Paradoja del ser activo y de ocho años de contemplación en el dolor. Paradoja de retiro y presencia; de relevo y permanencia; de inmanencia en el operar y transcendencia en el ser.

»A lo largo de la zozobrante llamada de su última existencia, motivo de reconocimiento de sus limitaciones y finitud, supo identi-ficarse … dar impronta, hartas veces silenciosa e incógnita.

»Los jóvenes dejáronse marcar de su marchamo.

»La juventud se hizo dócil.

»Gran testimonio.

»Manuel Aparici todavía no ha muerto”».

6.      Guía y ejemplo de una generación.

Su vida bien merece ser conocida y venerada por las nuevas generaciones

«Pero Manuel Aparici, guía y ejemplo de una generación como hace pocos días le calificaba Antonio García–Pablos, fue también –escribe Enrique Torres también en SIGNO [124]– el creador de un estilo de buscar la santidad, remozando los clásicos motivos de su mística andariega, olvidada o dormida bajo la losa de un pecado de generaciones tibias e indiferentes …

»Era entonces la hora crítica de España y también del mundo entero. Corrían vientos de persecución y de guerra. Manuel Aparici supo dar a este peregrinar un sentido heroico.

»Humilde, casi olvidado, el que formó una generación de hombres que tanto ha influido en el renacer espiritual y social de España –Prelados, ministros, embajadores, catedráticos, dirigentes– pasó los últimos años de su vida en un santo y callado peregrinar. Era su lección y ejemplo. Era el testimonio con el que ha cerrado su vida y nos ha señalado el camino del triunfo porque morir en gracia santificante es triunfar ...

»Su vida bien merece la pena que sea conocida y venerada por las nuevas generaciones, llamadas a seguir las huellas que él dejó».

7.       Había que entregarse como los mártires … Y se entregó

«Para él la Juventud de Acción Católica había de ser edificada sobre Cristo y nada más que sobre Cristo –escribe en SIGNO el P. Llanos, S.I. [125]–. Era intransigente y vivió ¡en aquel Burgos y aquella España! sin hacer la más pequeña política. Así siguió.

» ... Por entonces fue la magna peregrinación a Zaragoza. Fue el éxito grande de Manuel Aparici, su momento triunfal. Le llamaron el “Capitán de la juventud española”. Su elocuencia llegó entonces a su cénit. Le rodeaban uniformes e insignias. Manolo no se apeó del nivel sobrenatural. Aquellos momentos eran de borrachera nacional. Manolo en su cúspide llevaba la cabeza fresca. Y el corazón encendido …

» ... Fue en el Seminario. Manuel Aparici llevaba ya sotana. Se había entregado. Esta preocupación por la entrega le acompañó siempre. Para llevar la juventud a Cristo había que entregarse. No cabían posiciones intermedias. Ni apostolados que no llegasen hasta el fin. Manuel Aparici seminarista era entonces el mismo que había conocido diez años antes, el mismo que conocería diez años después. La “constante” de Manuel Aparici, su tema, su preocupación, Cristo.

»Fue en Salamanca. Era ya cura. Vivía en aquel Colegio frío y antiguo con otros compañeros de estudio. Le vi ya viejo y gastado en torno de una chimenea y de unos libros. Hablaba –¿cómo no?– de la juventud, de Cristo, de la entrega. Sus fórmulas y sus aspiraciones, las de siempre. Apenas había planes en su plan. No sabía que sería de él. No le importaba demasiado el futuro. Pensaba en aquellos mártires del 36 que habían dado su vida. Ellos acertaron. Había que entregarse como ellos … Y se entregó.

 »Le encontré en un viaje a no sé donde. Hablamos en el pasillo del tren durante toda una noche. Era ya Consiliario Nacional. Le había nacido una preocupación y tarea nueva. Había encontrado su arma para el fin y propósito de siempre. Los cursillos. Iba de unos y se dirigía a otros. Por los cursillos veía entregarse a la juventud para Cristo. Manolo se estaba quemando literalmente en esta su última cruzada. Mejor dicho, la penúltima. Su vía crucis llegaba a la décima estación. Vendían sus vestiduras.

»En junio de 1p64 le vi por última vez. Durante sus siete años de agonía no fueron frecuentes mis visitas. Tendría excusas de esas, pero había una que no le confesé. Manolo, crucificado en un sillón de enfermo, era como una acusación a todos nosotros. Una enseñanza, un sermón demasiado elocuente. Manolo crucificado era, sin embargo, el mismo de siempre, llevado allí por una de esas escalofriantes lógicas de Dios. La entrega desnuda y radical. Todo nuestro movimiento, ¿qué valor cobraba ante aquella realidad? Me despedí como siempre con un “hasta el cielo”. Ya en la tierra, ¿qué más tenía que decirnos?

»El 29 de agosto el responso del viejo amigo. Y el funeral entre los viejos amigos ... Le rodeaban los de ayer, sus discípulos y compañeros de aquellos veinte años atrás ... Los había ministros, obispos, hombres importantes en todos los campos. Manolo había muerto no siendo más que un cura absurdamente enfermo. Nada más y nada menos. Su marcha silenciosa nos dejaba inquietos a todos. Su lección de estos ocho años coronaba una vida integra, total. Empequeñecidos, avergonzados  por su vida y por su muerte ... Manolo, ruega por nosotros».

8.       Pero ¿cuál ha sido su apostolado más fecundo? 

         Su verdadera vida ha sido su muerte

«¿Cuál ha sido el apostolado más fecundo de Manolo? ¿El de sus años de “líder” juvenil? ¿El de su callada época de seminarista? ¿El de sus difíciles tiempos de Consiliario? ¿O el de sus ocho años de agonizante?

»La verdadera vida de Manuel  Aparici  ha  sido su muerte –escribe en ECCLESIA el Rvdo. Miguel Benzo, Consiliario de la Junta Nacional [126]–. Una muerte de ocho años. El incansable viajero  atado a un sillón. El apóstol impaciente, en la impotencia completa de actuar. El orador de Zaragoza  y Santiago capaz apenas de una conversación, con la ayuda muchas veces de oxígeno. El enamorado de su sacerdocio, imposibilitado con frecuencia para decir Misa en su pequeño oratorio. Una muerte gustada cada vez más profunda, hora a hora en la soledad. Alguna vez se le escapaba una amistosa queja. ¡Qué pocos vienen a verme! …

»Diariamente la muerte hacía su obra en Manuel Aparici y la vida en cuantos se acercaban a él. Porque sólo cuando ninguna fuerza humana y ninguna ilusión mantiene al hombre podemos estar seguros de que si, a pesar de todo, permanece en pie, es que el poder de Dios le sostiene.

»Todos los que seguimos trabajando, más o menos acertadamente, en esa Acción Católica a la que Manuel Aparici dio su vida, esperamos que su intercesión invisible cerca de Dios, sea aun más eficaz para el apostolado seglar español de lo que fue su presencia entusiasta entre nosotros».


 

TESTIMONIOS

 

BASTANTES AÑOS

DESPUÉS DE SU MUERTE

De los muchos testimonios habidos después de su muerte recogemos únicamente, al igual que en el punto anterior, algunos de los que consideramos más cualificados e interesantes.

1.      Manolo Aparici, un coloso de Cristo

«En estos días se cumple –escribe José Díaz Rincón en el Diario YA [127]– un nuevo aniversario de la muerte del ejemplar seglar y sacerdote D. Manuel Aparici …

»Es de justicia elemental que a este “Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa”, como le oí llamarle a su amigo el Cardenal D. Ángel Herrera Oria, le dediquemos al menos un recuerdo admirado, agradecido y religioso. Más de treinta años al servicio de la Iglesia, vividos con una intensidad, generosidad y lucidez sin límites. Nueve años antes de morir, Dios le dio una penosa enfermedad que le tuvo postrado en su ruidosa casita, lleno de dolores, problemas, soledad y pobreza, para consumar el cáliz que él había pedido beber y el Señor le ofreció.

» ... Recorrió multitud de veces todas las Diócesis de nuestra Patria, a la que él amaba apasionadamente, para “llevar almas de joven a Cristo”, dando charlas, cursillos, ejercicios, etc.

»Puedo asegurar que, pasados treinta años desde que dejó su responsabilidad, aún le recuerdan con admiración los grandes líderes católicos del mundo entero, como he podido comprobar como miembro del Pontificio Consejo para los Laicos. ¿Quién no recuerda aquellas encendidas intervenciones de Manuel Aparici, llenas de fe, de fidelidad a Cristo y a su Iglesia, de amor contagioso, cargadas de celo y entusiasmo, que hacían vibrar a los más indiferentes?

»Tuve la suerte de conocerle en el ocaso de su vida y le vi entregarse a Dios y a los hombres de tal manera que tengo que afirmar que él alcanzó, e hizo alcanzar a muchas almas, la santidad. Manuel Aparici, sin lugar a dudas, es faro singular del apostolado seglar más genuino y ortodoxo, así como modelo del sacerdocio más exigente. Quisiera invitar a tantos católicos a los que se nos concedió la gracia de tratar con él a recoger su preciosa herencia, con el fin de confiarla a la Iglesia y, si algún día lo considera oportuno, le ponga “en el candelero para que a todos alumbre”».

2.      Las diversas facetas de su rica personalidad

Ya con fecha 10 de noviembre de 1967, a los tres años aproximadamente de haber fallecido, el Rvdo. José Rivera Ramírez le decía a su amigo Blas Piñar López [128]:

«Escribo en nombre de un grupo de personas, amigas de Manuel Aparici, antiguo Presidente y luego Consiliario de los Jóvenes de Acción Católica. Hemos creído verdaderamente importante, e incluso necesario como respuesta a la gracia que Dios nos concedió de tratarle con cierta intimidad, reunir testimonios acerca de las diversas facetas de su rica personalidad. Pensamos en un futuro trabajo que perpetúe la luz de su doctrina y de su vida. Puesto que, “no se enciende una lámpara y se coloca debajo del celemín, sino encima del candelero para que alumbre a todos los que están en la casa”. (Mat. 5-15).

»Creyendo que sería de máximo interés tu juicio, nos tomamos la libertad de enviarte la nota adjunta, rogándote nos expreses tu  pensamiento respecto de ambos aspectos –doctrina y vida– así como los detalles o anécdotas que recuerdes y creas oportuno.

»Naturalmente lo apuntado no pasa de ser una ayuda que pueda facilitar tu respuesta, indicándote las líneas de nuestro propósito. Es claro que importa cuanto quieras escribir sobre él y cuantas sugerencias se te ocurran para matizar o ensanchar nuestras propias ideas.

»Conociendo tu amistad con nuestro querido Manuel Aparici, no dudamos que, pese a las muchas tareas que sin duda traerás entre manos, encontrarás momento oportuno para responder con amplitud y precisión. Y a pesar de exigirte un nuevo trabajo, sentimos alegría al hacerte partícipe de esta ilusión, de la gracia que Dios vertió sobre él, produzca su eficacia entre los hombres que tanto ama.

»Puedes contestar a mi nombre a las señas del membrete: Casa Diocesana de Ejercicios “EL BUEN PASTOR”, Toledo.

 

Nota adjunta a la carta.

Sugerencias para un posible trabajo sobre

D. Manuel Aparici

 

»Nos interesaría toda aportación respecto a su pensamiento y su manera de presentar realidades e ideas tan caras para él, como: La Trinidad, Cristo, la Virgen, el Cuerpo Místico, la Gracia, la Fe, la Caridad, el Sacerdocio, la figura del seglar en la Iglesia, la Juventud, el Apostolado, la Obediencia, la inmolación (sentido cristiano del dolor, enfermedad, mortificación, humillaciones, etc.).

»Hay algunos puntos que nos parecen muy característicos de su “espiritualidad”, así: La Paternidad divina (que tan reflejada veía en el maternal amor humano), la Peregrinación como estilo de vida cristiana, la Misión de España en la tarea universal de la Iglesia sobre todo de América Latina, su visión de la Hispanidad.

»Igualmente pensamos que en su vida dio muy singulares ejemplos de no pocas virtudes, como: La fe constante y sin desfallecimientos en las circunstancias más adversas, la confianza en Dios, el celo apostólico, con sed insaciable de que los hombres vivieran en gracia, la obediencia como postura amorosa, filial, tanto respecto a la Jerarquía de la Iglesia, como en lo tocante a su propia madre.

»Como decimos, todo esto no pasa de ser unas sugerencias incompletísimas que en su contestación puede enriquecer».

3.      ¿Queda algún santo por ahí?

«Miremos detenidamente a nuestro alrededor –escribe Juan Abarca Escobar en el Diario YA con fecha 26 de julio de 1994 bajo el título GENTE CORRIENTE–, en nuestra propia casa, por ejemplo. Y si no, entre la vecindad, en el centro de trabajo, en las asociaciones esas a las que pertenecemos, entre nuestros amigos y conocidos. ¿Hay algún santo por ahí? Seguro que nadie se da por aludido, pero los hay ... ¿Qué cómo identificarlos? Sí, hombre, tiene que conocerlos. Son esos tipos raros que no suelen andar juzgando al prójimo, que son pacientes y serviciales, que no son nada envidiosos, que no van por ahí jactándose de esto o aquello. Sí, hombre, esos tipos pintorescos que no buscan su interés personal, no se irritan a las primeras de cambio, no van echando cuentas del mal ajeno, luchan por la justicia, se alegran con la verdad, son una fuente que mana esperanza ..., te echan una mano, no te ponen la zancadilla.

»En los años cuarenta también los hubo ... Sin ir más lejos (y podríamos hacerlo y llenar esta columna de nombres), en aquellos años vivió Manuel Aparici, un hombre que no ejerció de cristiano hasta los 27 años en que se convirtió, que luego dirigió movimientos juveniles apostólicos de Acción Católica y que fue una vocación tardía para el sacerdocio, un sufridor silencioso en la enfermedad y un prematuro donador de su vida. Por todas esas razones, que tuvieron sello de heroicidad. se ha abierto su proceso de beatificación, porque en ello se han empeñado algunos de los que le conocieron y trataron.

»Habrá quien piense –yo mismo, por ejemplo– que a qué vienen esas proclamaciones de santidad, que suenan a música celestial en manos de malos compositores. Si Manuel Aparici levantara la cabeza –como suele decirse–, seguro que echaría una amable bronca a quienes han presentado tal proyecto. Pero es probable que alguno de sus amigos le tranquilizara diciéndole que es conveniente dar a conocer el bien, que tanto abunda y del que tan poco se sabe, para contrarrestar la difusión del mal, que tanto ruido hace. Y el bien tiene, muchas veces, nombres y apellidos, muchos nombres y apellidos. ¿Por qué no propagarlos?

»La apertura de la causa de beatificación que contamos finalizó cuando alguien entonó el Himno de los Jóvenes de Acción Católica, y se oyó aquello de “llevar almas de joven a Cristo, inyectar en sus pechos la fe ... ”, que muchos de los presentes en el acto habíamos cantado tantas veces. A más de uno se le vinieron imágenes del pasado y lágrimas del presente. Fue lo que nos movió entonces y es lo que nos sigue moviendo espiritualmente ahora, pues aún no estamos jubilados de entusiasmos.

»Por lo demás, hay santos para rato. No caben en el santoral. Tampoco es imprescindible aparecer allí. Busquémoslos entre la gente corriente».

4.      Manuel Aparici y otros santos

«Pero hoy tengo otro motivo para felicitarles y agradecerles: el artículo de Juan Abarca, titulado Gente corriente, en el que hace mención a Manuel Aparici (Manolo) ... Recuerdo las palabras con que se anunció su ingreso en el Seminario: “Como no se puede hacer la Vanguardia de Cristiandad sin sacerdotes, me voy al Seminario para así demostrar que la Juventud de Acción Católica sabe predicar y al mismo tiempo dar trigo. Sí, hay muchos santos por ahí ...

» ... Lleva razón Juan Abarca hay santos para rato entre la gente corriente» [129].

5.      Entonces, después y ahora de Manuel Aparici

«Se cumplen hoy treinta años de la muerte de Manuel Aparici, cuyo proceso de beatificación se abrió el mes pasado en Madrid, ciudad en la que había nacido y en la que murió –escribe Alejandro Fernández Pombo en el Diario YA de fecha 29 de agosto de 1994–. Cuando falleció en 1964 era todavía joven para encontrarse con la muerte, además de que la juventud, que tan intensamente había vivido, parecía haberse vuelto en él eterna, como la del famoso mito que buscaron inútilmente los conquistadores. Pero, seguramente, ahora nos damos cuenta; fue la entrega a los jóvenes y por los jóvenes lo que acortó su vida, le acarreó enfermedades y le ocasionó penosas dolencias.

»Fue Aparici un hombre de su tiempo, que es tanto como decir que se encarnó en su mundo, vivió los problemas de su época y conectó con sus contemporáneos. Todo eso le honra, especialmente por haberlo hecho con tanto entusiasmo como eficacia y tanto heroísmo como renuncia. Pero esa misma condición de haber sido “muy de su tiempo” puede ser la causa de que su nombre pase al olvido, y que la fidelidad a su circunstancia temporal le aleje de los que viven otra coyuntura tan distinta como es la actual. Tal vez por eso, quienes le conocimos, pero por ser más jóvenes que él le hemos sobrevivido, estamos obligados a dar razón de su comportamiento en función de los trances de su existencia.

»Hay dos periodos clave en la vida de Manuel Aparici. El primero, cuando los años treinta y cuarenta –república, guerra civil, postguerra– se convierte en dirigente máximo de la Juventud de Acción Católica en los momentos del mayor auge –en parte, gracias a él– de esta participación de los seglares en el apostolado jerárquico. También cuando una nueva generación tenía que encontrar su sitio después de colgar las armas.

»En esta etapa a veces heroica, siempre peregrinante, su biografía se encuentra con la de Ángel Herra Oria, en el que siempre vio Manuel Aparici un hermano mayor. Los dos fueron vocaciones tardías para el sacerdocio, o quizás mas bien tempranas vocaciones cumplidas tardíamente, tras cumplir su misión, hacer algo en el mundo secular que realizaron plenamente ... Cuando éste vuelve del Seminario, llega su segundo momento estelar, si vale el adjetivo, como Consiliario de los nuevos jóvenes de Acción Católica. Sería interesante profundizar en las diferencias que encuentra entre una y otra juventud: la que había dejado en 1941 (la mayoría participantes en una guerra tan especial como había sido la nuestra del 36 al 39) y la que le aguarda en el cincuenta y tantos, los niños de aquella guerra hechos hombres; con menos entusiasmo, pero no menos conciencia; con ganas de asomarse al exterior y con más sentido autocrítico, pero no menor generosidad; sin heridas de guerra, pero con recuerdos de hambre y a veces de falta de justicia. Pero todo eso no es para un breve artículo, sino para el libro que deberá escribirse.

Ahora sólo queremos recordar que en una época y en otra Manolo, o D. Manuel, fue ejemplo de entrega, amor y servicio, aunque también de modelo de organización, de capacidad de trabajo y selección de dirigentes; se sacrificó a sí mismo y, cuando llegó el dolor, le aceptó sin alterar el talante ni desprenderse de la sonrisa, mínima, casi ratonil, pero cordialísima. Me tocó pasar alguna noche en vela con él, de acompañante o enfermero, y pude apreciar, más que otras veces, su asunción del dolor sin quejas, su ilusión por una vida que se le escapaba, el don de consejo que poseía y administraba con oportunidad y su afectuosa simpatía. Su amor a Dios fue el amor a la juventud, permanente “primavera de la vida”».

6.      Hombre dócil a la acción del Espíritu

En la homilía pronunciada por Mons. Julián Barrio, Arzobispo de Santiago, en la Misa del Peregrino del 29 de agosto de 1998, cincuenta aniversario de la gran peregrinación mundial de la Juventud de Acción Católica a Santiago de Compostela en agosto de 1948, capitaneada por “el Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa” que fue Manuel Aparici, dijo entre otras cosas:

« ... Hombre dócil a la acción del Espíritu, vivió desde la gracia y la fe, dio un valor sagrado a toda su existencia y se supo en las manos amorosas de la Providencia, no dejándose llevar por el desánimo o el pesimismo. Y sigue siendo una referencia sin ambigüedad en la participación laical en la misión de la Iglesia».

 

Para finalizar este capítulo, ofrecemos testimonios de algunos Cardenales, Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares también muy cualificados y elocuentes, aunque algunos sean muy breves.

7.      Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón, siendo Arzobispo Emérito de

          Madrid–Alcalá

Al referirse a un discurso que pronunció Manuel Aparici en Madrid, antes de la guerra, siendo todavía seglar y propagandista de la Acción Católica dice (Cf):

«Fue un hombre extraordinario. ¡Cuánto bien podría hacer, en la Iglesia de hoy, su ejemplo, como seglar y como sacerdote! Sería un gran modelo de seglares y de sacerdote. Me hablaban todos de su vida interior, de la exquisitez de conciencia, de la entrega total. Al hablar así, hablan de sus virtudes en grado heroico porque no solamente la fe, sino la caridad que se entrega, una entrega total es lo que caracterizaba a Manolo ... Lo que más le distinguía era la humildad y la entrega total. Que son dos virtudes básicas para decir que uno es santo; pero la entrega total sin recompensa humana de ninguna clase».

8     Mons. Antonio Montero Moreno, Arzobispo de Mérida-Badajoz

«Traté a muchos seglares de entonces beneficiados por su labor sacerdotal y todos se hacían lenguas sobre su grandeza de alma y sus acendradas virtudes. Fue todo un modelo para el clero y para el laicado español».

9.      Mons. José María García Lahiguera, Arzobispo de Valencia

«No pueden imaginarse la inmensa alegría que me han dado con la noticia sobre nuestro inolvidable Manuel Aparici. No cejen en el empeño de incoar la causa de beatificación y canonización de esta grande alma. El bien que puede hacer el ejemplo de su vida, enfermedad y muerte, es grande. ¡Animo y a conseguirlo!».

10.      Mons. Fco. José Pérez y Fernández–Golfín, Obispo de Getafe, Madrid

«Su beatificación, sin duda, supondrá un gran bien para la Iglesia. Aún sin tratarle personalmente, me encuentro entre los directos beneficiarios de su labor al frente de la Acción Católica. En la actualidad, la difusión de su vida santa será de gran ayuda para la juventud que más que nunca busca ideales verdaderos y sólidos como los que transmitió D. Manuel; su vida encarna un ideal de cristiano laico que al sentir la llamada al sacerdocio hizo la inmolación de su propia vida viviendo con entusiasmo su vocación hasta la muerte; por ello también será ejemplo para las nuevas generaciones de sacerdotes».

11.      Mons. Fco. Javier Martínez Fernández, siendo Obispo Auxiliar de Madrid

«En estos momentos de la vida de la Iglesia son muy necesarios los testimonios de una vida seglar cristiana, que muestre la belleza de la fe en medio de la realidad cotidiana de los hombres».

12.      Mons. José Capmany, Obispo Director Nacional de las Obras Misionales

           Pontificias 

« ... Su recuerdo permanece vivo entre todos, con la gratitud de haber recibido mucho de él. Pido al Señor que los afanes de Vds. [los de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia] para mantener viva aquella llama sean bendecidos por el Señor» [130]. 

13.     R.P. Veremundo Pardo Escudero, Paúl

«Edificado siempre por su vida santa y apostólica. Durante los años 1940 a 1978 propuse a Manuel Aparici como Caballero de Honor, y la santidad activa a miles de jóvenes “Cruzados y Juventudes Misioneras de la Milagrosa”, en los Colegios de Paúles e Hijas de la Caridad, que le admiraban y seguían con mucho entusiasmo y gran fidelidad. Vivió intensamente sus siete años de sacerdote y víctima, donde labró a hachazos de dolor corredentor su santidad definitiva»

 

[118]  Su testimonio, en lugar de ponerlo en este capítulo, lo hemos puesto en el capítulo anterior por estimar que era el más apropiado.

[119]  Núm. 5, 1964/1965.

[120]  Editorial de SIGNO de fecha 5 de septiembre de 1964.

[121]  De fecha 5 de septiembre de 1964.

[122]  De fecha 5 de septiembre de 1964.

[123]  De fecha 5 de septiembre de 1964.

[124]  De fecha 5 de septiembre de 1964.

[125]  De fecha 5 de septiembre de 1964.

[126]  Cf. De fecha 5 de septiembre de 1964.

[127]  De fecha 31 de agosto de 1985.

[128]  Esta carta está unida a la declaración que prestó D. Blas, pero fue escrita, sin embargo, muchos años antes. Además, se da la circunstancia que la cita que hace el Rvdo. José Rivera del Evangelio de San Mateo (5–15) fue, precisamente, una de las lecturas leídas en la clausura de su proceso elegidas muchos años antes de conocerla. ¿Inspiración divina?

[129]  Faustino Díaz, de Sigüenza (Guadalajara) en Cartas al Director (Diario YA de fecha 9 de agosto de 1994).

[130]  Su carta de fecha 7 de noviembre de 1994.

 

   

Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos".

 

Manuel Aparici.

Este sitio se actualizó por última vez el 15 de mayo de 2009

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